Tolerancia

La palabra tolerancia goza en la actualidad de un gran predicamento.  Ser una persona tolerante ha sido y es un rasgo positivo de la personalidad y lo contrario, ser intolerante, se valora como una característica negativa que debe ser rechazada por todos. Aunque pudiera parecer que siempre fue así, no en todas las épocas esta valoración fue igual. Durante siglos la intolerancia fue arma utilizada por tirios y troyanos, llegándose a hablar incluso por la iglesia de una santa intolerancia frente a determinadas desviaciones de la fe y de las conductas. Y probablemente por ello, en este país que tanto ha sufrido la intolerancia en el pasado, resurgió el concepto tolerancia tras la transición con una fuerza inusitada.

El concepto se ha estado tomando como un todo. Partiendo de su definición —“respeto o consideración hacia las opiniones o prácticas ajenas, o hacia sus sujetos”— la cualidad se tiene o no se tiene. No se es un poco tolerante, o medio tolerante. Se es o no se es. Simplemente. Y los que lo son gozaban —gozan— de buena prensa, mientras que aquellos que opinan que determinadas opiniones o actitudes no merecen respeto o no deben tolerarse son descalificados.

No obstante, en los últimos tiempos venimos leyendo y oyendo con frecuencia que la tolerancia va a ser “cero” para estos o aquellos aspectos. Aquí probablemente se está utilizando otra acepción de la palabra tolerancia, la que hace referencia al “margen o diferencia que se consiente en la calidad, en la medida o en el tiempo”.

Parece pues que la tolerancia empieza a no ser considerada como una cualidad absoluta, sino relativa. Parece que ya no se trata de ser o no ser tolerantes, sino de cuanta tolerancia estamos dispuestos a aplicar a determinadas opiniones o actitudes. De cuanta diferencia entre lo que dicen o hacen los demás y lo que decimos o hacemos nosotros estamos dispuestos a aceptar.

Y aquí es donde empiezan los problemas. Porque las opiniones o prácticas ajenas son a veces de una calidad o de una magnitud tal que la sociedad no las puede aceptar. Y entonces no podemos ser tolerantes. Quizás en estos casos tengamos la obligación de hacer saber a nuestros conciudadanos que esas opiniones o prácticas no se pueden aceptar en una sociedad democrática.

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