Reencuentro

Las pocas dudas que tenía sobre si le fallaría el recuerdo quedaron despejadas cuando traspuso la esquina de la iglesia y vio la nube de hombres que se congregaban a la exigua sombra que proyectaban, a esa hora inmisericorde, las casas de la calle.

Creyó vislumbrar alguna cara conocida entre las de los varones, casi todos destocados, que se alineaban pegados a la pared para evitar el sol de mediodía de aquel agosto serrano. Dudó por un instante si acercarse a uno de ellos, que le miro con más atención que los demás, en cuya cara una fina línea separaba el moreno intenso del rostro y la blancura casi lechosa de la amplia frente. Su cara le resultaba vagamente familiar. Volvió a dudarlo mientras continuaba su andar pausado, sabiéndose observado por las mujeres que, desde el interior de las casas, descorrían tenuemente los visillos para verlo pasar. Pero desistió. Se conformó con esbozar una tenue sonrisa, casi una mueca y dirigió su mirada a la persiana de chapas de cerveza dobladas que ocultaba la entrada de la casa.

Separó las cuerdas de la persiana, que le dio paso con un ruido metálico, y franqueó la puerta. La intensa luz exterior se desvaneció y, de repente, se hizo la noche. La oscuridad interior le impidió, durante unos segundos que se le hicieron eternos, ver nada ni a nadie.

—Entra hijo, dijo una voz vieja.

Sus ojos fueron poco a poco percibiendo el interior. La intensificación de las imágenes reavivó el recuerdo. La mesa donde tantas veces había comido con su tío había sido separada del centro y arrinconada junto a la chimenea. Todas las sillas de la estancia, más algunas que sin duda habían traído las vecinas, se alineaban pegadas a la pared, para dejar más espacio. Sobre la mesa se amontonaban tabletas de chocolate y varias botellas de coñac y anís.

Ahora ya veía bien la escena. Mujeres enlutadas ocupaban todas las sillas y algunas incluso se sentaban en la cantarera del rincón, junto a las vasijas que tantas veces había traído llenas de agua de la fuente.

Al recuperar la visión también recupero el oído. Desde la puerta que daba paso a la habitación —si es que a aquella estancia bajo la escalera se le podía llamar así— llegaba el sordo rumor de los lamentos. Se sintió incómodo. Allí en medio, rodeado de mujeres desconocidas de las que solo alguna cara le era familiar, se vio extraño. Aquella sala en la que tantos momentos felices había pasado en su infancia, le parecía de pronto ajena.

Quisiera haber podido escapar, pero sus pasos le encaminaron al dormitorio de su tío, donde suponía que estaría su familia. Dio unos pasos y percibió los inconfundibles pies del difunto en la cama. Sus zapatos —quizás los mismos que él conoció de niño— habían sido horadados en la punta para poder dar salida a esos dedos montados que, aunque nunca le habían impedido trabajar, si le imposibilitaban calzar zapatos cerrados.

Dos pasos más y tuvo a la vista toda la estancia. Al igual que en la sala, las sillas se habían colocado a ambos lados de la cama, dejando la zona de los pies libres. La tía estaba a la cabecera mirando fijamente a la cara del que había sido su marido. La sombra que proyectó al perfilarse sobre el quicio de la puerta debió alertarla de que alguien entraba. Giro su anciano y querido rostro y la vio mil años más vieja. Sus grandes ojos negros, siempre llenos de vida, se habían sepultado en el fondo de las cuencas y estaban rojos por el llanto.

Cuando lo vio un grito escapo de sus labios. Él ya había visto antes esta escena, cuando de niño iba con su tía a otros velatorios. Pero ahora era el suyo. Su tía le tendió la mano a la par que se dirigía al difunto para anunciarle, con voz desgarrada, su visita.

— ¡Ay que dolor!, Antonio. ¡Mira quién ha venido a verte! Tu sobrino—gritó la mujer.

Como si la expresión de la tía fuera la señal concertada, el coro de mujeres que estaban a la cabecera rompió a llorar y a exclamar en voz alta las virtudes del difunto. Unas y otras, entre sollozos, competían en resaltar su bondad, generosidad, alegría y todas aquellas virtudes que se supone deben adornar a un buen hombre.

Se acercó a la anciana, cogió su mano tendida y atrayéndola hacía sí, la besó con dulzura en las mejillas. Aquella piel, tan familiar en su niñez, conservaba la misma suavidad y olor que percibía cuando, sentado en su regazo, ella lo abrazaba a su regreso a casa, disgustado por alguna riña infantil. Su vestido negro resaltaba su marcada delgadez, que el paso de los años no había suavizado.

Cogido de la mano de su tía pasó un largo rato contemplando el cadáver de su tío Antonio. Su afilada cara ya no mostraba los hermosos ojos grises que la caracterizaban, ocultos tras los cerrados parpados. Vestía el mismo traje que él conoció y que solo usaba una vez al año, en las fiestas patronales, para acompañar al santo en su procesión. Después, tanto el traje como los zapatos horadados, eran guardados hasta el siguiente año. Nunca fue amigo de asistir a bodas ni bautizos, por lo que no tenía necesidad de usarlos más que en las fiestas del pueblo.

La visión del cuerpo se hizo borrosa mientras su mente se fue quince o veinte años atrás, cuando pasaba los veranos en el pueblo, durante los que acompañaba a su tío en las faenas del campo. Por aquel tiempo la pareja ya vivía sola —los hijos, ya todos casados, vivían cada uno en su casa—, por lo que su presencia alegró la vida de aquella casa campesina.

Estaba en estas reflexiones cuando de pronto la vio. Era una sombra más entre las que había a los pies de la cama, pegada a la pared, pero su inconfundible imagen lo iluminó como un rayo. Ella levantó la mirada y sus ojos se encontraron. El corazón le empezó a latir deprisa y notó que a su cara afluía la sangre con fuerza. Soltó la mano de la tía y se dirigió lentamente hacia donde estaba ella.

Tuvo miedo de que notara su agitación, pero la penumbra del cuarto fue su aliada. Ella, al verlo venir, también adelanto un paso y eso la hizo entrar en una zona algo más iluminada.

No pudo evitar que los ojos se le humedecieran. Sentimientos encontrados emergían de su interior. Alegría y tristeza del recuerdo. Estaba igual que hacía quince años. Habían pasado quince años y seguía igual de hermosa. El perfecto ovalo de su cara enmarcaba los profundos ojos negros, que irradiaban sensualidad. Su sedoso pelo negro, recogido en un recatado moño, enmarcaba el color claro de su rostro. Su cuerpo, a pesar de estar enfundado en un negro y largo vestido, dejaba adivinar las bellas formas que iluminaron sus fantasías infantiles.

— Hola— apenas murmuró al llegar ante ella.

— Hola – respondió aquella cálida voz que tanto había añorado.

No sabía qué hacer. Aunque mantenía la exterior compostura, todo su ser temblaba por dentro ante aquella presencia. Habían sido tantas y tantas horas viéndola a ella, soñando con ella, fantaseando con ella, que ahora, después de tantos años, no sabía qué hacer.

— ¿No vas a besar a tu prima? – vino la voz de la tía a socorrerlo.

Él se acercó e inclinó levemente la cabeza. Ella alzó ligeramente la cara, mirándolo fijamente. Sus labios rozaron tenuemente la mejilla de aquella bella mujer, haciéndolo estremecer. Se sentía torpe, paralizado y a la vez ansioso. Tantas escenas como había imaginado para el reencuentro, pero ninguna se asemejaba a la que estaba viviendo en esos momentos.

La llegada de los empleados de la funeraria rompió el hechizo. Su discreta y rutinaria labor alteró el escenario y a los actores, entre los que se encontraba. Los acontecimientos se precipitaron. La salida del féretro, la llegada del marido de su prima, los saludos, la formación del cortejo, todo ello le impidió seguir viviendo la nostalgia.

Tras las exequias hubo una desbandada general. Antes de que pudiera acercarse a ella, su marido la llevó al coche y salieron en dirección a su ciudad. Él mismo, sin saber qué otra cosa hacer, se despidió de su tía y demás familia y enfiló el camino de vuelta.

Sus ojos llenos de añoranza se inundaron. Quiso frenar y volver atrás, seguirlos y verla de nuevo. Pero sabía que era inútil. Siempre quedaría en su recuerdo aquella mujer, su prima que, aunque ocho años mayor que él, ocupó su mente durante largos años, y los seguiría llenando hasta que el tiempo y la edad la fueran borrando.

Un comentario en “Reencuentro

  1. Magnífico relato. Se distancia considerablemente del estilo aseptico y científicamente frío de publicaciones anteriores, quizás más historicistas pero desde luego mucho menos literarias.

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