Desprecio del esfuerzo

En los tiempos que corren el esfuerzo no está de moda. Si nos atenemos al diccionario, esfuerzo es el “empleo enérgico del vigor o actividad del ánimo para conseguir algo venciendo dificultades”. Y a lo que se ve, no estamos para eso.

Estamos convencidos de que podemos conseguir cualquier cosa sin esfuerzo. Nuestro entorno se ha encargado, y se encarga, de convencernos de que esto es así. La publicidad nos habla de aprender sin esfuerzo, adelgazar sin esfuerzo, hablar inglés sin esfuerzo, y tantas otras cosas. Y se nos ha repetido tanto, durante tanto tiempo, que nos hemos convencido. Para triunfar en cualquier tarea no es necesario el esfuerzo, basta con desearlo, ser habilidoso y -todo hay que decirlo-, pagar el precio estipulado para conseguirlo; aunque eso sí, sin esfuerzo.

En el pasado, fruto de la educación cristiana, se nos repetía que todo se había de conseguir con esfuerzo, y cuanto más grande fuera el esfuerzo, mas mérito tenía lo que conseguíamos. No importaba lo duro que fuera alcanzar esa meta, ni tampoco importaba si el esfuerzo a realizar era proporcionado. Lo importante era conseguir el objetivo, aunque para ello tuviéramos que pagar un precio –esfuerzo- quizás excesivo e innecesario.

En esos ciclos pendulares que tienes las sociedades, ahora toca lo contrario. Cuanto menos tengamos que hacer para conseguir una cosa, mejor. Los mensajes que hablan de la necesidad de trabajar –de esforzarse- para alcanzar una meta no están bien vistos. Y a los que dedican tiempo y trabajo para conseguir lo que desean se les califica de pobres gentes. Es evidente que nuestra sociedad no valora el esfuerzo como algo necesario y positivo, que hay que aplicar en su justa medida. No estamos nada dispuestos a hacer el esfuerzo adecuado –ni mucho ni poco, sino el necesario- para conseguir lo que deseamos.

Pero la realidad es tozuda y acaba imponiéndose. Porque no es fácil perder esos kilos que nos sobran, a pesar de la dieta milagrosa -pagada generosamente-, ni se puede aprender inglés sin dedicar horas y horas al estudio, ni mucho menos encontrar nuestro futuro sin emplear de forma enérgica nuestro vigor y actividad del ánimo. Y como no conseguimos aquello que estábamos convencidos de obtener sin esfuerzo, pues nos frustramos. Y una sociedad frustrada no progresa. Así son las cosas.

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