Genética y voluntad

En los últimos años hemos asistido a uno de los acontecimientos científicos más relevantes: el descubrimiento del genoma humano. Saber cuál es la constitución genética completa del ser humano nos ha permitido conocer la existencia de multitud de genes, de mucho de los cuales se sabe ya su función concreta. Así hemos podido conocer que hay enfermedades que están unidas a la existencia de un determinado gen y que la enfermedad no se da, o se da muy pocas veces, en aquellos individuos que no tienen ese gen. E incluso se han podido añadir o suprimir genes, evitando la enfermedad.

De igual forma estos descubrimientos han facilitado el conocimiento de por qué se dan determinadas características en unos individuos y no en otros, Por ejemplo, el color del pelo, el de los ojos, la altura o el peso, e incluso algunas facetas menos concretas — la inteligencia, el carácter, etc.— se han vinculado a la presencia o no de determinados genes. Eso nos ha situado en la posición de creer que todo se reduce a la presencia o no de un determinado gen para que las cosas —también las personas— sean de una manera u otra.

Los científicos ya han advertido de que las cosas no son tan fáciles, ya que los genes que condicionan una determinada característica no son homogéneos en todos los seres humanos — hay varias formas de un mismo gen, polimorfismos— y además los genes producen su efecto, se expresan, mediante la producción de proteínas, proteínas que se interrelacionan con otros miles de proteínas y para cuya producción se necesitan otras circunstancias concurrentes, no todas genéticamente condicionadas. Pero estas advertencias vienen en la letra chica —la que no se lee— y no en los titulares, que son los que mejor se ven.

La creencia en que todo está genéticamente condicionado nos coloca en una situación de indefensión frente a lo que nos acontece y a lo que somos. Si nuestro carácter es insoportable, si no nos relacionamos bien, si somos obesos, si las cosas no nos salen como quisiéramos, etc., todo ello esta genéticamente condicionado, y por lo tanto nosotros no podemos hacer nada por remediarlo. Deberemos esperar hasta que la ciencia descubra algo que permita modificar el gen causante del problema.

Esta posición no es nueva. Ya en el pasado existieron —y aún existen— los providencialistas, los firmes creyentes en la teoría de la predeterminación. Según ellos todo esta predeterminado. No tiene sentido que nos esforcemos en nada porque, de todas maneras, ocurrirá lo que tenga que ocurrir. Sin embargo, la experiencia ha demostrado que esto no siempre es así, que la voluntad del hombre puede modificar las cosas. Y hay numerosísimos ejemplos de ellos.

Esta aparente contradicción —estamos condicionados por nuestra genética versus la voluntad puede modificar las cosas—, no es tal. Es evidente que nacemos con condicionantes genéticos. Pero nuestra actuación, regida por nuestra voluntad, puede modificar total o parcialmente esos condicionantes. Tendríamos que preguntarnos si, detrás de esa fe ciega en la genética, no se esconde nuestra pereza para, usando la voluntad, modificar aquellos aspectos de nuestra persona o de nuestra vida que deban ser cambiados.

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