Agnogénesis

En ocasiones anteriores hemos escrito sobre el conocimiento y sobre la importancia de diferenciar conocimiento de opinión. De hecho, hay toda una disciplina, la epistemología, que se encarga de estudiar la teoría y fundamentos del conocimiento científico.

La ignorancia es la falta de conocimiento y, tradicionalmente, esta se ha atribuido a la falta de interés o incapacidad de la persona para aprender lo que puede y debe saberse. 

Sin embargo, en los últimos tiempos ha surgido un nuevo tipo de ignorancia, que es aquella inducida culturalmente. Sería un desconocimiento o duda que se provoca artificialmente. No es que el individuo no acceda al conocimiento, sino que su entorno —su ambiente cultural— siembra dudas generalizadas sobre el conocimiento científico, publicando trabajos científicos —pagados o rechazados como erróneos por la comunidad científica— que ponen en duda lo afirmado por la ciencia, con la idea de que el ciudadano le de la misma credibilidad a todo.

El tema es de tal trascendencia que se ha acuñado un término para designarlo: agnotología —también agnatología—. Este concepto —contrario a la epistemología— define al estudio de la ignorancia o duda inducida culturalmente, en especial a la provocada por la publicación de datos científicos erróneos, inexactos o engañosos.

El concepto fue utilizado por primera vez en 1995 por el profesor Proctor de la Universidad de Stanford (USA). En las décadas precedentes la investigación científica había demostrada fehacientemente que el tabaco era el causante de numerosas enfermedades, especialmente el cáncer de pulmón. La industria tabaquera estadounidense, al ver el peligro que corría su negocio, pagó a algunos científicos para que realizaran estudios que demostraran que el tabaco no era dañino para la salud. La publicación de esos estudios sembró la duda entre muchos ciudadanos, generando un desconocimiento que ha durado hasta los años finales del siglo XX. Esto dio motivo al profesor norteamericano para estudiar el fenómeno y acuñar el término.

Según Proctor, esta ignorancia se origina de forma activa en la sociedad a través de fuentes con intereses particulares, que de forma deliberada contribuyen al desprestigio del conocimiento científico. Estas actuaciones generan desconocimiento, a pesar de la abundancia de información.

A esta tecnología de la desinformación, a la generación de ignorancia inducida, es a lo que se ha llamado agnogénesis. Esta técnica permite la persistencia de creencias tales como la falsedad de la teoría de la evolución o la duda sobre la forma de la tierra, por poner dos ejemplos simples. Estas actividades persiguen negar la credibilidad de las fuentes científicas —por muy solventes que sean—, e incluso negar los propios hechos.

Esta generación intencionada de ignorancia, promovida muchas veces por corporaciones o políticos, necesita la colaboración de expertos en comunicación, periodistas y medios de comunicación que, de forma voluntaria o comprados, consiguen confundir a los ciudadanos.

Ya hemos comentado en alguna ocasión que un ciudadano ignorante es fácilmente manipulable. Siempre se dijo que la información era poder. Pero parece que los poderosos de todo tipo han aprendido que la ignorancia de los ciudadanos también es poder para ellos. Y por ello invierten gran cantidad de recursos en la agnogénesis, o sea, en la creación de ignorancia.

Ciencia y posverdad

En esta tremenda situación de pandemia que nos está tocando vivir, hemos podido comprobar que los medios de comunicación, y en ocasiones la ciudadanía, han hecho numerosas llamadas para que las decisiones de las distintas administraciones sobre la pandemia se tomen basadas en los consejos de los científicos, a los que se les supone unos conocimientos sobre el problema basados en la investigación científica. Parecería que los españoles conociéramos la importancia de la ciencia, y fuéramos conscientes de la conveniencia de que los conocimientos científicos sean los que soporten las decisiones políticas sobre la salud.

Sin embargo, la realidad demuestra que nuestro conocimiento sobre la ciencia y los científicos no es precisamente amplio. Basten como prueba de ello dos muestras. Según la encuesta sobre «Percepción social de la ciencia» de 2018, realizada por un organismo oficial —la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT) dependiente del Ministerio de Ciencia e Innovación —, un 30% de los españoles cree que los dinosaurios coexistieron con los seres humanos, y un 25% afirma que el sol gira alrededor de la Tierra. Abundando en ello, según una encuesta de la Fundación BBVA, un 46% de los españoles fue incapaz de decir el nombre de un científico célebre.

Vivimos una época en que la que se observa un cierto desprecio por el conocimiento y una exaltación de la opinión, de tal manera que la mayoría de los ciudadanos dan igual valor a los dos conceptos. El conocimiento científico es generalmente ignorado, mientras que las opiniones circulan abundantemente por las redes, y son aceptadas por los ciudadanos, no en función de que se ajusten o no a la verdad —a lo conocido por la ciencia—, sino de que coincidan con lo que pensamos sobre un tema.

Lo que hemos dado en llamar posverdad es una mentira, que suele ser rápidamente aceptada porque confirma nuestro punto de vista. No es fácil aceptar la verdad, porque a veces es incomoda y nos exige cosas que la mentira considera innecesarias. Esto no es que sea nuevo. Siempre nos hemos inventado cosas que nos agradan, y hemos seleccionado de la realidad aquello que mejor se avenía a nuestros deseos o intereses. Pero en esta época en que hemos equiparado opinión a conocimiento, y dada la facilidad con que las redes sociales nos hacen llegar las opiniones, se ha facilitado el camino a aquellos que se dedican a fabricar noticias falsas, a las que dan un formato breve que facilita su rápida lectura, y que se adaptan perfectamente a nuestros deseos y creencias.

La abundancia de información y el fácil acceso a ella no siempre ha supuesto más conocimiento. Cualquiera de nosotros, si accede a internet buscando información, encontrará siempre alguna que ratifique sus creencias u opiniones. Pero eso no quiere decir que sea cierta, que sea verdadera, que responda a lo que la ciencia conoce en la actualidad sobre el tema.

La verdad no es fácil de adquirir, a veces cuesta conseguirla. Sin embargo, la mentira bien elaborada es algo asequible —circula permanentemente por las redes— y puede ser muy apetecible y fácil de creer. La elevación de la opinión sobre el conocimiento hace al individuo ignorante y, como tal, fácilmente manipulable por todo tipo de líderes populistas que venden soluciones fáciles a problemas complejos.

Es cierto que tener un amplio conocimiento no garantiza que las decisiones que tomemos sean las mas acertadas. Pero es evidente que sin ese conocimiento es mas fácil equivocarse. Además, hoy disponemos de una tecnología que nos permite acceder a todo tipo de información, y entre ella está la verdadera, basada en la ciencia, que aparece respaldada por instituciones —universidades, sociedades científicas, fundaciones, etc.—. Adquirir conocimiento, en el momento actual, depende sobre todo de nuestra voluntad de aprender.

La ciencia genera evidencias. Y el conocimiento está basado en las evidencias, no en las opiniones. Y la ignorancia del conocimiento y la exaltación de las opiniones son las que están permitiendo el triunfo de la posverdad.

Mil doscientas palabras

Ermita Robledo Dupdo

El español es un idioma muy rico, pero parece que cada vez se usan menos vocablos. Nos cuentan los estudiosos del tema que la mayor parte de los menores de 30 años solo utilizan habitualmente más que 1.200 palabras. Y hay también algunos que mantienen que esas son suficientes para relacionarse en el mundo actual.

Las palabras nos sirven para describir la realidad. Y la realidad tiene muchos matices que han de ser detallados para entenderla. El mundo de los hechos, y no digamos el de las emociones, necesitan términos que lo expresen. Y el pensamiento, complejo per se, reclama palabras para expresar su riqueza. Y parece difícil comunicar todas estas cosas con tan pocas palabras.

Algún autor ha planteado que las nuevas generaciones se están quedando sin léxico —sin palabras— con las que expresarse correctamente, con las que transmitir adecuadamente su realidad, con las que narrar sus posibilidades y apetencias, que le sirvan para expresar su actitud ante el mundo.

En los últimos años ha habido un cierto descredito del aprendizaje y la memoria. Se nos ha repetido que no es necesario retener nada, que todo estaba en los libros y ahora en internet. Por ello, se concluye, no es necesario prestar atención; cuando se necesita la información es suficiente con recurrir a medios externos. Por ello se considera suficiente retener cuatro ideas en la cabeza. Pero es necesario tener claves con las que entender lo que nos llega por estos nuevos medios, y para ello hay que recordar y entender determinados términos, en definitiva, usar palabras.

Los estudiosos del fenómeno apuntan la posibilidad de que quizás contribuya a este desinterés por el aprendizaje el hecho de que la cultura y la educación han dejado de ser ascensores sociales, es decir, que contribuyen poco a la mejora del nivel del individuo en la sociedad.

Sin embargo, seguimos necesitando palabras que nos permitan designar sentimientos, roles laborales o apetencias personales o profesionales. Aprender nuevas palabras ensancha nuestra visión del mundo y nos permite comprender conceptos con los que convivimos a diario. Necesitamos poder realizar la adecuada combinación de términos para iluminar y enriquecer nuestras mentes.

Sin duda es difícil progresar en la sociedad actual. Pero aún lo es más para aquellos que no saben expresarse adecuadamente

Los sentidos nos engañarán

Flores arbol Calpe.00001 Dupdo

En los últimos meses estamos recibiendo videos en los que una conocida figura pública nos comenta o nos informa de algo que resulta más o menos creíble. Un político, actor u otro personaje popular, de pie o sentado, en la intimidad de su despacho o casa o ante un publico escuchante, nos dice cosas que, naturalmente, nosotros aceptamos como dichas por la persona que estamos viendo en la pantalla. Pero resulta que no es así.

Las llamadas deepfake —mentiras en román paladino— no llevan mas de dos años entre nosotros. Como ya comentamos en un anterior articulo, las noticias falsas se han convertido en una realidad diaria que afecta a personas, organismos, entidades y gobiernos, de tal manera que se han convertido en un serio problema para poder tomar decisiones basadas en la realidad, en lo que ocurre de verdad. Pero ahora las cosas se nos complican.

Hasta casi hoy —la tecnología lleva pocos meses en el mercado— una cosa era lo que se escribía sobre algo o alguien y otra lo que ese alguien, a través de su boca, nos contaba. Pero llegó la tecnología a facilitarnos —y complicarnos — la vida. Alguien se ha inventado la GAN —Generative Adversarial Networks, Redes Generativas Antagónicas— mediante la cual un ordenador —red informática— se inventa una mentira e intenta convencer a otro ordenador —otra red— de que la mentira es verdad. La segunda red estudia la mentira y decide si cree que es verdad o mentira, y en que criterios se ha basado para inclinarse por una cosa u otra. Así la primera red informática va aprendiendo a mejorar la apariencia de verdad de la mentira hasta convencer a la segunda red de que su mentira es verdad.

Aunque les parezca muy complicado, de forma resumida esta técnica es la que permite que veamos la perfecta imagen de un político diciendo con su voz cosas que él nunca ha dicho, o veamos a una conocida actriz protagonizando una película porno en la que ella nunca ha intervenido. Supongo que ya han recibido alguno de estos videos indistinguibles de la realidad.

Aunque la tecnología está casi recién nacida, ya hay GAN especializadas en múltiples facetas, de indudable interés para la ciencia. Pero también las hay expertas en imitar facciones o voces, consiguiendo resultados prácticamente indistinguibles de la realidad. No es difícil imaginar lo que se puede hacer —ya se está haciendo— con esta arma, pero las suplantaciones de personas ya empiezan a ser comunes.

Nuestros sentidos pronto nos engañarán. Si antes era obligado reflexionar sobre la veracidad de lo que recibíamos y contrastar sus contenidos antes de opinar o compartirlos, ahora se hace vital. Tendremos que aprender a verificar lo que nos parece evidente.

La España vacía 2

Albicia julibrissin.Arbol de la seda

En un anterior artículo planteábamos el problema de la progresiva disminución de la población de más de la mitad de los municipios españoles, y mencionábamos algunas de las causas que, a juicio de los expertos, condicionaban este proceso.

Las sociedades modernas tienen numerosas necesidades y los gobiernos deben realizar todas las actuaciones posibles para cubrirlas. Como la experiencia demuestra que no es posible atenderlas a todas, los gobernantes tienen que optar por dotar unas y no otras, o satisfacer unas antes que otras. El tipo de elección que hagan los gobernantes es lo que aún diferencia a las opciones políticas, y el acierto de estas decisiones es lo que permite a los ciudadanos calificar la acción de gobierno.

El proceso de despoblación no ha sido uniforme. Desde los años cincuenta del pasado siglo el goteo de habitantes de núcleos pequeños a otros más grandes ha sido continuo, aunque con velocidad variable, llegándose en 2018 a la situación de que el 60% de los municipios españoles albergan solo al 3% de la población. Todavía quedan algunos pueblos pequeños que han aguantado y que mantienen expectativas de futuro —resilientes los ha llamado algún autor —, pero hay otros muchos cuya población está muy envejecida —por tanto, con pocas perspectivas de supervivencia —y, finalmente, hay ya un número considerable de lugares que se consideran inviables.

Dotar a los pequeños municipios de los mismos servicios que a los grandes es una tarea ingente, si no imposible. Los gastos necesarios para mantener al mismo nivel las dotaciones serían —quizás son —inasumibles para las arcas del Estado. Pero es evidente que el proceso de despoblación se acelerará si no se hace algo para ralentizarlo allí donde sea posible. Se hace necesario un acuerdo entre todas las partes implicadas para estudiar la situación en profundidad y decidir que hacer.

Pero no se puede caer en la demagogia. La propuesta resultante deberá incluir la aceptación —por más que duela— de que hay muchos pueblos cuyo destino final será la despoblación definitiva y, por otro lado, dotar a los que queden de aquellos servicios e instalaciones que faciliten —garantizarla es imposible— su supervivencia.

Ardua tarea, sobre todo contando con la escasa propensión al pacto que nos caracteriza.

La España vacía. 1

Flores. 00171

En los últimos meses hay numerosas actividades en torno a lo que se ha dado en llamar la “España vaciada”. Se hace mención, sobre todo, a los ya muy numerosos pueblos que, especialmente en la meseta, pero no exclusivamente, se están quedando sin habitantes.

Las acciones pretenden motivar a las administraciones públicas para que inicien actuaciones que favorezcan la permanencia de las gentes en sus pueblos de origen y no emigren a ciudades más importantes de la zona o de la periferia del país.

Vaciar es dejar vacío algo. El verbo sugiere un cierto componente exterior a lo vaciado. Es como si ese algo no se vaciara a sí mismo o por si mismo, sino que algo o alguien lo vaciara. Como si un agente externo provocara el vacío. Y así es cuando nos referimos a objetos.

Pero un pueblo no es un objeto, sino algo mucho más complejo. Por ello el verbo vaciar —salvo que medie la violencia— es difícilmente aplicable a un pueblo. En circunstancias normales, en la disminución de la población de un lugar no podemos hablar de ningún agente externo que lo vacíe. El lugar se queda vacío porque sus gentes se marchan, no porque nadie los saque de allí. Por tanto, quizás fuera más oportuno hablar de la España despoblada y no vaciada o vacía.

Sirvan estas disquisiciones para plantear un serio problema de difícil solución. El fenómeno de la despoblación ha sido bien estudiado, y son muchas y variadas las razones por las que las gentes dejan su lugar de origen. La falta de expectativas laborales, la carencia de escuelas, de servicios sociales y sanitarios, etc. se mencionan entre los más comunes y significativos.

El fenómeno de la despoblación no es nuevo, se ha dado de forma permanente a lo largo de la historia. Dejando la guerra aparte —la terrible desplazadora—, cuando las circunstancias sociales y, sobre todo, económicas han cambiado, las gentes se han movido en busca de mejores expectativas para su vida. Y el éxodo siempre ha empezado por los jóvenes, los que más esperan ganar con el cambio y menor arraigo tienen.

La despoblación de estos lugares de España había comenzado hace muchos años, pero el fenómeno se ha agudizado en los últimos 20-30 años, de forma tal que en la actualidad el 59% —casi el 60%— de los 8.115 municipios españoles tienen menos de 1.000 habitantes, el 46,8% menos de 500 y el 12,8% menos de 100 habitantes.

¿Es posible detener este proceso? Invitamos al lector a reflexionar sobre ello.

La tos

Antonio nunca entendió por qué su padre se retorcía las manos de desesperación y casi blasfemaba al oírle toser a él o a alguno de sus hermanos. Cuando uno de ellos se resfriaba se hacía necesario ocultar la tos si no querían tener problemas. La tos ponía a su padre de un humor endiablado y, al final, acababa pagándolo alguno. Por eso todos recurrían a diversos procedimientos para evitar toser o para que la tos no se oyera: desde tomar tisanas a ocultar la cabeza bajo la almohada cuando tosían, cualquier método era bueno para evitar que su padre se percatara.

Resfriarse era un fastidio doble. Además de los síntomas del catarro, ya de por sí molestos, había que ingeniárselas para no toser. Y ello era especialmente difícil cuando el picor en la garganta se hacía insoportable y la tos inevitable. Por eso todos procuraban en esos momentos eludir la presencia del progenitor, buscando las excusas más peregrinas.

Y no es que a su padre no le preocupara la afección del hijo. Aunque su malhumor era el síntoma dominante, hasta un joven como Antonio podía ver en su cara un intenso desasosiego al oír el síntoma, sensación que cuando creció pudo asimilar a angustia. La tos del hijo angustiaba al padre y Antonio no podía entender el motivo.

A su padre no lo conocían en su tierra por su nombre. Al menos no por el nombre que él conocía. Cuando ya mozo Antonio viajó por primera vez a Asturias, la tierra natal de su progenitor, el joven se presentó a los parroquianos del único bar del lugar como hijo de Dionisio Sánchez, pero sus interlocutores no lo ubicaron. Cuando precisó que era sobrino del tío Servando, el cosario de Nogueira, entonces ataron cabos:

—¡Ah, tu eres hijo de Lián, Lián el de Valín!.

En este primer contacto supo que en Nogueira era frecuente llamar a las personas por la mitad de su nombre o de su segundo nombre y allí aprendió que sus abuelos, al bautizar a su padre, le pusieron los dos santos del día, Dionisio y Julián, santos que se celebran el 16 de marzo. O al menos se celebraban, hasta que Pablo VI decidió trastocar el santoral, para confusión de la gente cumplidora, que a partir de entonces felicitaban cuando no era y no lo hacía cuando correspondía.

Pero estas son otras historias. El tío Servando resultó ser un personaje simpático y dicharachero, conocido en toda la comarca dado su oficio, que gustaba de gastar bromas, aunque no tanto de recibirlas. Una vez en semana cogía el autobús que le llevaba a Oviedo, donde realizaba todas las gestiones —todas las cosas— que le encargaban los vecinos de la zona. Y el resto del tiempo lo ocupaba en criar dos hermosas vacas, a las que ordeñaba a diario.

—Menos mal que tu padre se fue a Madrid. La vida aquí es muy sacrificada. Sacamos para comer tu tía y yo y poco más. Desiderio, el hijo de tu tía, tuvo que ponerse a trabajar bien niño— le comentó Servando a su sobrino mientras enfilaban el camino de Valín— Aquí no había ni carretera, solo se podía venir andando. Hace pocos años que han arreglado el camino y ahora pueden subir algunos coches, no todos. La aldea está casi desaparecida.

Antonio miró sorprendido a su tío.

—¿El hijo de la tía? ¿No es tu hijo?

— No, cuando nos casamos tu tía y yo ya había nacido Derio. No se quien es el padre, tu tía no me lo dijo nunca y ya no me interesa saberlo. Cosas de la vida Tonio. Eres muy joven para entenderlo.

 Su padre le había contado que cuando era niño, a principios del siglo XX, Valín tenía 27 vecinos y Antonio, cuando tras un recodo del camino divisó lo que quedaba del lugar y sus tierras aledañas, no pudo por menos de sorprenderse y preguntarse como fue posible vivir del fruto de aquellas exiguas tierras a las mas de 100 personas que, como mínimo, deberían constituir el total de almas de su vecindario en aquellos años.

—Esa era nuestra casa, donde nos criamos tu padre y yo y los demás hermanos— dijo Servando señalando unos muros que ya no aguantaban ni su propio peso —ahí estuvimos todos hasta que nos casamos. Bueno, menos tu padre, que se fue con trece años a Madrid con tu tía Felisa.

Servando continuó hablando a su sobrino de la familia y Antonio, emocionado, fue atando cabos. La extensa narración de su tío le permitió conocer los pormenores de una vida difícil y le hizo comprender algunas características de su padre que nunca había entendido.

El hogar en el que vino al mundo Dionisio, como ultimo fruto de un peculiar matrimonio, constaba de ocho miembros, sus padres y seis hermanos, siendo su tío Servando el segundo de ellos. Bueno quizás deberíamos decir diez miembros, pues la prima Paula, como solía llamarla su padre, aunque tenia casa propia con su marido, pasaba mas tiempo en casa de los abuelos de Antonio que en la suya propia, a lo que no sería ajeno la escasez de su patrimonio, que no daría siquiera para mal vivir.

Y era peculiar por que, para aquellos tiempos, debió llamar la atención. Aunque su padre siempre la llamó su hermana, Antonio supo pronto que Toribia —la hermana mayor— era hija solo de su abuela, no de su abuelo. Como el mismo tío Servando, su abuelo se había casado cuando ya la tía Toribia estaba en el mundo y, al parecer, crecidita. Esto era conocido por todo el pueblo y en ningún momento fue reconocida legalmente, ya que de hecho los apellidos de Toribia eran los de la su abuela Felisa. Es difícil saber que razones motivaron aquel singular matrimonio. Lo cierto es que su padre vino al mundo cuando la tía Felisa era ya casi una mujer, y con sus 15 años ayudaba en la casa como un adulto.

Antonio dedujo que Felisa debió ser una hermosa joven. Él la conoció ya muy mayor, con 70 años cumplidos, y aún mostraba rasgos de la pasada belleza junto a una elegancia distinguida. Pero su padre hablaba de la belleza y cierto refinamiento de su hermanastra. Hubo en Nogueira quien dijo que era hija de la abuela y de un maestro de escuela de Llan, que cuando supo de la existencia del embarazo puso tierra por medio. Lo cierto es que Felisa pronto salió de la aldea. Prendado de sus beldades, un viajante de Farmacia de Madrid la conoció en el mercado de Llan cuando apenas contaba 18 años. Tras varias visitas a Valín, con el correspondiente permiso de los padres, el viajante casó con ella y antes de cumplir los 20 Felisa se trasladó a Madrid a instalarse junto a su esposo.

Antonio conoció que su padre y su hermano Juan vinieron al mundo casi diez años después del anterior hermano, Juan un año antes que Dionisio. La diferencia de edad con el resto de los hermanos hizo que Dionisio y Juan fueran uña y carne. Como era habitual en aquellos tiempos y sitios, desde que empezaban a andar los niños se encargaban de tareas en la casa, cada uno en función de sus posibilidades y habilidades.

Cuando cumplió ocho años Juan, el hermano más querido por su padre, cayó enfermo. Al principio fueron unas fiebres y desgana, por lo que se liberó de las faenas del campo y de la casa propias de su edad. Al poco cesaron las fiebres, pero Juan ya nunca fue el mismo. No le apetecía jugar como antes —se cansaba enseguida—, su cara sonrosada palideció y apareció aquella tos —maldita tos— que ya nunca se iría.

Los días fueron pasando y Juan estaba cada vez mas delgado. A pesar de los remedios caseros que se le ocurrieron a la abuela y a otros vecinos del lugar, su estado iba empeorando muy lentamente. La tos había llegado para quedarse y llegó a hacerse omnipresente —día y noche—, cansina, como si no quisiera molestar, y en alguna ocasión se acompañaba de esputos manchados de sangre. Y Dionisio pasaba las horas junto a su hermano, mirándolo fijamente e intentando con sus bromas que recuperara la alegría perdida.

La marcha del proceso empezó a preocupar a la familia.

—¡Vamos a tener que llevar al chico al médico! —suplicó mas que expresó la abuela de Antonio.

—¿Con que dinero Felisa? ¿Sabes lo que cuesta un médico? —fue la respuesta de su marido.

—Algo habrá que hacer, el chico esta cada vez peor —respondió la mujer con los ojos ya anegados de lagrimas.

El abuelo así lo entendió y una mañana aparejaron la mula y emprendieron el camino de Veguillas, a donde llegaron cuatro horas después.

El galeno, único médico en treinta kilómetros a la redonda, vio a Juan y tras un minucioso reconocimiento dictaminó lo que los abuelos ya adivinaban, pero no querían reconocer.

—El chico tiene tuberculosis y yo no puedo hacer nada aquí por él. Tenéis que llevarlo a Oviedo.

No por esperada la noticia fue menos impactante y dolorosa. Felisa arrasada en lagrimas miraba a Tomás y éste aguantaba el dolor como podía. Llevar al chico a Oviedo suponía dejarlo todo —campos y ganado— en manos de los hijos y gastar lo que no tenían.

—No llores mujer. Mañana hablaré con Chus y le venderemos a la Perla. Siempre quiso tener esa vaca. Ya nos apañaremos nosotros cuando el chico mejore.

El padre de Antonio nunca supo como se la apañaron sus padres, pero si le contó a su hijo que tardaron varios días en llegar a Oviedo con su querido hermano, que se despidió de él con un fuerte y prolongado abrazo, como si barruntara que no iba a volver a verlo.

—Te estoy haciendo un tirachinas de castaño, para que cuando vuelvas vayamos a coger pájaros— le había dicho Dionisio a su hermano Juan al despedirlo.

El estado de Juan debía ser incurable puesto que, a los pocos días de estar en el hospital y tras el estudio pertinente, los médicos aconsejaron a los abuelos que regresaran a la aldea, antes de que fuera imposible el traslado.

—Ninguno hemos podido olvidar la tarde de la llegada de Juan a la casa— le dijo Servando, con un atisbo de emoción en sus cansados ojos —. Nuestro hermano era una sombra del niño que había sido, en su demacrada cara solo los brillantes ojos hundidos en sus cuencas recordaban a aquel niño que fue un día —. Y Servando se pasó sus rudas manos por la cara, como queriéndose quitar unas motas de los ojos

Desde su llegada Juan ya no volvió a salir. Se le habilitó un camastro en la amplia sala que servía de cocina y comedor y allí compartió con su familia los dos meses escasos que tardó en morir. La sempiterna tos presidía todos los momentos que compartían los dos hermanos. Hablaban de sus anteriores juegos, Dionisio le contaba lo que había hecho en el campo, los nidos que había encontrado, las culebras que le habían salido en el camino. Incluso le trajo una cría de mirlo que había cogido cuando intentaba remontar el vuelo.

Nada sirvió. Una mañana de otoño, cuando sus abuelos se levantaron a las 5 de la mañana para reavivar el fuego y que la cocina no se enfriara demasiado, se lo encontraron sin vida. Tenía apenas nueve años.

—Tu padre lo pasó muy mal. Al dolor de la perdida de su compañero y amigo se unió la soledad en la que quedó. Los demás éramos mayores y estábamos a lo nuestro. Creo que nunca olvidó la tos de Juan, que para él fue el mensajero de su muerte.            

Antonio miró fijamente a su tío y esbozó una especie de sonrisa. Tuvo la certeza de que aquel invierno iba a vivir los resfriados de una manera distinta.

Hecho diferencial

Una de las expresiones que recordamos de Jordi Pujol —presunto delincuente, ya que aún no ha sido condenado en firme— es la de “hay que respetar el hecho diferencial de Cataluña”, petición que realizaba en sus numerosas presencias públicas

Si hemos de interpretar lo que se reclamaba tenemos que recurrir a explicar que es ser diferente. Se dice que una cosa es diferente cuando es diversa, distinta, cuando no es parecida, cuando tiene cualidades particulares. En este sentido es claro que Cataluña es diferente de otras partes de España. Y lo es porque tiene características que le son propias y que no ostentan otras partes del Estado.

Pero no es la única que tiene cualidades diferentes. Todas las comunidades humanas tienen particularidades que son diferentes a las de otras comunidades, peculiaridades que posee cualquier territorio o colectividad, que le son propias, y que lo hacen diferente —en mayor o menor medida— a otros espacios del entorno.

Por otro lado, es público y notorio que en Cataluña se viven, utilizan y ostentan todas sus peculiaridades con total libertad. Lengua, usos y costumbres propias son practicadas en todo su territorio sin que nada ni nadie les impida su realización y manifestación.

Entonces ¿qué quería decir el señor Pujol con lo del hecho diferencial? Para explicarlo quizás podamos recurrir a lo que ocurre con los individuos o los pueblos. Aunque el tema es complejo, en aras de la brevedad que impone un artículo de este tipo, intentaremos simplificarlo.

Hay individuos o pueblos cuyas características o peculiaridades —económicas, sociales, políticas— están objetivamente en situación de inferioridad a las de otros pueblos o individuos. Pero generalmente éstos no reclaman su diferencia. No quieren ser considerados diferentes. Muy al contrario, quisieran ser como los otros, iguales a los que están en mejor situación que ellos.

Entonces ¿qué diferencias reclamaba el expresidente? Cuando se pide reconocimiento para la diferencia, con frecuencia subyace un sentimiento de superioridad que no se quiere hacer explicito. Se reclama ser considerado diferente para que se valore la diferencia como preeminencia. Y este sentimiento se define políticamente como supremacismo, la doctrina que mantiene la superioridad de unos pueblos con respecto a otros.

Sería bueno que nos aclararan lo que se pretende al reclamar el hecho diferencial.

Revolución digital

En el cambio del siglo XVIII al XIX, con la Revolución Industrial y la progresiva mecanización, los ciudadanos contemplaron asombrados como las máquinas comenzaban a desplazar a las personas de sus puestos de trabajo. Este fenómeno fue vivido por algunos como un camino negativo de la civilización, llegando unos pocos a organizarse violentamente contra lo que consideraban un retroceso de la humanidad.

Otros, conscientes de la inutilidad de tal lucha, propugnaron una Revolución Cultural simultánea que, dotando de mayor educación al hombre, permitiera un mejor encaje de estos cambios, sin que el ser humano resultara marginado.

En la actualidad estamos en otra revolución, la Revolución Digital, ante la que de nuevo han surgido temores sobre la posibilidad de que el ser humano sea sustituido —una vez más— por la maquina y, al final, no haya trabajo para la mayoría.

Si hemos de hacer caso a los sesudos analistas del futuro —si es que este análisis es posible o fiable— esto no ocurrirá, ya que las nuevas tecnologías traerán nuevas necesidades y con ello nuevas ocupaciones, por lo que el ser humano no debe preocuparse por su mañana laboral.

Pero la Revolución Digital no tiene solo esta perspectiva. De nuevo se plantea cual va a ser el lugar del hombre en este proceso. Algunos piensan —y quizás tengan parte de razón— que la llegada de los ordenadores ha hecho a la humanidad entera prisionera de sus redes, ha conseguido que la ciudadanía piense, opine, se exprese y actúe dentro del marco que establecen las máquinas.

Las redes sociales empezaron describiendo la vida real, pero su enorme desarrollo las ha convertido en las directoras de la vida, de tal manera que son ellas las que alimentan la realidad con sus modos, sus formas o sus tics. Pareciera que son los ordenadores —los llamados teléfonos inteligentes no son más que ordenadores— los que nos indicaran qué pensar y a qué parcela de toda la información que circula por la red nos está permitido acceder. Leemos, opinamos y distribuimos la supuesta información que nos llega por las redes sociales, ocupándonos casi exclusivamente de aquello que nos llega, olvidando con frecuencia otros temas que, quizás, serían de mayor interés para nosotros.

Y todo esto lo vivimos con una desenvuelta normalidad. Nos parece lo mas natural del mundo que sean las maquinas las que nos marquen qué leer, sobre qué opinar o de qué ocuparnos.

Anomia

Aunque en puridad anomia es ausencia de leyes, aquí nos vamos a referir más a la segunda acepción, o sea al conjunto de situaciones que se derivan de la carencia de normas sociales o de su degradación.

Está generalmente aceptado que, al contrario de las sociedades centroeuropeas y nórdicas, los pueblos latinos —entre los que nos encontramos— son poco proclives al respeto de las normas. De hecho, se dice —jocosamente— que si Arquímedes hubiese vivido en estos países y en nuestros días hubiese formulado su famosa frase de la siguiente manera: “dadme una norma y yo os diré como esquivarla”.

Los individuos tenemos hábitos o costumbres, y como tales deben ser respetados, siempre y cuando no afecten a los de los otros individuos. Pero las sociedades tienen normas, y éstas deben ser respetadas por el conjunto de los integrantes de éstas. No se trata de sugerencias o deseos, sino de reglas de obligado cumplimiento, de tal manera que —una vez aprobadas— la comunidad se dota de instrumentos para forzar a los ciudadanos a cumplirlas y, en su caso, sancionar a los incumplidores.

Durante la dictadura, esta tendencia al incumplimiento de las normas encontraba su justificación en que éstas no habían emanado de la sociedad, sino que habían sido impuestas por un poder dictatorial y eran ajenas a la voluntad de los ciudadanos. Así se establecía la ilegitimidad de origen de la norma y los individuos se sentían autorizados a incumplirla.

Pero la dictadura finalizó hace mas de 40 años y desde entonces disfrutamos de una democracia que, a pesar de sus imperfecciones, está entre las de mayor calidad democrática del mundo. Desde hace muchos años, las normas se elaboran por administraciones democráticamente elegidas, y existen cauces legítimos para modificar aquellas que parezcan injustas o inadecuadas a los ciudadanos.

A pesar de ello, sigue existiendo entre nosotros una marcada tendencia a incumplirlas. Tanto en el ámbito político como en el social hay una cierta tendencia a la anomia: parlamentos que no respetan las leyes, administraciones que ignoran sus propias reglamentaciones y —cómo no— personas que solo se sienten obligados si la norma encaja con lo que él —individualmente— entiende como justo o adecuado.

La vida en sociedad nos condiciona a todos. La convivencia se basa en la confianza en que cada uno hará lo que debe hacer, con arreglo a las reglas que entre todos nos hemos dado. Lo contrario, el no respeto de las pautas de convivencia, dificulta —si no imposibilita— la normal coexistencia.