Algoritmos

Aunque los algoritmos ya se usaban en el pasado, en los últimos años su utilización se ha generalizado, abarcando todas las facetas de la actividad humana. Mediante algoritmos se toman numerosas decisiones que afectan nuestra vida de una manera cada vez más amplia e importante. 

Pero ¿qué es un algoritmo? De forma muy simplificada un algoritmo es una serie de instrucciones sencillas que se llevan a cabo para solventar un problema. Una definición mas precisa sería «conjunto de reglas que, aplicadas sistemáticamente a unos datos de entrada apropiados, resuelven un problema en un numero finito de pasos elementales».

Hoy los algoritmos se usan —a titulo de ejemplo— para conocer nuestros gustos, aplicar tratamientos médicos o predecir resultados electorales. Y los trabajos en que nos ocupamos los humanos se van sometiendo progresivamente a algoritmos: las tareas a realizar se convierten en algoritmos y estos permiten automatizar el trabajo. Las únicas tareas que —por ahora— no pueden ser objeto de algoritmos son las relacionadas con la creatividad y las emociones humanas.

Los seres humanos llevamos siglos usando esta forma de proceder. Pero la llegada de los ordenadores ha facilitado enormemente su desarrollo. Recordando la definición que dábamos en el segundo párrafo, estas máquinas pueden procesar una enorme cantidad de datos de entrada y realizar una ingente cantidad de operaciones en fracciones de segundo. Solo hay que decidir adecuadamente las reglas a aplicar a los datos que le proporcionamos. Este matrimonio entre algoritmos y ordenadores es lo que está cambiando el mundo.

Pero los algoritmos no son entes autónomos, sino que detrás hay personas. Y son solo unas pocas de ellas —los directivos de las empresas— las que deciden cuales son los problemas que nos afectan y que reglas se van a seguir para solventarlos. Y los que aplican estas decisiones son los programadores, que transforman estas decisiones en un conjunto de instrucciones, que las máquinas puedan entender.

El poder de los programadores e ingenieros informáticos es tal, que algunos han decidido desarrollar un código ético para evitar parte de los problemas que pueda acarrear la tecnología. Dado su papel en el desarrollo de los programas informáticos, los ingenieros y programadores tienen numerosas oportunidades para generar beneficio o provocar daño a los demás. O para permitir o influenciar a otros para causar beneficio o generar daño.

Así, en la actualidad, debemos ser conscientes de que la información que recibimos cuando hacemos una búsqueda en internet, el recorrido a seguir hasta llegar a nuestro destino, cual es el hotel que nos conviene reservar, o que productos nos interesaría comprar, todo ello son decisiones tomadas por algoritmos, que a su vez se basan en algoritmos que —previamente— han analizado nuestro comportamiento para conocer lo que nos debe interesar.

Tremendo el poder que algunas personas han logrado alcanzar. Nunca tan pocos controlaron a tantos, y de forma tan intensa.

Natural

La palabra natural goza de una gran aceptación entre los consumidores. Todo producto que lleve la palabra natural en su etiquetado tiene mayor aceptación que otro que no la lleve. La publicidad se ha encargado de convencernos de que lo natural es mejor, y muchos están convencidos de que comer natural es mejor para la salud. El fenómeno ha alcanzado tal relevancia económica que el calificativo se aplica no solo a las cosas de comer, sino que se utiliza para cosas tan curiosas como la ropa, menaje de cocina, etc.

Pero ¿qué expresamos en realidad cuando utilizamos la palabra natural para referirnos a un producto? De las 18 acepciones que el Diccionario de la Lengua Española da para la palabra natural nos quedaremos con aquella que hace referencia al tema que nos ocupa: «natural es todo aquello que está tal como se halla en la naturaleza, o que no tiene mezcla o elaboración».

Si intentamos aplicar esta definición a lo que comemos habitualmente, prácticamente ninguno de los productos que consumimos es natural, casi ninguno está tal como se halla en la naturaleza. A titulo de ejemplo, cualquier verdura, fruta o legumbre que ingerimos ha sido objeto de un elaborado proceso de selección a través de los siglos para escoger aquellas variedades que mejores resultados daban. Prácticamente ninguno se ha recogido en el campo tal como los produce espontáneamente la naturaleza, sino que han sido sometidos a un complejo proceso de cultivo.

En el fondo de esta posición figura la contraposición tan extendida entre natural y artificial. Lo natural sería lo genuino, lo no alterado por el hombre y artificial sería el producto de procesos químicos, lo que denominamos despectivamente como «química».

Sin embargo, esta aproximación no se ajusta a la realidad. La vida —todo en la naturaleza— es el resultado de un proceso químico, es química. En el pasado se pensaba que la materia viva tenía unas propiedades químicas diferentes a las de la materia inerte: los procesos químicos que se dan en un pájaro eran distintos a los que se dan en una piedra. Sin embargo, hoy sabemos que esto no es así, que todas las reacciones que se producen en un ser vivo son reacciones químicas, que la bioquímica es la química que se da dentro de un ser vivo, y que las reacciones que se dan en su interior siguen las mismas leyes que los procesos que se dan fuera de él.

Las propiedades de un producto dependen de su composición, de las moléculas que lo integran, no de donde son originarias. Por lo tanto, la palabra natural solo haría referencia al origen del producto; nos vendría a decir —si hemos de creerlo— que viene de la naturaleza, pero no que sea mejor ni peor. Dos productos que tengan la misma composición tendrán exactamente las mismas propiedades —sabor, color, olor y beneficios o perjuicios para la salud—, independientemente de dónde y cómo se hayan obtenido: ya sea de la naturaleza o mediante síntesis química.

Por lo tanto, debemos tener claro que cuando nos referimos a algo natural, en el mejor de los casos nos estamos refiriendo al origen, no a las propiedades ni a la calidad del producto. Y son estos últimos aspectos los que tenemos que vigilar para tener una alimentación sana.

Disrupción tecnológica

Se define a la tecnología como el conjunto de teorías y de técnicas que permiten el aprovechamiento práctico del conocimiento científico. La ciencia genera conocimiento, y la tecnología aprovecha ese conocimiento para crear herramientas —en sentido amplio— que nos permiten hacer más y con menos esfuerzo.

Hoy sabemos que toda nuestra vida está en estrecha relación con realidades tecnológicas, que nos han acompañado desde siempre y que han condicionado nuestras existencias. Las distintas tecnologías que ha ido incorporando el hombre, desde sus orígenes hace miles de años hasta la actualidad, ha condicionado su vida. Nuestras expectativas, el modo como trabajamos, como nos divertimos, todo esta relacionado y condicionado por la tecnología.

En el pasado los cambios tecnológicos ocurrían a un ritmo muy lento. Piénsese en el tiempo transcurrido desde la invención de la maquina de vapor y su generalización en la industria, o entre el invento del teléfono y la llegada de los teléfonos móviles. Esta lentitud permitía una mas fácil adaptación del ser humano a los cambios, sea en el aprendizaje de las nuevas tecnologías, sea en la comprensión y aceptación de las repercusiones que las mismas tenían sobre sus vidas.

La magnitud de los cambios que genera una nueva tecnología no siempre es la misma. Hay algunas que provocan unas modificaciones tan radicales en nuestro modo de vida que han merecido que los sociólogos les pongan un apellido: disruptivas.

Bowe y Christensen utilizaron por primera vez en 1995 el término disrupción tecnológica —«Disruptive technologies: catching the wave»— para referirse al fenómeno que se produce cuando la aparición de una nueva innovación o tecnología modifica por completo la manera de operar e interactuar de las personas, del conjunto de la sociedad e incluso de la economía. Los autores mencionan como dos ejemplos de disrupción tecnológica la invención de la imprenta por Gutenberg a mediados del siglo XV, y la creación del motor de combustión a finales del XIX.

Por analogía a la revolución industrial, hoy decimos —con toda razón— que estamos en plena revolución digital. La digitalización se ha desarrollado a tal velocidad que —con la tecnología actual— cada menos de dos años se duplica la capacidad de proceso de la información. Este ritmo ha permitido dejar atrás las características meramente informáticas, para que la digitalización se expanda y permee todos los aspectos de la vida diaria, calando en todas y cada una de las facetas de la vida. 

Pero estas tecnologías no solo están modificando el modo en que las personas desarrollan su trabajo, realizan determinadas tareas o el modo de divertirse, sino que la disrupción tecnológica está yendo más allá y también esta cambiando la forma de pensar y de ver el mundo que practicamos los humanos. La revolución digital no solo cambia lo que hacemos y como lo hacemos, sino que en cierto modo esta cambiando lo que somos. Para aquellos que duden, piensen en cómo la telefonía móvil ha cambiado el modo de relacionarnos unos con otros.

Los avances se producen a tal velocidad que la disrupción tecnológica anticipa el futuro y, al mismo tiempo, lo transforma en realidad presente. ¿Estamos los seres humanos preparados para asumir esta realidad? Sin duda, pero el esfuerzo de adaptación será enorme y algunos no lo conseguirán

Maradona y CRISPR-Cas-9

De forma resumida, una escala de valores es una relación ordenada y jerarquizada —clasificada de más a menos importante— de cualidades positivas o negativas, que las personas asignamos a otras personas, a las cosas y a los hechos. Si nos referimos a personas, los valores son las cualidades morales inherentes al ser humano, tales como responsabilidad, compromiso, honestidad, lealtad, amor, solidaridad, etc. Así, una escala de valores es la relación de características morales que son importantes para cada sujeto en particular.

En cuanto a las cosas también podemos hablar de escala de valores. Una cosa puede ser considerada buena si cumple su función, o si cuesta mucho dinero, o si es divertida, etc. Según nuestra escala de valores así nos comportamos, practicando o dando valor a aquellas características de las personas, cosas o hechos que, según nuestra escala, tienen más valor. 

Esto mismo se puede aplicar a las sociedades. Como agrupaciones de personas, las sociedades también tienen sus escalas de valores y, en función de ellas, dan valor a las personas, cosas o hechos. Las sociedades suelen medir —aunque no exclusivamente— los valores en grados de admiración o de retribución económica que perciben las personas o que se pagan por las cosas o hechos que la sociedad valora más alto.

Sobre Maradona nada nuevo vamos a decir. Este futbolista, de vida poco edificante, fue calificado por la prensa especializada como el mejor jugador de la historia, y por algunos de sus seguidores como “Dios”. En sus quince años de jugador —generosísimamente retribuidos por la sociedad— hizo pasar a sus seguidores numerosas horas de satisfacción al verle maniobrar en el campo. 

Con motivo de su reciente fallecimiento, los medios hablaron de que el mundo estaba de luto por su fallecimiento y han sido incontables los testimonios de condolencia y dolor mostrados, declarándose en su país natal —Argentina— tres días de luto nacional, contándose más de un millón de personas las que visitaron su capilla ardiente.

Sobre CRISPR-Cas-9 quizás haya algo más que decir. Es una técnica que, si bien había sido ya descrita en 2003 por el español Francisco Martínez Mojica, fue descubierta recientemente por las bioquímicas Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna, científicas perfectamente desconocidas por el ciudadano medio, a pesar de que obtuvieron el Premio Nobel de Química de 2020.

  Sin entrar en detalles, que serían quizás complejos para este blog, esta técnica es una herramienta biológica que permite modificar el genoma de cualquier ser vivo con una alta precisión y de forma relativamente sencilla y económica. 

Este enorme descubrimiento permitirá —ya ha permitido en algunos casos—, curar enfermedades de origen genético, sustituyendo el gen defectuoso por uno sano. Las potencialidades de la técnica son inmensas. A título de ejemplo, es la que ha permitido crear algunas de las vacunas contra el COVID-19, las llamadas de “ARNm”, vacunas que permitirán salvar centenares de miles de vidas.

Afortunadamente, las doctoras Charpentier y Doudna siguen vivas. Pero estamos convencidos de que el día en que inevitablemente fallezcan, los millones de humanos beneficiados con su técnica ni se enteraran de ello y, por supuesto, el mundo no se pondrá de luto.Esta es la escala de valores de nuestra sociedad, en la que parece que nos sentimos cómodos, ya que no nos esforzamos mucho por cambiarla.

Agnogénesis

En ocasiones anteriores hemos escrito sobre el conocimiento y sobre la importancia de diferenciar conocimiento de opinión. De hecho, hay toda una disciplina, la epistemología, que se encarga de estudiar la teoría y fundamentos del conocimiento científico.

La ignorancia es la falta de conocimiento y, tradicionalmente, esta se ha atribuido a la falta de interés o incapacidad de la persona para aprender lo que puede y debe saberse. 

Sin embargo, en los últimos tiempos ha surgido un nuevo tipo de ignorancia, que es aquella inducida culturalmente. Sería un desconocimiento o duda que se provoca artificialmente. No es que el individuo no acceda al conocimiento, sino que su entorno —su ambiente cultural— siembra dudas generalizadas sobre el conocimiento científico, publicando trabajos científicos —pagados o rechazados como erróneos por la comunidad científica— que ponen en duda lo afirmado por la ciencia, con la idea de que el ciudadano le de la misma credibilidad a todo.

El tema es de tal trascendencia que se ha acuñado un término para designarlo: agnotología —también agnatología—. Este concepto —contrario a la epistemología— define al estudio de la ignorancia o duda inducida culturalmente, en especial a la provocada por la publicación de datos científicos erróneos, inexactos o engañosos.

El concepto fue utilizado por primera vez en 1995 por el profesor Proctor de la Universidad de Stanford (USA). En las décadas precedentes la investigación científica había demostrada fehacientemente que el tabaco era el causante de numerosas enfermedades, especialmente el cáncer de pulmón. La industria tabaquera estadounidense, al ver el peligro que corría su negocio, pagó a algunos científicos para que realizaran estudios que demostraran que el tabaco no era dañino para la salud. La publicación de esos estudios sembró la duda entre muchos ciudadanos, generando un desconocimiento que ha durado hasta los años finales del siglo XX. Esto dio motivo al profesor norteamericano para estudiar el fenómeno y acuñar el término.

Según Proctor, esta ignorancia se origina de forma activa en la sociedad a través de fuentes con intereses particulares, que de forma deliberada contribuyen al desprestigio del conocimiento científico. Estas actuaciones generan desconocimiento, a pesar de la abundancia de información.

A esta tecnología de la desinformación, a la generación de ignorancia inducida, es a lo que se ha llamado agnogénesis. Esta técnica permite la persistencia de creencias tales como la falsedad de la teoría de la evolución o la duda sobre la forma de la tierra, por poner dos ejemplos simples. Estas actividades persiguen negar la credibilidad de las fuentes científicas —por muy solventes que sean—, e incluso negar los propios hechos.

Esta generación intencionada de ignorancia, promovida muchas veces por corporaciones o políticos, necesita la colaboración de expertos en comunicación, periodistas y medios de comunicación que, de forma voluntaria o comprados, consiguen confundir a los ciudadanos.

Ya hemos comentado en alguna ocasión que un ciudadano ignorante es fácilmente manipulable. Siempre se dijo que la información era poder. Pero parece que los poderosos de todo tipo han aprendido que la ignorancia de los ciudadanos también es poder para ellos. Y por ello invierten gran cantidad de recursos en la agnogénesis, o sea, en la creación de ignorancia.

Ciencia y posverdad

En esta tremenda situación de pandemia que nos está tocando vivir, hemos podido comprobar que los medios de comunicación, y en ocasiones la ciudadanía, han hecho numerosas llamadas para que las decisiones de las distintas administraciones sobre la pandemia se tomen basadas en los consejos de los científicos, a los que se les supone unos conocimientos sobre el problema basados en la investigación científica. Parecería que los españoles conociéramos la importancia de la ciencia, y fuéramos conscientes de la conveniencia de que los conocimientos científicos sean los que soporten las decisiones políticas sobre la salud.

Sin embargo, la realidad demuestra que nuestro conocimiento sobre la ciencia y los científicos no es precisamente amplio. Basten como prueba de ello dos muestras. Según la encuesta sobre «Percepción social de la ciencia» de 2018, realizada por un organismo oficial —la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT) dependiente del Ministerio de Ciencia e Innovación —, un 30% de los españoles cree que los dinosaurios coexistieron con los seres humanos, y un 25% afirma que el sol gira alrededor de la Tierra. Abundando en ello, según una encuesta de la Fundación BBVA, un 46% de los españoles fue incapaz de decir el nombre de un científico célebre.

Vivimos una época en que la que se observa un cierto desprecio por el conocimiento y una exaltación de la opinión, de tal manera que la mayoría de los ciudadanos dan igual valor a los dos conceptos. El conocimiento científico es generalmente ignorado, mientras que las opiniones circulan abundantemente por las redes, y son aceptadas por los ciudadanos, no en función de que se ajusten o no a la verdad —a lo conocido por la ciencia—, sino de que coincidan con lo que pensamos sobre un tema.

Lo que hemos dado en llamar posverdad es una mentira, que suele ser rápidamente aceptada porque confirma nuestro punto de vista. No es fácil aceptar la verdad, porque a veces es incomoda y nos exige cosas que la mentira considera innecesarias. Esto no es que sea nuevo. Siempre nos hemos inventado cosas que nos agradan, y hemos seleccionado de la realidad aquello que mejor se avenía a nuestros deseos o intereses. Pero en esta época en que hemos equiparado opinión a conocimiento, y dada la facilidad con que las redes sociales nos hacen llegar las opiniones, se ha facilitado el camino a aquellos que se dedican a fabricar noticias falsas, a las que dan un formato breve que facilita su rápida lectura, y que se adaptan perfectamente a nuestros deseos y creencias.

La abundancia de información y el fácil acceso a ella no siempre ha supuesto más conocimiento. Cualquiera de nosotros, si accede a internet buscando información, encontrará siempre alguna que ratifique sus creencias u opiniones. Pero eso no quiere decir que sea cierta, que sea verdadera, que responda a lo que la ciencia conoce en la actualidad sobre el tema.

La verdad no es fácil de adquirir, a veces cuesta conseguirla. Sin embargo, la mentira bien elaborada es algo asequible —circula permanentemente por las redes— y puede ser muy apetecible y fácil de creer. La elevación de la opinión sobre el conocimiento hace al individuo ignorante y, como tal, fácilmente manipulable por todo tipo de líderes populistas que venden soluciones fáciles a problemas complejos.

Es cierto que tener un amplio conocimiento no garantiza que las decisiones que tomemos sean las mas acertadas. Pero es evidente que sin ese conocimiento es mas fácil equivocarse. Además, hoy disponemos de una tecnología que nos permite acceder a todo tipo de información, y entre ella está la verdadera, basada en la ciencia, que aparece respaldada por instituciones —universidades, sociedades científicas, fundaciones, etc.—. Adquirir conocimiento, en el momento actual, depende sobre todo de nuestra voluntad de aprender.

La ciencia genera evidencias. Y el conocimiento está basado en las evidencias, no en las opiniones. Y la ignorancia del conocimiento y la exaltación de las opiniones son las que están permitiendo el triunfo de la posverdad.

Mil doscientas palabras

Ermita Robledo Dupdo

El español es un idioma muy rico, pero parece que cada vez se usan menos vocablos. Nos cuentan los estudiosos del tema que la mayor parte de los menores de 30 años solo utilizan habitualmente más que 1.200 palabras. Y hay también algunos que mantienen que esas son suficientes para relacionarse en el mundo actual.

Las palabras nos sirven para describir la realidad. Y la realidad tiene muchos matices que han de ser detallados para entenderla. El mundo de los hechos, y no digamos el de las emociones, necesitan términos que lo expresen. Y el pensamiento, complejo per se, reclama palabras para expresar su riqueza. Y parece difícil comunicar todas estas cosas con tan pocas palabras.

Algún autor ha planteado que las nuevas generaciones se están quedando sin léxico —sin palabras— con las que expresarse correctamente, con las que transmitir adecuadamente su realidad, con las que narrar sus posibilidades y apetencias, que le sirvan para expresar su actitud ante el mundo.

En los últimos años ha habido un cierto descredito del aprendizaje y la memoria. Se nos ha repetido que no es necesario retener nada, que todo estaba en los libros y ahora en internet. Por ello, se concluye, no es necesario prestar atención; cuando se necesita la información es suficiente con recurrir a medios externos. Por ello se considera suficiente retener cuatro ideas en la cabeza. Pero es necesario tener claves con las que entender lo que nos llega por estos nuevos medios, y para ello hay que recordar y entender determinados términos, en definitiva, usar palabras.

Los estudiosos del fenómeno apuntan la posibilidad de que quizás contribuya a este desinterés por el aprendizaje el hecho de que la cultura y la educación han dejado de ser ascensores sociales, es decir, que contribuyen poco a la mejora del nivel del individuo en la sociedad.

Sin embargo, seguimos necesitando palabras que nos permitan designar sentimientos, roles laborales o apetencias personales o profesionales. Aprender nuevas palabras ensancha nuestra visión del mundo y nos permite comprender conceptos con los que convivimos a diario. Necesitamos poder realizar la adecuada combinación de términos para iluminar y enriquecer nuestras mentes.

Sin duda es difícil progresar en la sociedad actual. Pero aún lo es más para aquellos que no saben expresarse adecuadamente

Los sentidos nos engañarán

Flores arbol Calpe.00001 Dupdo

En los últimos meses estamos recibiendo videos en los que una conocida figura pública nos comenta o nos informa de algo que resulta más o menos creíble. Un político, actor u otro personaje popular, de pie o sentado, en la intimidad de su despacho o casa o ante un publico escuchante, nos dice cosas que, naturalmente, nosotros aceptamos como dichas por la persona que estamos viendo en la pantalla. Pero resulta que no es así.

Las llamadas deepfake —mentiras en román paladino— no llevan mas de dos años entre nosotros. Como ya comentamos en un anterior articulo, las noticias falsas se han convertido en una realidad diaria que afecta a personas, organismos, entidades y gobiernos, de tal manera que se han convertido en un serio problema para poder tomar decisiones basadas en la realidad, en lo que ocurre de verdad. Pero ahora las cosas se nos complican.

Hasta casi hoy —la tecnología lleva pocos meses en el mercado— una cosa era lo que se escribía sobre algo o alguien y otra lo que ese alguien, a través de su boca, nos contaba. Pero llegó la tecnología a facilitarnos —y complicarnos — la vida. Alguien se ha inventado la GAN —Generative Adversarial Networks, Redes Generativas Antagónicas— mediante la cual un ordenador —red informática— se inventa una mentira e intenta convencer a otro ordenador —otra red— de que la mentira es verdad. La segunda red estudia la mentira y decide si cree que es verdad o mentira, y en que criterios se ha basado para inclinarse por una cosa u otra. Así la primera red informática va aprendiendo a mejorar la apariencia de verdad de la mentira hasta convencer a la segunda red de que su mentira es verdad.

Aunque les parezca muy complicado, de forma resumida esta técnica es la que permite que veamos la perfecta imagen de un político diciendo con su voz cosas que él nunca ha dicho, o veamos a una conocida actriz protagonizando una película porno en la que ella nunca ha intervenido. Supongo que ya han recibido alguno de estos videos indistinguibles de la realidad.

Aunque la tecnología está casi recién nacida, ya hay GAN especializadas en múltiples facetas, de indudable interés para la ciencia. Pero también las hay expertas en imitar facciones o voces, consiguiendo resultados prácticamente indistinguibles de la realidad. No es difícil imaginar lo que se puede hacer —ya se está haciendo— con esta arma, pero las suplantaciones de personas ya empiezan a ser comunes.

Nuestros sentidos pronto nos engañarán. Si antes era obligado reflexionar sobre la veracidad de lo que recibíamos y contrastar sus contenidos antes de opinar o compartirlos, ahora se hace vital. Tendremos que aprender a verificar lo que nos parece evidente.

La España vacía 2

Albicia julibrissin.Arbol de la seda

En un anterior artículo planteábamos el problema de la progresiva disminución de la población de más de la mitad de los municipios españoles, y mencionábamos algunas de las causas que, a juicio de los expertos, condicionaban este proceso.

Las sociedades modernas tienen numerosas necesidades y los gobiernos deben realizar todas las actuaciones posibles para cubrirlas. Como la experiencia demuestra que no es posible atenderlas a todas, los gobernantes tienen que optar por dotar unas y no otras, o satisfacer unas antes que otras. El tipo de elección que hagan los gobernantes es lo que aún diferencia a las opciones políticas, y el acierto de estas decisiones es lo que permite a los ciudadanos calificar la acción de gobierno.

El proceso de despoblación no ha sido uniforme. Desde los años cincuenta del pasado siglo el goteo de habitantes de núcleos pequeños a otros más grandes ha sido continuo, aunque con velocidad variable, llegándose en 2018 a la situación de que el 60% de los municipios españoles albergan solo al 3% de la población. Todavía quedan algunos pueblos pequeños que han aguantado y que mantienen expectativas de futuro —resilientes los ha llamado algún autor —, pero hay otros muchos cuya población está muy envejecida —por tanto, con pocas perspectivas de supervivencia —y, finalmente, hay ya un número considerable de lugares que se consideran inviables.

Dotar a los pequeños municipios de los mismos servicios que a los grandes es una tarea ingente, si no imposible. Los gastos necesarios para mantener al mismo nivel las dotaciones serían —quizás son —inasumibles para las arcas del Estado. Pero es evidente que el proceso de despoblación se acelerará si no se hace algo para ralentizarlo allí donde sea posible. Se hace necesario un acuerdo entre todas las partes implicadas para estudiar la situación en profundidad y decidir que hacer.

Pero no se puede caer en la demagogia. La propuesta resultante deberá incluir la aceptación —por más que duela— de que hay muchos pueblos cuyo destino final será la despoblación definitiva y, por otro lado, dotar a los que queden de aquellos servicios e instalaciones que faciliten —garantizarla es imposible— su supervivencia.

Ardua tarea, sobre todo contando con la escasa propensión al pacto que nos caracteriza.

La España vacía. 1

Flores. 00171

En los últimos meses hay numerosas actividades en torno a lo que se ha dado en llamar la “España vaciada”. Se hace mención, sobre todo, a los ya muy numerosos pueblos que, especialmente en la meseta, pero no exclusivamente, se están quedando sin habitantes.

Las acciones pretenden motivar a las administraciones públicas para que inicien actuaciones que favorezcan la permanencia de las gentes en sus pueblos de origen y no emigren a ciudades más importantes de la zona o de la periferia del país.

Vaciar es dejar vacío algo. El verbo sugiere un cierto componente exterior a lo vaciado. Es como si ese algo no se vaciara a sí mismo o por si mismo, sino que algo o alguien lo vaciara. Como si un agente externo provocara el vacío. Y así es cuando nos referimos a objetos.

Pero un pueblo no es un objeto, sino algo mucho más complejo. Por ello el verbo vaciar —salvo que medie la violencia— es difícilmente aplicable a un pueblo. En circunstancias normales, en la disminución de la población de un lugar no podemos hablar de ningún agente externo que lo vacíe. El lugar se queda vacío porque sus gentes se marchan, no porque nadie los saque de allí. Por tanto, quizás fuera más oportuno hablar de la España despoblada y no vaciada o vacía.

Sirvan estas disquisiciones para plantear un serio problema de difícil solución. El fenómeno de la despoblación ha sido bien estudiado, y son muchas y variadas las razones por las que las gentes dejan su lugar de origen. La falta de expectativas laborales, la carencia de escuelas, de servicios sociales y sanitarios, etc. se mencionan entre los más comunes y significativos.

El fenómeno de la despoblación no es nuevo, se ha dado de forma permanente a lo largo de la historia. Dejando la guerra aparte —la terrible desplazadora—, cuando las circunstancias sociales y, sobre todo, económicas han cambiado, las gentes se han movido en busca de mejores expectativas para su vida. Y el éxodo siempre ha empezado por los jóvenes, los que más esperan ganar con el cambio y menor arraigo tienen.

La despoblación de estos lugares de España había comenzado hace muchos años, pero el fenómeno se ha agudizado en los últimos 20-30 años, de forma tal que en la actualidad el 59% —casi el 60%— de los 8.115 municipios españoles tienen menos de 1.000 habitantes, el 46,8% menos de 500 y el 12,8% menos de 100 habitantes.

¿Es posible detener este proceso? Invitamos al lector a reflexionar sobre ello.