Intimidad y privacidad

Intimidad hace referencia a un espacio espiritual de la persona que está reservada a ella sola. Privacidad nos habla de aquel ámbito de la vida privada que se tiene derecho a proteger de cualquier intromisión. O sea, dos esferas marcadas por su pertenencia al individuo y a nadie más, que deben ser preservadas y defendidas de posibles invasiones o violaciones.

Durante siglos, la inmensa mayoría de los seres humanos aspiraron a que estas esferas fueran respetadas, pero no lo pudieron conseguir. Los poderosos de cualquier laya o condición —señores, gobernantes, reyes, etc. —se sentían con el derecho de violar estos espacios, impidiendo a las personas preservarlos.

No ha sido hasta el siglo XX que el derecho a la intimidad y privacidad fue reconocido en las leyes. Esto facilitó un lento y progresivo proceso que permitió que aquellos que lo querían pudieran preservar estos ámbitos de su persona. La inviolabilidad del domicilio y de la correspondencia, la preservación del honor y el respeto a la intimidad y privacidad se convirtieron en derechos, y aquel que los violaba era considerado delincuente.

En los últimos años estos derechos han ido siendo cedidos progresivamente, muchas veces de forma voluntaria, por las personas. Primero fueron los famosos, que, en aras de su fama, aceptaron perder parcelas de su intimidad y privacidad. Más tarde se sumaron gentes normales, que aspiraban a sus 10 minutos de gloria y acudían a las televisiones a contar sus interioridades.

Ya en este siglo llegó la eclosión digital: teléfonos inteligentes, redes sociales y todo un universo alrededor de la tecnología que nos ha facilitado enormemente la existencia. Ante estos avances, de una forma inocente o por la aceptación de lo que creemos inevitable, hemos ido cediendo —cedemos a cada clic— de forma masiva parcelas cada vez más amplias de nuestra intimidad y privacidad.

Las compañías de telefonía, los fabricantes de aplicaciones, las redes sociales, etc., saben cada vez más de nosotros, sin que seamos plenamente conscientes de ello. Hay una gran avidez por parte de todos en conocer de nosotros cuantos más datos mejor.

Las empresas quieren saber —y lo consiguen en gran medida— quiénes somos, donde vivimos, cómo nos encontramos, a donde vamos y con quien salimos, cuales son nuestros hábitos, cuanto gastamos y en qué, cuales son nuestros conocidos y un largo etcétera que haría esta lista interminable. Y nosotros, sin que con frecuencia sea estrictamente necesario para poder usar el servicio que necesitamos, permitimos que las aplicaciones accedan a toda la información que quieran —es tan rápido y cómodo el clic aceptador—, sin sopesar antes la necesidad o no de proporcionar esos datos.

Han sido siglos de lucha para conseguir preservar nuestra intimidad y privacidad, y ahora estos derechos se nos escurren entre los dedos cada vez que clicamos en permitir o en me gusta. Para este viaje no se necesitaban aquellas alforjas.

4 comentarios en “Intimidad y privacidad

  1. …el Big Data, es ya el presente de las invasiones de nuestra privacidad, que en un futuro no muy lejano tendrá que ser regulado y legislado.

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  2. Pero parte de esas perdidas de datos pueden ser evitadas con un poco de atención, sin renunciar al servicio. Por ejemplo ¿por qué Google Maps nos pregunta que si permitimos que use nuestra localizacion cuando no utilizamos la aplicacion y le decimos permitir? De estos ejemplos hay muchos.

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  3. La distinción entre Privacidad e Intimidad no es fácil aunque el esfuerzo que hace el autor al inicio para distinguirlas es encomiable y creíble. Cierto que ambas están en franca decadencia, hasta límites que desconocemos y que asustarían si supiéramos cómo estamos controlados por Gran Hermano. Cierto, asimismo, que a veces, inadvertidamente, propiaciamos esa invasión de nuestra intimidad y privacidad, pero también lo es que es menos preocupante en la medida que la invasión se universaliza, por aplicación de aquello de “Mal de muchos….”. Y no es que seamos tontos, sino que poco o nada puede hacer el individuo para oponerse a fuerzas muy superiores. Una acción concertada de Gobiernos y políticos podría, tal vez, contrarrestar la creciente y aparentemente imparable invasión pero ¿no son precisamente los Gobiernos y políticos los primeros interesados en que la situación perdure?

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  4. Pero algo habrá que hacer.

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