¿Pagar menos impuestos?

Foto: Roble australiano (Gravillea robusta)

En las sociedades occidentales se ha impuesto una asociación de ideas que no es novedosa. Los partidos denominados de la derecha propugnan reducir los impuestos y los de la llamada izquierda propugnan mantenerlos o aumentarlos. Esta asociación se ha mantenido durante años, y ciertamente, la mayoría de los partidos eran consecuentes —aunque no siempre— con estas propuestas cuando alcanzaban el poder.

Casi nunca se explicaban con claridad las consecuencias de estos aumentos o disminuciones de impuestos, pero es evidente que la mayoría de los ciudadanos se sentían —se sienten— más identificados con su reducción que con su aumento. Por ello las propuestas de rebaja han gozado siempre de un gran predicamento.

Pero ha llegado la pandemia y, para sostener la economía, los estados de todo el mundo se han visto obligados a gastar ingentes cantidades de dinero si no querían quedarse sin empresas y casi sin ciudadanos. La catástrofe sanitaria ha hecho más pobres a los ya pobres y, sorprendentemente, mas ricos a los ya muy ricos. Según Oxfam Intermón, el 86% de los milmillonarios del planeta son hoy más ricos que hace un año y las 23 principales fortunas de España vieron aumentar en 2020 el valor de su riqueza en un 33%.

El enorme gasto de los estados ha condicionado un no menos enorme déficit y, ante esta situación, estamos asistiendo a un hecho que está trastocando totalmente los planteamientos tradicionales que se mencionaban al principio de este articulo. Los miembros del G7 —los países más ricos—, junto con la ONU y el FMI, han propuesto algo insólito en la historia reciente: que las personas más ricas paguen más y que el impuesto de sociedades se eleve en todos los países desarrollados. 

Hasta el presidente norteamericano —miembro del G7—, en contra de la opinión de su predecesor, ha propuesto un incremento del impuesto de sociedades hasta el 21-28% en todos los países del mundo, que finalmente ha quedado en un 15% en la propuesta del G7. Asimismo, el propio Biden ha propuesto, y el G7 ha hecho suya la iniciativa, que las grandes empresas tecnológicas paguen sus impuestos en aquellos países donde generen sus ganancias. 

De prosperar estas iniciativas —cosa que no es fácil— sería cada vez mas difícil la existencia de esos lugares que, al cobrar menos impuestos, hacen una competencia de dudosa lealtad a los demás países de su entorno, los llamados paraísos fiscales —véase el caso de Irlanda u Holanda en Europa—.

No han faltado voces que se han elevado acusando de comunistas a los proponentes de estos cambios. Pero es obvio que ni USA ni los países del G7 o el G20 son países comunistas. Pareciera que por primera vez son conscientes de que, para salvar a sus respectivos países, hay que disponer de más dinero, y este solo puede provenir de los impuestos.

Estos novedosos planteamientos quizás deberían hacernos reflexionar sobre el valor de los impuestos y su significado en el siglo XXI.

Foto: Arvejon (Lathyrus climenum)

Comida a domicilio en 2021

Punica granatum

La pandemia ha transformado numerosos aspectos de nuestra vida y está propiciando cambios en actividades que parecen, en principio, ajenas a esta realidad.

Uno de los aspectos que ha cambiado significativamente es el del consumo de comida a domicilio. Las dificultades de los restaurantes y bares convencionales para llenar sus establecimientos, por las limitaciones de seguridad a las que la pandemia obliga, ha condicionado un importante crecimiento del servicio de comidas a domicilio. Buena parte de los restaurantes ofrecen este servicio, y las grandes cadenas de distribución — Glovo, Uber Eats o Deliveroo— han experimentado un auge en sus pedidos, que se ha incrementado un 60% en el año 2020.

Este incremento de la demanda ha hecho que las grandes distribuidoras vean negocio no solo en distribuir la comida que elaboran otros, sino que han visto la posibilidad de incrementar sus ganancias produciendo ellos mismos las comidas para repartir. Asimismo, dada la rentabilidad del negocio, han aparecido nuevas empresas que se encargan de hacer las dos tareas, cocinar y repartir. Y otras, también nuevas, se dedican solo a repartir las comidas que elaboran otros.

Esta necesidad de incrementar la elaboración de comida para consumo en domicilio ha condicionado la aparición de lo que algunos periodistas han dado en llamar «cocinas fantasma». Un local se acondiciona solo para cocina, o se utilizan las cocinas de restaurantes que han cerrado, o las de restaurantes que ceden a un tercero parte del espacio de que disponen en su cocina para elaborar comidas para domicilio. 

El tradicional servicio de comidas a domicilio tenía siempre detrás el respaldo de un establecimiento abierto al publico, a donde acudir en caso de reclamación, ya que el transportista es un mero intermediario que no puede responder de la calidad y elaboración de la comida recibida.

Estas «cocinas fantasma» son un negocio tan legal en principio como cualquier otro. Sin embargo, hay constancia de que están apareciendo algunas cocinas que, por no estar abiertas al publico, no disponen de la pertinente autorización y/o se desconoce si cumplen las normas de seguridad a las que están obligados este tipo de establecimientos.

Quizás deberíamos plantearnos, a la hora de pedir comida a domicilio, hacer los pedidos solo a establecimientos que tengan un local abierto al publico, o que pertenezcan a empresas acreditadas.

Hablar y chatear

Polygala myrtifolia

En los últimos años estamos asistiendo a una autentica revolución en lo que a comunicación con otras personas se refiere. Según los datos del Informe «La Sociedad Digital en España» de 2018 —de la Fundación Telefónica— el número diario de mensajes instantáneos —Whatsapp y similares— es casi el doble del de llamadas telefónicas, hecho especialmente importante entre el sector mas joven de la población, en los que el uso de la mensajería supera el 90% de las conexiones con amigos y familiares.

Hasta no hace muchos años la forma mas habitual de comunicarse era la llamada telefónica. Esta forma ha quedado desbancada por los mensajes escritos y, mas recientemente, por los mensajes de voz. Y, aunque en el último año —por la pandemia— las videollamadas han experimentado un importante crecimiento, no han desbancado a los mensajes escritos como forma de relacionarse.

Nicholas Epley —profesor de Ciencias del Comportamiento en la Universidad de Chicago— es uno de los investigadores que ha estudiado este fenómeno. De sus investigaciones se deduce que, a pesar de que la mayoría de los encuestados prefieren el mensaje escrito, reconocen que oír la voz del interlocutor les hace sentir mas conectados y comprendidos. Preguntados entonces sobre el por qué de la preferencia del mensaje escrito, la mayoría respondían que la llamada les iba a hacer sentir incomodos; aunque una vez realizada la llamada reconocían no haberse sentido molestos.

Estos investigadores, en otro experimento realizado a continuación del anterior, estudiaron si añadir imágenes a la llamada —videollamada— suponía alguna diferencia. Los sujetos participantes en el estudio no se sintieron más conectados cuando veían la imagen de su interlocutor que cuando solo hablaban con él. Así pues, la sensación de conexión no parecía provenir de poder ver a la otra persona, sino de escuchar su voz.

No están claros los motivos de esta prevención a las llamadas entre los ciudadanos, especialmente los más jóvenes. La psicología apunta a una posible autoestima baja o a una inseguridad, ya que la llamada es menos previsible que el mensaje escrito. Apuntan a que quizás, al hablar por teléfono, no van a saber responder o no van a tener tiempo para elaborar una respuesta que se considere adecuada.

Los psicólogos saben que el 70% de la emoción de una persona se transmite a través de la expresión de la cara y el cuerpo, y que la voz es más cálida que el mensaje escrito. Así que, ¿qué esperamos para hacer esa llamada o encontrarnos con esa persona?

Trabajadores esenciales

Asteroidea

En 2017 publicamos un articulo titulado Meritocracia. En él hablábamos de la dificultad de definir lo que consideramos mérito y de la necesidad de consensuar las cualidades que deben poseer aquellas personas a las que la sociedad les concede el mayor valor social.

Siendo esto así, parece que no hay acuerdo en definir lo que es valor social y se tiende a equipararlo a valor económico. La globalización, el pensamiento neoliberal y la tecnocracia se han aliado para que la mayoría de los ciudadanos valoren más a aquellos que alcanzan las mayores retribuciones. Y esas personas y actividades logran las mayores retribuciones porque los ciudadanos le dan el mayor valor a la labor que realizan. 

Así, para la mayoría, una persona, un colectivo, una profesión, tiene mayor valor social si gana mucho dinero, si tienen gran valor económico. Empresarios, ejecutivos, artistas, deportistas, “famosos” de todo tipo, gozan de mayor valoración social porque sus ingresos son altos. La mayoría de los trabajos —y los ciudadanos que los desarrollan— quedan en un plano muy inferior porque su nivel económico es medio o bajo.

Si se preguntara a cualquier ciudadano cual debe ser la primera preocupación de nuestros gobernantes, muy probablemente la mayoría contestaría que la consecución del bien común. Pero el bien común es el beneficio para la sociedad en su conjunto, no solo para algunos individuos. El bien común es el valor social, y la mayoría —si no todos— de los que ocupan los niveles más altos de valoración por la sociedad no suelen tener como ocupación fundamental alcanzar el bien común.

En este largo tiempo de pandemia hemos visto que, para sobrevivir como colectividad, la mayoría de los roles más valorados por la sociedad no nos han servido de mucho. Sin personal sanitario, trabajadores industriales, agricultores, repartidores, mozos de almacén, dependientes, camioneros, y un largo etcétera de personas que han seguido trabajando a pesar del grave riesgo que corrían, nuestra vida hubiera sido muy difícil y todo el país se hubiera paralizado. 

Es paradójico que estas personas, habitualmente poco valoradas por la sociedad, y que no suelen estar bien pagados, ahora ha resultado que son trabajadores esenciales.

Quizás deberíamos reflexionar sobre nuestra escala de valores.

Arvejón. Lathyrus clymenum

Infoxicación

Polygala myrthifolia

Si buscamos en el diccionario la palabra infoxicación no la encontraremos, pero seguro que ya saben de donde surge: de información e intoxicación.

Diariamente, y por todos los medios conocidos, nos llegan cientos —o miles— de informaciones, procedentes de numerosas fuentes. Producidas por el vecino del quinto o, supuestamente, por un premio Nobel, recibimos opiniones, sean expresión o no del conocimiento, basados en la realidad o no, y dotadas aparentemente con el mismo nivel de fiabilidad.

Sin embargo, como ya comentamos en un anterior articulo, no todas las opiniones son respetables. Las hay basadas en la realidad, en el conocimiento cierto de las cosas, en la ciencia, y las hay que tienen como única base la opinión de una persona que —con frecuencia— carece de ninguna base para decir lo que dice.

Dentro de los emisores de opiniones por las redes hay una especie que esta alcanzando un importante papel ante los crédulos ciudadanos. Son los denominados «influencers» personas que, sin encomendarse ni a dios ni al diablo, hablan sobre los temas mas dispares, siendo seguidos por centenares de miles de seguidores. Quieren emular a los comunicadores científicos, cuya solida formación los hace más fiables, pero que lamentablemente no gozan de tanta difusión en los medios.

Los bulos y mentiras que circulan han alcanzado tal nivel, que han tenido que surgir organismos y personas, cuya función es estudiar la base de las noticias que circulan y discernir si son verdad o mentira. Sirvan de ejemplo el portal «maldita.es» o la denominada «Gata de Schrödinger» que luchan por discernir lo verdadero de lo falso de lo que circula por las redes sociales. Incluso algunos programas de radio tienen secciones dedicadas a separar el grano de la paja, para así informar a sus escuchantes.

Contra esta plaga la única manera de luchar es aprender a discernir, desarrollar el pensamiento crítico. Y esta importante tarea debe comenzar en los colegios, dotando a los estudiantes de una cultura científica mínima, de una actitud critica que les impulse a contrastar la información y a detectar los mitos y timos seudocientíficos.

En un mundo de sobreinformación, la información verdadera tiene a quedar sepultada por ingentes cantidades de información falsa. Las redes están llenas de ruido, de interferencias que pervierten la comunicación. Y los humanos somos victimas del sesgo de confirmación, es decir, tenemos tendencia a creernos aquello que confirma nuestras ideas.

Contrarrestar la infoxicación que nos invade es difícil, pero no imposible. Si no podemos comprobar todo lo que nos llega, al menos si podemos evitar contribuir a su difusión. Reenviar o no una supuesta información sí depende de nosotros y es fácil. Basta con no darle al botón de reenviar.

Lathyrus clymenum

¿Adiós a la propiedad?

Foto: Astromeria

En los últimos años estamos observando que los hábitos de consumo de la sociedad están cambiando. Incluso en España, país en que la cultura imperante era la basada en la propiedad, las nuevas formas están penetrando a un ritmo acelerado.

En todos los sectores de edad, pero especialmente entre los mas jóvenes, se está imponiendo el tenerlo todo y no poseer nada. Las cosas ahora ya no se compran ni se guardan en casa: se alquilan. Es como si la acumulación de propiedades —para un sector creciente de la población— ya no sea un símbolo de éxito.

Esta afirmación, que puede parecer exagerada, es una realidad que se va imponiendo progresivamente. La irrupción de las plataformas digitales está cambiando el modo de acceder a multitud de bienes y servicios, y una cantidad progresivamente creciente de personas en todo el mundo practican el alquiler, suscripción o pago por acceso para poder utilizarlos.

No sabemos si esto está ocurriendo por un menor interés en la propiedad, por una mayor conciencia medio ambiental — apuesta por la economía circular, el reciclaje y la reutilización — o es debido a la necesidad, dadas las precarias condiciones económicas que una gran parte de la población padece.

En la actualidad se alquilan sobre todo viviendas y coches. Pero el fenómeno se ha extendido a más productos y servicios: ropa, oficinas, licencias de software, música, libros, herramientas de bricolaje, muebles y electrodomésticos, motos, patinetes, piscinas, terrazas, trasteros o joyas. Todo lo que podamos imaginar se puede alquilar o usar mediante una suscripción; y si aún no están disponibles, lo estarán muy pronto.

Aunque, como ya hemos dicho, la mayoría de los usuarios de esta nueva economía son los jóvenes, poco a poco la van utilizando personas de más edad. Una demostración de ello es que —en nuestro país— en los últimos tres años estas transacciones han crecido un 466%, pasando de suponer el 0,3% del PIB en 2017 al 1,4% en 2020.

Esta tendencia de convertir productos en servicios parece irreversible. Pero este cambio afecta de modo importante al modelo económico en el que nos movemos. El paso del comprar, usar y tirar, al usar mediante un alquiler tiene —según los expertos— un carácter deflacionista y puede precarizar —aún más— el mercado laboral. Y en este contexto, las empresas tradicionales tienen que hacer un enorme esfuerzo para adaptarse rápidamente a estas nuevas formas de consumo, lo que no siempre va a ser posible.

En esta nueva situación, los gobiernos deben apresurarse a regular en profundidad esta nueva economía para preservar los derechos de los ciudadanos, cuyo bienestar es la responsabilidad última de la política.

Algoritmos

Aunque los algoritmos ya se usaban en el pasado, en los últimos años su utilización se ha generalizado, abarcando todas las facetas de la actividad humana. Mediante algoritmos se toman numerosas decisiones que afectan nuestra vida de una manera cada vez más amplia e importante. 

Pero ¿qué es un algoritmo? De forma muy simplificada un algoritmo es una serie de instrucciones sencillas que se llevan a cabo para solventar un problema. Una definición mas precisa sería «conjunto de reglas que, aplicadas sistemáticamente a unos datos de entrada apropiados, resuelven un problema en un numero finito de pasos elementales».

Hoy los algoritmos se usan —a titulo de ejemplo— para conocer nuestros gustos, aplicar tratamientos médicos o predecir resultados electorales. Y los trabajos en que nos ocupamos los humanos se van sometiendo progresivamente a algoritmos: las tareas a realizar se convierten en algoritmos y estos permiten automatizar el trabajo. Las únicas tareas que —por ahora— no pueden ser objeto de algoritmos son las relacionadas con la creatividad y las emociones humanas.

Los seres humanos llevamos siglos usando esta forma de proceder. Pero la llegada de los ordenadores ha facilitado enormemente su desarrollo. Recordando la definición que dábamos en el segundo párrafo, estas máquinas pueden procesar una enorme cantidad de datos de entrada y realizar una ingente cantidad de operaciones en fracciones de segundo. Solo hay que decidir adecuadamente las reglas a aplicar a los datos que le proporcionamos. Este matrimonio entre algoritmos y ordenadores es lo que está cambiando el mundo.

Pero los algoritmos no son entes autónomos, sino que detrás hay personas. Y son solo unas pocas de ellas —los directivos de las empresas— las que deciden cuales son los problemas que nos afectan y que reglas se van a seguir para solventarlos. Y los que aplican estas decisiones son los programadores, que transforman estas decisiones en un conjunto de instrucciones, que las máquinas puedan entender.

El poder de los programadores e ingenieros informáticos es tal, que algunos han decidido desarrollar un código ético para evitar parte de los problemas que pueda acarrear la tecnología. Dado su papel en el desarrollo de los programas informáticos, los ingenieros y programadores tienen numerosas oportunidades para generar beneficio o provocar daño a los demás. O para permitir o influenciar a otros para causar beneficio o generar daño.

Así, en la actualidad, debemos ser conscientes de que la información que recibimos cuando hacemos una búsqueda en internet, el recorrido a seguir hasta llegar a nuestro destino, cual es el hotel que nos conviene reservar, o que productos nos interesaría comprar, todo ello son decisiones tomadas por algoritmos, que a su vez se basan en algoritmos que —previamente— han analizado nuestro comportamiento para conocer lo que nos debe interesar.

Tremendo el poder que algunas personas han logrado alcanzar. Nunca tan pocos controlaron a tantos, y de forma tan intensa.

Natural

La palabra natural goza de una gran aceptación entre los consumidores. Todo producto que lleve la palabra natural en su etiquetado tiene mayor aceptación que otro que no la lleve. La publicidad se ha encargado de convencernos de que lo natural es mejor, y muchos están convencidos de que comer natural es mejor para la salud. El fenómeno ha alcanzado tal relevancia económica que el calificativo se aplica no solo a las cosas de comer, sino que se utiliza para cosas tan curiosas como la ropa, menaje de cocina, etc.

Pero ¿qué expresamos en realidad cuando utilizamos la palabra natural para referirnos a un producto? De las 18 acepciones que el Diccionario de la Lengua Española da para la palabra natural nos quedaremos con aquella que hace referencia al tema que nos ocupa: «natural es todo aquello que está tal como se halla en la naturaleza, o que no tiene mezcla o elaboración».

Si intentamos aplicar esta definición a lo que comemos habitualmente, prácticamente ninguno de los productos que consumimos es natural, casi ninguno está tal como se halla en la naturaleza. A titulo de ejemplo, cualquier verdura, fruta o legumbre que ingerimos ha sido objeto de un elaborado proceso de selección a través de los siglos para escoger aquellas variedades que mejores resultados daban. Prácticamente ninguno se ha recogido en el campo tal como los produce espontáneamente la naturaleza, sino que han sido sometidos a un complejo proceso de cultivo.

En el fondo de esta posición figura la contraposición tan extendida entre natural y artificial. Lo natural sería lo genuino, lo no alterado por el hombre y artificial sería el producto de procesos químicos, lo que denominamos despectivamente como «química».

Sin embargo, esta aproximación no se ajusta a la realidad. La vida —todo en la naturaleza— es el resultado de un proceso químico, es química. En el pasado se pensaba que la materia viva tenía unas propiedades químicas diferentes a las de la materia inerte: los procesos químicos que se dan en un pájaro eran distintos a los que se dan en una piedra. Sin embargo, hoy sabemos que esto no es así, que todas las reacciones que se producen en un ser vivo son reacciones químicas, que la bioquímica es la química que se da dentro de un ser vivo, y que las reacciones que se dan en su interior siguen las mismas leyes que los procesos que se dan fuera de él.

Las propiedades de un producto dependen de su composición, de las moléculas que lo integran, no de donde son originarias. Por lo tanto, la palabra natural solo haría referencia al origen del producto; nos vendría a decir —si hemos de creerlo— que viene de la naturaleza, pero no que sea mejor ni peor. Dos productos que tengan la misma composición tendrán exactamente las mismas propiedades —sabor, color, olor y beneficios o perjuicios para la salud—, independientemente de dónde y cómo se hayan obtenido: ya sea de la naturaleza o mediante síntesis química.

Por lo tanto, debemos tener claro que cuando nos referimos a algo natural, en el mejor de los casos nos estamos refiriendo al origen, no a las propiedades ni a la calidad del producto. Y son estos últimos aspectos los que tenemos que vigilar para tener una alimentación sana.

Disrupción tecnológica

Se define a la tecnología como el conjunto de teorías y de técnicas que permiten el aprovechamiento práctico del conocimiento científico. La ciencia genera conocimiento, y la tecnología aprovecha ese conocimiento para crear herramientas —en sentido amplio— que nos permiten hacer más y con menos esfuerzo.

Hoy sabemos que toda nuestra vida está en estrecha relación con realidades tecnológicas, que nos han acompañado desde siempre y que han condicionado nuestras existencias. Las distintas tecnologías que ha ido incorporando el hombre, desde sus orígenes hace miles de años hasta la actualidad, ha condicionado su vida. Nuestras expectativas, el modo como trabajamos, como nos divertimos, todo esta relacionado y condicionado por la tecnología.

En el pasado los cambios tecnológicos ocurrían a un ritmo muy lento. Piénsese en el tiempo transcurrido desde la invención de la maquina de vapor y su generalización en la industria, o entre el invento del teléfono y la llegada de los teléfonos móviles. Esta lentitud permitía una mas fácil adaptación del ser humano a los cambios, sea en el aprendizaje de las nuevas tecnologías, sea en la comprensión y aceptación de las repercusiones que las mismas tenían sobre sus vidas.

La magnitud de los cambios que genera una nueva tecnología no siempre es la misma. Hay algunas que provocan unas modificaciones tan radicales en nuestro modo de vida que han merecido que los sociólogos les pongan un apellido: disruptivas.

Bowe y Christensen utilizaron por primera vez en 1995 el término disrupción tecnológica —«Disruptive technologies: catching the wave»— para referirse al fenómeno que se produce cuando la aparición de una nueva innovación o tecnología modifica por completo la manera de operar e interactuar de las personas, del conjunto de la sociedad e incluso de la economía. Los autores mencionan como dos ejemplos de disrupción tecnológica la invención de la imprenta por Gutenberg a mediados del siglo XV, y la creación del motor de combustión a finales del XIX.

Por analogía a la revolución industrial, hoy decimos —con toda razón— que estamos en plena revolución digital. La digitalización se ha desarrollado a tal velocidad que —con la tecnología actual— cada menos de dos años se duplica la capacidad de proceso de la información. Este ritmo ha permitido dejar atrás las características meramente informáticas, para que la digitalización se expanda y permee todos los aspectos de la vida diaria, calando en todas y cada una de las facetas de la vida. 

Pero estas tecnologías no solo están modificando el modo en que las personas desarrollan su trabajo, realizan determinadas tareas o el modo de divertirse, sino que la disrupción tecnológica está yendo más allá y también esta cambiando la forma de pensar y de ver el mundo que practicamos los humanos. La revolución digital no solo cambia lo que hacemos y como lo hacemos, sino que en cierto modo esta cambiando lo que somos. Para aquellos que duden, piensen en cómo la telefonía móvil ha cambiado el modo de relacionarnos unos con otros.

Los avances se producen a tal velocidad que la disrupción tecnológica anticipa el futuro y, al mismo tiempo, lo transforma en realidad presente. ¿Estamos los seres humanos preparados para asumir esta realidad? Sin duda, pero el esfuerzo de adaptación será enorme y algunos no lo conseguirán

Maradona y CRISPR-Cas-9

De forma resumida, una escala de valores es una relación ordenada y jerarquizada —clasificada de más a menos importante— de cualidades positivas o negativas, que las personas asignamos a otras personas, a las cosas y a los hechos. Si nos referimos a personas, los valores son las cualidades morales inherentes al ser humano, tales como responsabilidad, compromiso, honestidad, lealtad, amor, solidaridad, etc. Así, una escala de valores es la relación de características morales que son importantes para cada sujeto en particular.

En cuanto a las cosas también podemos hablar de escala de valores. Una cosa puede ser considerada buena si cumple su función, o si cuesta mucho dinero, o si es divertida, etc. Según nuestra escala de valores así nos comportamos, practicando o dando valor a aquellas características de las personas, cosas o hechos que, según nuestra escala, tienen más valor. 

Esto mismo se puede aplicar a las sociedades. Como agrupaciones de personas, las sociedades también tienen sus escalas de valores y, en función de ellas, dan valor a las personas, cosas o hechos. Las sociedades suelen medir —aunque no exclusivamente— los valores en grados de admiración o de retribución económica que perciben las personas o que se pagan por las cosas o hechos que la sociedad valora más alto.

Sobre Maradona nada nuevo vamos a decir. Este futbolista, de vida poco edificante, fue calificado por la prensa especializada como el mejor jugador de la historia, y por algunos de sus seguidores como “Dios”. En sus quince años de jugador —generosísimamente retribuidos por la sociedad— hizo pasar a sus seguidores numerosas horas de satisfacción al verle maniobrar en el campo. 

Con motivo de su reciente fallecimiento, los medios hablaron de que el mundo estaba de luto por su fallecimiento y han sido incontables los testimonios de condolencia y dolor mostrados, declarándose en su país natal —Argentina— tres días de luto nacional, contándose más de un millón de personas las que visitaron su capilla ardiente.

Sobre CRISPR-Cas-9 quizás haya algo más que decir. Es una técnica que, si bien había sido ya descrita en 2003 por el español Francisco Martínez Mojica, fue descubierta recientemente por las bioquímicas Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna, científicas perfectamente desconocidas por el ciudadano medio, a pesar de que obtuvieron el Premio Nobel de Química de 2020.

  Sin entrar en detalles, que serían quizás complejos para este blog, esta técnica es una herramienta biológica que permite modificar el genoma de cualquier ser vivo con una alta precisión y de forma relativamente sencilla y económica. 

Este enorme descubrimiento permitirá —ya ha permitido en algunos casos—, curar enfermedades de origen genético, sustituyendo el gen defectuoso por uno sano. Las potencialidades de la técnica son inmensas. A título de ejemplo, es la que ha permitido crear algunas de las vacunas contra el COVID-19, las llamadas de “ARNm”, vacunas que permitirán salvar centenares de miles de vidas.

Afortunadamente, las doctoras Charpentier y Doudna siguen vivas. Pero estamos convencidos de que el día en que inevitablemente fallezcan, los millones de humanos beneficiados con su técnica ni se enteraran de ello y, por supuesto, el mundo no se pondrá de luto.Esta es la escala de valores de nuestra sociedad, en la que parece que nos sentimos cómodos, ya que no nos esforzamos mucho por cambiarla.