La tos

Antonio nunca entendió por qué su padre se retorcía las manos de desesperación y casi blasfemaba al oírle toser a él o a alguno de sus hermanos. Cuando uno de ellos se resfriaba se hacía necesario ocultar la tos si no querían tener problemas. La tos ponía a su padre de un humor endiablado y, al final, acababa pagándolo alguno. Por eso todos recurrían a diversos procedimientos para evitar toser o para que la tos no se oyera: desde tomar tisanas a ocultar la cabeza bajo la almohada cuando tosían, cualquier método era bueno para evitar que su padre se percatara.

Resfriarse era un fastidio doble. Además de los síntomas del catarro, ya de por sí molestos, había que ingeniárselas para no toser. Y ello era especialmente difícil cuando el picor en la garganta se hacía insoportable y la tos inevitable. Por eso todos procuraban en esos momentos eludir la presencia del progenitor, buscando las excusas más peregrinas.

Y no es que a su padre no le preocupara la afección del hijo. Aunque su malhumor era el síntoma dominante, hasta un joven como Antonio podía ver en su cara un intenso desasosiego al oír el síntoma, sensación que cuando creció pudo asimilar a angustia. La tos del hijo angustiaba al padre y Antonio no podía entender el motivo.

A su padre no lo conocían en su tierra por su nombre. Al menos no por el nombre que él conocía. Cuando ya mozo Antonio viajó por primera vez a Asturias, la tierra natal de su progenitor, el joven se presentó a los parroquianos del único bar del lugar como hijo de Dionisio Sánchez, pero sus interlocutores no lo ubicaron. Cuando precisó que era sobrino del tío Servando, el cosario de Nogueira, entonces ataron cabos:

—¡Ah, tu eres hijo de Lián, Lián el de Valín!.

En este primer contacto supo que en Nogueira era frecuente llamar a las personas por la mitad de su nombre o de su segundo nombre y allí aprendió que sus abuelos, al bautizar a su padre, le pusieron los dos santos del día, Dionisio y Julián, santos que se celebran el 16 de marzo. O al menos se celebraban, hasta que Pablo VI decidió trastocar el santoral, para confusión de la gente cumplidora, que a partir de entonces felicitaban cuando no era y no lo hacía cuando correspondía.

Pero estas son otras historias. El tío Servando resultó ser un personaje simpático y dicharachero, conocido en toda la comarca dado su oficio, que gustaba de gastar bromas, aunque no tanto de recibirlas. Una vez en semana cogía el autobús que le llevaba a Oviedo, donde realizaba todas las gestiones —todas las cosas— que le encargaban los vecinos de la zona. Y el resto del tiempo lo ocupaba en criar dos hermosas vacas, a las que ordeñaba a diario.

—Menos mal que tu padre se fue a Madrid. La vida aquí es muy sacrificada. Sacamos para comer tu tía y yo y poco más. Desiderio, el hijo de tu tía, tuvo que ponerse a trabajar bien niño— le comentó Servando a su sobrino mientras enfilaban el camino de Valín— Aquí no había ni carretera, solo se podía venir andando. Hace pocos años que han arreglado el camino y ahora pueden subir algunos coches, no todos. La aldea está casi desaparecida.

Antonio miró sorprendido a su tío.

—¿El hijo de la tía? ¿No es tu hijo?

— No, cuando nos casamos tu tía y yo ya había nacido Derio. No se quien es el padre, tu tía no me lo dijo nunca y ya no me interesa saberlo. Cosas de la vida Tonio. Eres muy joven para entenderlo.

 Su padre le había contado que cuando era niño, a principios del siglo XX, Valín tenía 27 vecinos y Antonio, cuando tras un recodo del camino divisó lo que quedaba del lugar y sus tierras aledañas, no pudo por menos de sorprenderse y preguntarse como fue posible vivir del fruto de aquellas exiguas tierras a las mas de 100 personas que, como mínimo, deberían constituir el total de almas de su vecindario en aquellos años.

—Esa era nuestra casa, donde nos criamos tu padre y yo y los demás hermanos— dijo Servando señalando unos muros que ya no aguantaban ni su propio peso —ahí estuvimos todos hasta que nos casamos. Bueno, menos tu padre, que se fue con trece años a Madrid con tu tía Felisa.

Servando continuó hablando a su sobrino de la familia y Antonio, emocionado, fue atando cabos. La extensa narración de su tío le permitió conocer los pormenores de una vida difícil y le hizo comprender algunas características de su padre que nunca había entendido.

El hogar en el que vino al mundo Dionisio, como ultimo fruto de un peculiar matrimonio, constaba de ocho miembros, sus padres y seis hermanos, siendo su tío Servando el segundo de ellos. Bueno quizás deberíamos decir diez miembros, pues la prima Paula, como solía llamarla su padre, aunque tenia casa propia con su marido, pasaba mas tiempo en casa de los abuelos de Antonio que en la suya propia, a lo que no sería ajeno la escasez de su patrimonio, que no daría siquiera para mal vivir.

Y era peculiar por que, para aquellos tiempos, debió llamar la atención. Aunque su padre siempre la llamó su hermana, Antonio supo pronto que Toribia —la hermana mayor— era hija solo de su abuela, no de su abuelo. Como el mismo tío Servando, su abuelo se había casado cuando ya la tía Toribia estaba en el mundo y, al parecer, crecidita. Esto era conocido por todo el pueblo y en ningún momento fue reconocida legalmente, ya que de hecho los apellidos de Toribia eran los de la su abuela Felisa. Es difícil saber que razones motivaron aquel singular matrimonio. Lo cierto es que su padre vino al mundo cuando la tía Felisa era ya casi una mujer, y con sus 15 años ayudaba en la casa como un adulto.

Antonio dedujo que Felisa debió ser una hermosa joven. Él la conoció ya muy mayor, con 70 años cumplidos, y aún mostraba rasgos de la pasada belleza junto a una elegancia distinguida. Pero su padre hablaba de la belleza y cierto refinamiento de su hermanastra. Hubo en Nogueira quien dijo que era hija de la abuela y de un maestro de escuela de Llan, que cuando supo de la existencia del embarazo puso tierra por medio. Lo cierto es que Felisa pronto salió de la aldea. Prendado de sus beldades, un viajante de Farmacia de Madrid la conoció en el mercado de Llan cuando apenas contaba 18 años. Tras varias visitas a Valín, con el correspondiente permiso de los padres, el viajante casó con ella y antes de cumplir los 20 Felisa se trasladó a Madrid a instalarse junto a su esposo.

Antonio conoció que su padre y su hermano Juan vinieron al mundo casi diez años después del anterior hermano, Juan un año antes que Dionisio. La diferencia de edad con el resto de los hermanos hizo que Dionisio y Juan fueran uña y carne. Como era habitual en aquellos tiempos y sitios, desde que empezaban a andar los niños se encargaban de tareas en la casa, cada uno en función de sus posibilidades y habilidades.

Cuando cumplió ocho años Juan, el hermano más querido por su padre, cayó enfermo. Al principio fueron unas fiebres y desgana, por lo que se liberó de las faenas del campo y de la casa propias de su edad. Al poco cesaron las fiebres, pero Juan ya nunca fue el mismo. No le apetecía jugar como antes —se cansaba enseguida—, su cara sonrosada palideció y apareció aquella tos —maldita tos— que ya nunca se iría.

Los días fueron pasando y Juan estaba cada vez mas delgado. A pesar de los remedios caseros que se le ocurrieron a la abuela y a otros vecinos del lugar, su estado iba empeorando muy lentamente. La tos había llegado para quedarse y llegó a hacerse omnipresente —día y noche—, cansina, como si no quisiera molestar, y en alguna ocasión se acompañaba de esputos manchados de sangre. Y Dionisio pasaba las horas junto a su hermano, mirándolo fijamente e intentando con sus bromas que recuperara la alegría perdida.

La marcha del proceso empezó a preocupar a la familia.

—¡Vamos a tener que llevar al chico al médico! —suplicó mas que expresó la abuela de Antonio.

—¿Con que dinero Felisa? ¿Sabes lo que cuesta un médico? —fue la respuesta de su marido.

—Algo habrá que hacer, el chico esta cada vez peor —respondió la mujer con los ojos ya anegados de lagrimas.

El abuelo así lo entendió y una mañana aparejaron la mula y emprendieron el camino de Veguillas, a donde llegaron cuatro horas después.

El galeno, único médico en treinta kilómetros a la redonda, vio a Juan y tras un minucioso reconocimiento dictaminó lo que los abuelos ya adivinaban, pero no querían reconocer.

—El chico tiene tuberculosis y yo no puedo hacer nada aquí por él. Tenéis que llevarlo a Oviedo.

No por esperada la noticia fue menos impactante y dolorosa. Felisa arrasada en lagrimas miraba a Tomás y éste aguantaba el dolor como podía. Llevar al chico a Oviedo suponía dejarlo todo —campos y ganado— en manos de los hijos y gastar lo que no tenían.

—No llores mujer. Mañana hablaré con Chus y le venderemos a la Perla. Siempre quiso tener esa vaca. Ya nos apañaremos nosotros cuando el chico mejore.

El padre de Antonio nunca supo como se la apañaron sus padres, pero si le contó a su hijo que tardaron varios días en llegar a Oviedo con su querido hermano, que se despidió de él con un fuerte y prolongado abrazo, como si barruntara que no iba a volver a verlo.

—Te estoy haciendo un tirachinas de castaño, para que cuando vuelvas vayamos a coger pájaros— le había dicho Dionisio a su hermano Juan al despedirlo.

El estado de Juan debía ser incurable puesto que, a los pocos días de estar en el hospital y tras el estudio pertinente, los médicos aconsejaron a los abuelos que regresaran a la aldea, antes de que fuera imposible el traslado.

—Ninguno hemos podido olvidar la tarde de la llegada de Juan a la casa— le dijo Servando, con un atisbo de emoción en sus cansados ojos —. Nuestro hermano era una sombra del niño que había sido, en su demacrada cara solo los brillantes ojos hundidos en sus cuencas recordaban a aquel niño que fue un día —. Y Servando se pasó sus rudas manos por la cara, como queriéndose quitar unas motas de los ojos

Desde su llegada Juan ya no volvió a salir. Se le habilitó un camastro en la amplia sala que servía de cocina y comedor y allí compartió con su familia los dos meses escasos que tardó en morir. La sempiterna tos presidía todos los momentos que compartían los dos hermanos. Hablaban de sus anteriores juegos, Dionisio le contaba lo que había hecho en el campo, los nidos que había encontrado, las culebras que le habían salido en el camino. Incluso le trajo una cría de mirlo que había cogido cuando intentaba remontar el vuelo.

Nada sirvió. Una mañana de otoño, cuando sus abuelos se levantaron a las 5 de la mañana para reavivar el fuego y que la cocina no se enfriara demasiado, se lo encontraron sin vida. Tenía apenas nueve años.

—Tu padre lo pasó muy mal. Al dolor de la perdida de su compañero y amigo se unió la soledad en la que quedó. Los demás éramos mayores y estábamos a lo nuestro. Creo que nunca olvidó la tos de Juan, que para él fue el mensajero de su muerte.            

Antonio miró fijamente a su tío y esbozó una especie de sonrisa. Tuvo la certeza de que aquel invierno iba a vivir los resfriados de una manera distinta.

Hecho diferencial

Una de las expresiones que recordamos de Jordi Pujol —presunto delincuente, ya que aún no ha sido condenado en firme— es la de “hay que respetar el hecho diferencial de Cataluña”, petición que realizaba en sus numerosas presencias públicas

Si hemos de interpretar lo que se reclamaba tenemos que recurrir a explicar que es ser diferente. Se dice que una cosa es diferente cuando es diversa, distinta, cuando no es parecida, cuando tiene cualidades particulares. En este sentido es claro que Cataluña es diferente de otras partes de España. Y lo es porque tiene características que le son propias y que no ostentan otras partes del Estado.

Pero no es la única que tiene cualidades diferentes. Todas las comunidades humanas tienen particularidades que son diferentes a las de otras comunidades, peculiaridades que posee cualquier territorio o colectividad, que le son propias, y que lo hacen diferente —en mayor o menor medida— a otros espacios del entorno.

Por otro lado, es público y notorio que en Cataluña se viven, utilizan y ostentan todas sus peculiaridades con total libertad. Lengua, usos y costumbres propias son practicadas en todo su territorio sin que nada ni nadie les impida su realización y manifestación.

Entonces ¿qué quería decir el señor Pujol con lo del hecho diferencial? Para explicarlo quizás podamos recurrir a lo que ocurre con los individuos o los pueblos. Aunque el tema es complejo, en aras de la brevedad que impone un artículo de este tipo, intentaremos simplificarlo.

Hay individuos o pueblos cuyas características o peculiaridades —económicas, sociales, políticas— están objetivamente en situación de inferioridad a las de otros pueblos o individuos. Pero generalmente éstos no reclaman su diferencia. No quieren ser considerados diferentes. Muy al contrario, quisieran ser como los otros, iguales a los que están en mejor situación que ellos.

Entonces ¿qué diferencias reclamaba el expresidente? Cuando se pide reconocimiento para la diferencia, con frecuencia subyace un sentimiento de superioridad que no se quiere hacer explicito. Se reclama ser considerado diferente para que se valore la diferencia como preeminencia. Y este sentimiento se define políticamente como supremacismo, la doctrina que mantiene la superioridad de unos pueblos con respecto a otros.

Sería bueno que nos aclararan lo que se pretende al reclamar el hecho diferencial.

Revolución digital

En el cambio del siglo XVIII al XIX, con la Revolución Industrial y la progresiva mecanización, los ciudadanos contemplaron asombrados como las máquinas comenzaban a desplazar a las personas de sus puestos de trabajo. Este fenómeno fue vivido por algunos como un camino negativo de la civilización, llegando unos pocos a organizarse violentamente contra lo que consideraban un retroceso de la humanidad.

Otros, conscientes de la inutilidad de tal lucha, propugnaron una Revolución Cultural simultánea que, dotando de mayor educación al hombre, permitiera un mejor encaje de estos cambios, sin que el ser humano resultara marginado.

En la actualidad estamos en otra revolución, la Revolución Digital, ante la que de nuevo han surgido temores sobre la posibilidad de que el ser humano sea sustituido —una vez más— por la maquina y, al final, no haya trabajo para la mayoría.

Si hemos de hacer caso a los sesudos analistas del futuro —si es que este análisis es posible o fiable— esto no ocurrirá, ya que las nuevas tecnologías traerán nuevas necesidades y con ello nuevas ocupaciones, por lo que el ser humano no debe preocuparse por su mañana laboral.

Pero la Revolución Digital no tiene solo esta perspectiva. De nuevo se plantea cual va a ser el lugar del hombre en este proceso. Algunos piensan —y quizás tengan parte de razón— que la llegada de los ordenadores ha hecho a la humanidad entera prisionera de sus redes, ha conseguido que la ciudadanía piense, opine, se exprese y actúe dentro del marco que establecen las máquinas.

Las redes sociales empezaron describiendo la vida real, pero su enorme desarrollo las ha convertido en las directoras de la vida, de tal manera que son ellas las que alimentan la realidad con sus modos, sus formas o sus tics. Pareciera que son los ordenadores —los llamados teléfonos inteligentes no son más que ordenadores— los que nos indicaran qué pensar y a qué parcela de toda la información que circula por la red nos está permitido acceder. Leemos, opinamos y distribuimos la supuesta información que nos llega por las redes sociales, ocupándonos casi exclusivamente de aquello que nos llega, olvidando con frecuencia otros temas que, quizás, serían de mayor interés para nosotros.

Y todo esto lo vivimos con una desenvuelta normalidad. Nos parece lo mas natural del mundo que sean las maquinas las que nos marquen qué leer, sobre qué opinar o de qué ocuparnos.

Anomia

Aunque en puridad anomia es ausencia de leyes, aquí nos vamos a referir más a la segunda acepción, o sea al conjunto de situaciones que se derivan de la carencia de normas sociales o de su degradación.

Está generalmente aceptado que, al contrario de las sociedades centroeuropeas y nórdicas, los pueblos latinos —entre los que nos encontramos— son poco proclives al respeto de las normas. De hecho, se dice —jocosamente— que si Arquímedes hubiese vivido en estos países y en nuestros días hubiese formulado su famosa frase de la siguiente manera: “dadme una norma y yo os diré como esquivarla”.

Los individuos tenemos hábitos o costumbres, y como tales deben ser respetados, siempre y cuando no afecten a los de los otros individuos. Pero las sociedades tienen normas, y éstas deben ser respetadas por el conjunto de los integrantes de éstas. No se trata de sugerencias o deseos, sino de reglas de obligado cumplimiento, de tal manera que —una vez aprobadas— la comunidad se dota de instrumentos para forzar a los ciudadanos a cumplirlas y, en su caso, sancionar a los incumplidores.

Durante la dictadura, esta tendencia al incumplimiento de las normas encontraba su justificación en que éstas no habían emanado de la sociedad, sino que habían sido impuestas por un poder dictatorial y eran ajenas a la voluntad de los ciudadanos. Así se establecía la ilegitimidad de origen de la norma y los individuos se sentían autorizados a incumplirla.

Pero la dictadura finalizó hace mas de 40 años y desde entonces disfrutamos de una democracia que, a pesar de sus imperfecciones, está entre las de mayor calidad democrática del mundo. Desde hace muchos años, las normas se elaboran por administraciones democráticamente elegidas, y existen cauces legítimos para modificar aquellas que parezcan injustas o inadecuadas a los ciudadanos.

A pesar de ello, sigue existiendo entre nosotros una marcada tendencia a incumplirlas. Tanto en el ámbito político como en el social hay una cierta tendencia a la anomia: parlamentos que no respetan las leyes, administraciones que ignoran sus propias reglamentaciones y —cómo no— personas que solo se sienten obligados si la norma encaja con lo que él —individualmente— entiende como justo o adecuado.

La vida en sociedad nos condiciona a todos. La convivencia se basa en la confianza en que cada uno hará lo que debe hacer, con arreglo a las reglas que entre todos nos hemos dado. Lo contrario, el no respeto de las pautas de convivencia, dificulta —si no imposibilita— la normal coexistencia.

Denuncias anónimas

De todos es sabido que en nuestro país y en el ámbito laboral existen numerosas irregularidades. Desde trabajadores por cuenta ajena sin contrato hasta contratos por menos horas de las que se trabajan realmente, la lista de actuaciones fuera de la norma por parte de los “pícaros” podría ser muy amplia.

La lucha contra estas irregularidades es practicada, en la realidad, solamente por la inspección administrativa —claramente insuficiente— y, en menor medida, por las instituciones sindicales. Esto provoca que, a pesar de ser conocidas, las irregularidades sigan existiendo, especialmente en las pequeñas y medianas empresas.

Ante una actuación irregular —fuera de norma— por parte de una empresa o un compañero de trabajo, al trabajador con frecuencia solo le queda quejarse a la familia y/o amigos o encomendarse al sindicato correspondiente, a la espera de que su identidad no salga a la luz y pueda ser victima de represalias por su denuncia.

Este problema, que en Occidente no es exclusivo de España, ha recibido atención en otros países. En el ámbito anglosajón existe desde hace años toda una normativa reguladora de la denuncia del trabajador y de las garantías de que dicha denuncia no conllevará represalias para el denunciante. De hecho, hay un término para definir al denunciante —whisthleblower— y una amplia jurisprudencia sobre la denuncia —whisthleblowing—.

La Unión Europea se ha hecho eco de la situación en su ámbito y ha elaborado una propuesta de normativa que está próxima a ver la luz, en la que se contempla toda esta problemática, haciendo hincapié en la protección del trabajador denunciante, llegando incluso a plantear la posibilidad de instituir la denuncia anónima.

En España la figura del denunciante no está bien vista. Hay una amplia sinonimia despectiva para calificarlo —chivato, acusica, soplón, etc.— y pocos quieren caer en estos calificativos. Pero esperar que los demás —empresarios y trabajadores— hagan siempre, y en todos los casos, las cosas ajustadas a la norma no parece una actitud realista, a juzgar por la situación existente.

Esta propuesta de directiva de la Unión Europea, y su trasposición al ordenamiento español, va a suponer un importante reto desde el punto de vista jurídico, ya que entrarán en juego los derechos fundamentales de las partes implicadas, tales como la libertad de expresión, la intimidad y la tutela judicial efectiva. Pero también será, y quizás más, un reto social. Aceptar la existencia de los denunciantes, y valorarlos como una figura necesaria para la mejora del ajuste a la legalidad de empresas y trabajadores, se revela difícil.

Relatos

En los últimos meses estamos asistiendo al uso frecuente del término relato por parte de los comentaristas políticos. Han sucedido —están sucediendo— numerosos acontecimientos en la vida política del país que se acumulan y hacen difícil conservar la memoria de todos y, mucho menos, hacer un análisis de estos.

Se nos dice que, conscientes de esta realidad, parece que los protagonistas de los distintos partidos se dedican a estructurar un relato ordenado de lo sucedido para que los ciudadanos sepamos lo que ha ocurrido y de quien es la responsabilidad. Según este esquema, se trataría de conseguir el voto para aquel/aquellos que consigan tener un mejor relato de los hechos.

El relato es una narración estructurada en la que se representan sucesos mediante el lenguaje. Esto nos permite conocer los hechos que se narran. El relato se crea y transmite mediante el lenguaje oral y escrito, y para que podamos considerarlo como tal se necesitan tres partes: quien relata, qué relata y quien recibe la información.

En el caso que nos ocupa es evidente que el que relata es el político, que se refiere a aspectos de interés para su candidatura. La clave del tema es lo que se relata: el relato no implica necesariamente que los hechos narrados sean expresión de la realidad. De hecho, la mayor parte de los relatos suelen ser ficcionales —relativos a la ficción—, haciendo referencia a hechos irreales total o parcialmente.

Tradicionalmente en la dialéctica política se hablaba de propuestas concretas a realizar por parte del político o partido en cuestión —lo que se denomina programa político—, para que el ciudadano —receptor de la información— eligiera entre las distintas opciones. Parece que ahora, sin eludir estos contenidos, se hace hincapié sobre todo en la construcción de la narración —el relato— de los hechos que supuestamente han ocurrido. Y en dicha elaboración es evidente que es difícil sustraerse a la tentación de realzar los aspectos de interés para el/los candidatos y eludir aquellos más negativos o desagradables. O sea, sustituir total o parcialmente la realidad por ficciones agradables al oído del ciudadano.

Raros tiempos estos en los que la ficción —con frecuencia interesante— no complementa a la realidad, sino que la sustituye.

Calidad democrática

En un articulo anterior hablábamos de democracias y dictaduras y decíamos que la democracia se hace efectiva a través de una serie de acciones, que adoptan unas determinadas formas —aspectos formales de la democracia— bajo el que subyace el fundamento democrático, que es el ejercicio del poder por los ciudadanos.

Con notables excepciones en América y algún país en Asia, las democracias más asentadas están en Europa, siendo el democrático un sistema de gobierno al que se han incorporado en los últimos años varios países de lo que durante 70 años se denominó la URSS.

Pero el concepto democracia no es simple. Está compuesto por numerosos elementos que, a su vez, pueden existir en un determinado grado. Y ello permite apellidarla —democracias avanzadas, incipientes, formales, etc.— y establecer grados. Parece que tanto en la cantidad de requisitos como en la intensidad o amplitud con que se cumplan cada uno de ellos, se pueden establecer niveles de democracia. Es lo que podríamos llamar calidad democrática.

Tanto es así que, desde hace algunos años, se vienen estableciendo por diferente organismos clasificaciones de calidad democrática. Aunque se parte de la base de que todos los países incluidos pueden ser calificados de democracias, el grado e intensidad de las libertades y derechos de los ciudadanos son diferentes entre ellos. En todos estos estados los ciudadanos eligen a sus gobernantes, pero la práctica gubernamental no siempre —ni en todos los aspectos— se adecua a los estándares democráticos. Y ello está ocurriendo en la vieja y democrática Europa, en algunos de cuyos países no se respetan adecuadamente los derechos de todos sus ciudadanos.

Consciente de esta realidad, la Unión Europea (UE) ha propuesto la creación de un mecanismo de vigilancia que frene el deterioro de las libertades y del Estado de Derecho detectado en algunos de sus países miembros. Se trata de un Pacto de Calidad Democrática que aspira a imponer una disciplina similar a la que ha logrado el Pacto de Estabilidad y Crecimiento en el terreno presupuestario.

El nuevo instrumento, basado en la revisión periódica de parámetros como la independencia judicial o la seguridad jurídica, será una revisión periódica de unos países a otros sobre la situación del Estado de Derecho en cada uno de ellos. Al principio la participación de los estados será voluntaria y las conclusiones servirán para iniciar un dialogo político con aquellos países donde se detecten insuficiencias en el respeto a los valores fundamentales de la UE.

El reconocimiento de estas carencias en Europa y en pleno siglo XXI nos debe mover a reflexión. Se esta dando ante nuestros ojos un hecho sorprendente y doloroso: el pueblo soberano elige a un gobierno que, con sus decisiones, limita las libertades de sus ciudadanos. ¡Menuda paradoja!