Indecisión

Luís Gómez cogía siempre el autobús a las 7 y 13 de la mañana. Al menos esa era la hora prevista en la lista de la parada, y la hora a la que a Luís Gómez le gustaría que llegara el autobús. Pero esto solo ocurría ocasionalmente, casi al azar. De todos modos, el intervalo horario en que se producía la llegada le permitía, habitualmente, estar en el banco a las 7 y 45, abrir la puerta y ocupar su mesa de Apoderado.

Llevaba 25 años en la misma sucursal, hecho casi milagroso en los tiempos que corrían, y a sus 43 años no se veía con ganas ni fuerzas para empezar en otro sitio. De todos modos, eso no iba a depender de él, por lo que hacía tiempo que había dejado de preocuparse por ello. Cumplía rutinariamente con su trabajo, pensaba que ya no sabía hacer otra cosa. Aunque formalmente cerraban a las 3, él tomaba alguna tapa en un bar cercano y prologaba la jornada hasta finalizar todo el trabajo del día, lo que solía suceder sobre las 5 de la tarde.

El regreso no era menos preciso. Hacia las compras en un supermercado que le cogía camino del autobús, previa elaboración minuciosa el día anterior de la lista de cosas que faltaban en casa.

—Buenas tardes, Don Luís.

La cajera solía cambiar de vez en cuando, pero el saludo era siempre el mismo. Se preguntaba como sabrían las nuevas cajeras su nombre. En el caso de la que despachaba las verduras o la de la zona de la charcutería se lo explicaba. Eran casi siempre las mismas. Pero las cajeras cambiaban con frecuencia. Tendría que preguntárselo algún día.

—Tiene usted algún ticket regalo.

La miró esta vez despacio. No creía haberla visto antes. Era una chica agraciada, pero lo que más le llamo la atención era el generoso escote que dejaba ver, a pesar del delantal donde figuraba el nombre de los supermercados, unos hermosos senos de un intenso color moreno, como toda su piel.

—Don Luís. ¿Tiene usted algún ticket regalo? — la cajera casi ni le miraba.

Creyó sonrojarse. Aunque la había oído, no la escuchaba. Ahora sus ojos se dirigieron a las largas piernas que asomaban por la exigua falda, que tampoco acertaba a cubrir el discreto delantal. No sabía si ella se había dado cuenta. Se sintió ridículo mirando aquellos senos y aquellas piernas. Pero no pudo evitarlo.

—No. Ya los gasté en la compra de ayer— respondió apresurado.

Recuperó rápidamente su habitual compostura. Su cara, si es que había cambiado de expresión con la contemplación de aquella muchacha, volvió a ser la de siempre. Una cara agradable pero inexpresiva, que él conocía tan bien.

—Ahí tiene usted la vuelta. Muchas gracias —. La chica miraba ya al siguiente cliente y empezaba a pasar por el escáner sus productos.

Guardó las monedas en el monedero y recogió la bolsa con la compra. Salió azarado del supermercado y esta sensación le causaba displacer. No solía sentirse así. Su vida transcurría rutinaria, sin grandes altibajos desde la muerte de su madre ocho años antes y esta sensación le inquietó.

Por un lado, pensó que era lógico. Encaminó sus pasos a la parada del autobús pensando que era normal que un hombre tuviera esas sensaciones. Pero no eran habituales en él y esto lo desconcertaba. Y menos a su edad. Aunque sabía que no era un viejo pensaba que ya estaba en una edad en que no era propio mirar así a una chica que no rebasaría los 20 años.

Su madre fue una buena mujer. De eso estaba convencido. Aunque no siempre coincidían y tuvo que discutir con ella en más de una ocasión. Siempre estuvo a su lado y le cuidó cuando lo necesitó. Y siempre le advirtió de los peligros que le acechaban. Como aquella vez que él se empeñó en mantener la relación con aquella enfermera.

—Esa chica no te conviene hijo. Es muy ligera de cascos. ¿No ves que sigue saliendo con sus amigos anteriores, a pesar de vuestro noviazgo? Si fuera una chica formal habría dejado de salir con otros hombres. Bien esta salir de vez en cuando con alguna amiga, pero no es decente salir con hombres cuando ya tienes novio.

Él no tenía muy claro el tema. A él le gustaba Susana. Se lo pasaba bien con ella y coincidían en muchas cosas. Y eso que no pasaba de besarla de vez en cuando, tal y como su madre le había advertido. Aunque a veces ella no se conformaba con eso y pedía más. Y él en ocasiones se dejaba llevar y llegaba a tocar donde sabía que no debía

—Un hombre decente llega virgen al altar. Por eso, hijo, tienes que vencer las tentaciones y tratar a tu novia como a una virgen. No digo yo que de vez en cuando no os deis un beso. Pero eso que se ve hoy día de irse a la cama antes del matrimonio me parece una indecencia. Así van luego las parejas, que se divorcian a los pocos días de haberse casado.

Luís hacía siempre caso a su madre. A pesar de que las pocas veces que se extralimitaba con su novia notaba unas extrañas e intensas sensaciones sumamente agradables, que no sabría describir. No era como la masturbación. Eso lo conocía bien él y las sensaciones eran distintas.

En ocasiones así echaba de menos tener un padre. Pensaba que quizás con él podría hablar de otras cosas. Al fin y al cabo, los padres son también hombres. Pero con su madre era distinto. Tenía confianza, sí. Pero no era lo mismo. Había cosas de las que no se debía hablar con una madre. Y éstas eran de las de ese tipo

Su padre se marchó de casa cuando él apenas tenía 3 años y su recuerdo era muy vago.

—Tu padre era un golfo. Siempre se comportó como un libertino. Y nos dejó a los dos con una mano delante y otra detrás. Y gracias a mi esfuerzo hemos salido adelante.

Esa era la explicación que le daba su madre cada vez que, de pequeño, preguntaba por él. Aunque en ocasiones tras esta coletilla inicial refería algunos detalles más que le permitieron ir conformando una imagen de lo que había sido —¿era aún? — su padre. Le contó que no tenía hermanos ni otros familiares conocidos y que era del norte. Vino a nuestra ciudad por un tema de trabajo y se conocieron en casa de un amigo común.

—Yo me enamoré enseguida, porque guapo lo era con ganas — contaba. —Pero todo lo que tenía de guapo lo tenía de golfo y mujeriego.

El trabajo de su padre se prolongó más de lo previsto y tras unos primeros escarceos consolidaron un noviazgo corto, que acabo a los once meses en boda.

—Un golfo y un libertino, ya te lo digo yo — insistía la madre — aún eres niño para entender ciertos temas. Pero tu padre era insaciable y pedía cosas que una mujer decente no puede dar. Por muy enamorada que este.

El matrimonio duró casi cuatro años. Un buen día dejó de ver a su padre y su madre le explicó que había salido de viaje. No lo volvió a ver. Pasados los primeros años dejo de preguntar por él y su madre no lo volvió a mencionar.

La vida de los dos transcurrió normalmente. Ella en su trabajo administrativo en el Ayuntamiento y él en sus estudios, que finalizó con una Licenciatura en Derecho a los 22 años.

Un buen día la enfermera le dijo que había conocido a otro hombre y que quería que lo dejaran. El no concebía que algo así pudiera suceder, después de casi dos años. Pero su madre se encargó de aclarárselo.

—Ya te lo decía yo, hijo. Esa chica no era trigo limpio. El tiempo me ha dado la razón. Una mujer así no te merece. Tú vales mucho más que ella. Esa necesita otra clase de hombre. Y ya verás como tampoco acaba con ese. Esa chica no sabe lo que quiere.

Lo pasó mal. Echaba de menos su compañía. Y también sus caricias, aunque esto no se pudiera decir en casa. Su madre arregló el tema en su trabajo y le planteo irse dos semanas de vacaciones. Hicieron un viaje a Egipto que les encantó. Al regreso el recuerdo era menos doloroso. Para colmo, en los días siguientes tuvo su primera oferta de trabajo, en el mismo banco en el que continuaba. Y el comienzo a trabajar, con jornadas interminables de las que llegaba sumamente cansado a casa hicieron el resto. Al año había ascendido en el banco y la enfermera era solo un vago recuerdo.

Iba llegando a la parada de autobús. Estaba inquieto y disgustado consigo mismo. No acababa de entenderse. La escena del supermercado había sido improcedente y no debía haber ocurrido. La verdad es que llevaba bastante tiempo inquieto, distinto a lo que era en él habitual. Sus rutinas se habían alterado y tenía sensaciones que no recordaba haber tenido, o si las tuvo fue hace ya mucho tiempo.

—Quizás la culpa sea de la chica del autobús — se dijo de forma imprevista.

No recordaba con detalle cuando la vio por vez primera, aunque debió ser por enero. La verdad es que esta precisión la pudo establecer después, cuando se esforzó en hacer memoria. Sí recordaba que cuando subió al autobús, dos paradas después de la de él, le llamo la atención fugazmente el color y tamaño de sus ojos, inmensos, azules claros, tan claros que casi parecían blancos.

En los días posteriores se reprodujo el encuentro de forma irregular, como si encontrara dificultades para adaptarse a un horario fijo. Pero algunas semanas después cogió su ritmo y sistemáticamente coincidía con ella en el autobús que debía ser el de las 7 y 13, aunque no siempre era así.

Al principio venia sola pero pronto empezó a estar acompañada de otra chica, algo más baja y de tez muy morena. La de los ojos claros debía tener como 20 o 22 años y era de estatura media tirando a alta. La tersura de su rostro blanco destacaba por encima de la bufanda de colores vivos que, habitualmente, traía al cuello. Una cara algo redonda quizás, con labios rojos, carnosos, donde los pómulos y un escueto pero rotundo mentón le daban una cierta fuerza, que no se percibía de entrada. Su pelo, de un rubio casi albino, era corto, permitiendo ver unas pequeñas orejas sin agujeros. Pero lo que destacaba realmente eran los ojos. Unos ojos grandes, de una claridad diáfana, ojos que le daban un toque de dulzura a aquel rostro que le pareció en principio algo frío.

Luís Gómez se asombraba de la nitidez con que la podía describir. Su timidez le impidió mirarla de frente durante semanas. Aun así, pudo percibir que el largo y raído abrigo que usaba al principio fue pronto sustituido por un anorak azul, corto, que dejaba percibir el ajustado vaquero por debajo de la cintura, pantalón que silueteaba un hermoso cuerpo.

Paso semanas observándola a hurtadillas. Adoptaba las posiciones más estúpidas para poder mirarla sin que ella lo percibiera. Los minutos que pasaban en el mismo autobús, hasta que él se bajaba en su parada, le permitieron ir cogiendo confianza. La habitual acompañante era una joven dicharachera, que solía pasarse el camino hablando y riendo. Sin embargo, ella guardaba silencio habitualmente. No obstante, de vez en cuando reía ante algún comentario de su acompañante y entonces su cara se trasfiguraba, arrebolándose sus pómulos y apareciendo una sonrisa tímida que a él le parecía encantadora.

Cuando subía al autobús avanzaba por el pasillo hasta situarse en la plataforma delantera, mientras que ella, — ¿cuál sería su nombre? — cuando lo hacía dos paradas después con su amiga, se quedaba en la trasera o, los días en que estaba menos lleno, a la mitad del pasillo. En más de una ocasión estuvo tentado de quedarse rezagado y así estar cerca de ella cuando subiera. Pero algo le impedía hacerlo. No le parecía lógico, quizás, quedarse en la plataforma trasera cuando el conductor invitaba continuamente a pasar a la plataforma delantera para dejar sitio a los que venían detrás.

En una ocasión estuvo a punto de acercarse. Fue cuando vio que un cuarentón —¡Dios, un cuarentón, y él tenía cuarenta y tres! — se colocó detrás de ella y empezó a acercarse excesivamente. Pudo ver la cara de disgusto de la chica y las varias miradas de desagrado que le dirigió al hombre que se acercaba demasiado a ella. La sangre se le agolpó en la cara. La ira fue creciendo en su interior. ¡Cómo se atrevía aquel desgraciado! Estaba a punto de hacer algo cuando la joven que la acompañaba habitualmente se ladeó un poco y propino un fuerte codazo en el vientre al hombre. Este estuvo a punto de protestar, pero la actitud de las víctimas y de otras mujeres que estaban a su lado le hizo desistir. Se bajó en la primera parada y la normalidad, la deseada normalidad, volvió para Luís.

Después de la enfermera hubo algunos conatos de relación. La verdad es que se sentía cómodo con su vida, perfectamente medida, donde todo estaba controlado. Por las mañanas al trabajo y a las seis, cuando regresaba a casa, su madre le tenía siempre preparado algún plan. Un día era ir de compras. Otro acompañarla a la modista para arreglarse un vestido. Otros a merendar a Ochoa. Algunas noches la acompañaba al bingo, y otras iban al cine. Los fines de semana, especialmente en el verano —que descansaba los sábados—, iban al pueblo a ver a algunas de las hermanas de su madre.

A pesar de ello inició algunas relaciones. Una de ellas fue con una cajera nueva que llegó a la sucursal donde trabajaba. Era una mujer algo mayor que él, pero no mucho. Quizás tuviera 28 o 30 años. Era morena, con pelo largo, y algo delgada para el gusto de Luís. Pero era una chica agradable y pronto surgió entre ellos una cierta simpatía que acabó cristalizando en una cita. Su madre se alegró de ello.

—Es una buena noticia hijo —le dijo. Un hombre no debe estar solo. Además, por ley de vida, yo algún día faltaré y es mejor que tú estés acompañado. De todos modos, por lo que me cuentas, parece algo mayor para ti. No sé si encajareis. Ya me contarás.

En las sucesivas ocasiones en que salieron la cosa no cuajó. El seguía pensando que era muy delgada y su madre insistiendo en lo que les separaba y evitando lo que les unía. A los pocos meses la compañera fue trasladada de sucursal y al darse el beso de despedida Luís supo que sería la última vez que la vería. Y así fue.

Hubo dos más —¿o quizás fueron tres?—. Ya no lo recordaba. La que no era excesivamente ardiente —en opinión de su madre— era aburrida, o no se amoldaba a su ritmo de vida y quería siempre hacer cosas distintas. Lo cierto es que, tras estas experiencias, a los 30 años, dejo de pensar en las mujeres como algo más que compañeras de trabajo, clientas o empleadas de supermercado que eran, además de su madre, las únicas personas del otro sexo que frecuentaba.

Otras experiencias con mujeres tampoco fueron gratas. Pasados dos años de la muerte de su madre se decidió a acudir a una convención que había organizado el banco para premiar a las sucursales más eficientes. Él fue uno de los afortunados. No le convencía mucho la idea de compartir algo que no fuera el trabajo con personas a las que no conocía, por muy empleados del banco que fueran. Pero sus compañeros de sucursal le insistieron.

—No seas aburrido, Luís —le dijo el director—, todo en la vida no es trabajo. Aprovecha la oportunidad que te brinda la empresa.

—Después de lo de tu madre te vendrán bien unos días relajados. Estas muy encerrado en ti mismo —argumentaba Méndez, el cajero, con el que tenía más confianza— y la vida se va deprisa.

Aceptó la propuesta. El viaje fue agradable y las instalaciones en la costa sur de Tenerife muy acogedoras y dotadas. Al segundo día, tras la cena y copas consiguientes, algunos compañeros de las sucursales de su ciudad se empeñaron en acudir a un cabaret. Luís puso todo tipo de excusas para no ir y volver al hotel, pero la insistencia de los compañeros y la moderada euforia que le provocaban las copas ingeridas, le hicieron aceptar. La juerga se prolongó hasta bien entrada la madrugada. Desde la llegada estuvieron rodeados de mujeres que charlaban y reían, además de beber abundantemente. Las manos de unos y otras estuvieron ligeras y, poco a poco, los compañeros se fueron retirando, cada uno con una mujer, a los reservados. Luís quedó al final sólo, con una chica que le insistía en seguir tomando copas… y en algo más.

—Si quieres podemos pasar a un reservado. Tus compañeros ya lo han hecho. Ya sabes que eso es aparte, pero no es caro. Además, estoy segura de que no te vas a arrepentir.

Luís no estaba muy seguro de lo que quería. El alcohol iba diluyendo progresivamente sus resistencias y las hábiles manos de la chica en su entrepierna hicieron el resto. Pasaron también a un reservado. No recordaba bien lo que pasó aquella noche, pero la experiencia no debió ser atractiva, ya que no la repitió. Sus necesidades sexuales, que las tenía de vez en cuando, se las solventaba solo, sin el auxilio de nadie.

El tiempo fue pasando y Luís Gómez se sorprendió a si mismo deseando que llegara el autobús a la parada de ella para verla subir. La inquietud que le atenazaba al despertar, y que a veces le hacía despertarse antes de que sonara el despertador, cesaba cuando ella aparecía. Era como si sus grandes ojos azules tuvieran poderes hipnóticos y lo serenaran. Y eso que solo los atisbaba, ya que no se permitía mirarlos de frente y prolongadamente, como hubiera sido su deseo.

Con el tiempo se dijo que aquello no tenía sentido.

—¿Por qué no voy a poder mirarla? No es necesario hacerlo descaradamente, pero tampoco estar siempre evitándolo —se sorprendió diciéndose, como si fuera su madre.

 Así que se cargó de decisión y un día se permitió mantener la vista, en una de las ocasiones que el azar quiso que sus miradas se cruzaran. Fue una mirada fugaz, breve, pero muy intensa. Luís no se podía permitir —o simplemente no podía— mantener aquella mirada sin azararse. Sin embargo, sí pudo comprobar que la joven era capaz de mantenerla, y sentirse observado por ella hizo que el corazón estuviera a punto de estallarle de puro nerviosismo.

Aquel día trascurrió con una lentitud desesperante. El trabajo parecía no tener fin y Luís se dio cuenta que su cabeza estaba en otro sitio. El cajero pudo comprobar, sorprendido, que el visto bueno al cierre de caja fue casi instantáneo y, tras las firmas imprescindibles, a las 3 de la tarde decidió irse.

—No me encuentro bien, Ángel—dijo al director—si no te importa quisiera irme antes. Mañana terminaré lo que queda.

El director, aún más sorprendido que el cajero, se preocupó.

—¿Qué te pasa? ¿Quieres que te acompañe alguien al médico? Era tan insólita la petición —jamás había llegado tarde o faltado por enfermedad— que su sola formulación le produjo alarma.

—No es nada, no te preocupes. Se me pasará. Esta noche no he dormido bien, eso es todo.

El director insistió de nuevo. Pero Luís fue rotundo. No era necesario nada más. Recogió sus cosas y salió del banco.

El camino hasta casa se le antojó interminable. El caso es que no sabía por qué. Se sentía inquieto, nervioso, pero no encontraba una clara causa. Llego a casa, se duchó y, con ropa cómoda, se sentó en su butaca de orejeras. Encendió la televisión. La locutora intentaba que el entrevistado le explicara si se había acostado o no con la mujer de Arteaga, el actor. —¡Y a mí que me importa! —se oyó decir. De pronto se dio cuenta de que no había comido. En la nevera no había gran cosa. Hoy no había hecho la habitual compra en el supermercado.

—¿Qué me está pasando? — balbuceó—, yo debía haber pasado por el supermercado a hacer la compra. Siempre la hago. ¿Por qué hoy no? Cogió un yogur y lo abrió. Cuando tenía la cuchara en la boca percibió que no había comprobado la fecha de caducidad. ——¡Dios, estoy totalmente alterado! —. Dejó el yogur y se sentó de nuevo. —¡Debo serenarme! — se dijo—¡No puedo seguir así! —.

De pronto su cabeza se llenó con la imagen de ella. La vio rubia, con sus grandes ojos claros que lo miraban fijamente, con su camiseta ajustada señalando aquellos dos hermosos senos, su vientre liso, sus piernas largas enfundadas en los siempre ajustados vaqueros. Aquella visión pareció serenarlo. Se deleitó en el recuerdo de su imagen, sin temor a que nadie lo sorprendiera entregado a ello. Su menté se pobló de mil y una escenas en las que ella estaba siempre presente. La recordó con todas las ropas que había llevado a lo largo de aquellos seis meses, sonriendo, riendo abiertamente a veces, y enseguida él se vio dentro del ensueño, con ella, hablando con ella —¡Dios, como se llamará! —, paseando con ella, abrazándola, besándola, amándola.

Decidió que aquello no podía seguir así. Él tenía cuarenta y tres años, pero ella no era menor de edad… o eso parecía al menos. Tenía que hacer algo. La inquietud le devoraba cada mañana y había empezado a dormir mal por las noches. Era evidente que no podía seguir en la misma situación. Así que, a pesar de su timidez, decidió que tenía que acercarse e intentar hablar con ella.

Como si de una operación militar se tratara, diseñó toda una estrategia. Primero procuraría estar cerca de ella y luego intentaría entablar una conversación. Para cumplir el primer objetivo aquella mañana decidió quedarse en la plataforma trasera, a pesar de las insistentes llamadas del conductor.

—Pasen a la plataforma delantera señores. Hay sitio libre.

—Y un rábano— se dijo Luís como intentando animarse. —Hoy me quedo aquí—. Su corazón latía más deprisa de lo habitual, y acabó desbocándose cuando la vio a través de los cristales, en la parada. Subieron como siempre, ella y su compañera, charlando y riendo. Le pareció entrever que la morena lo miraba con atención, pero fue una sensación fugaz. Los viajeros que subían desplazaron a los que ya estaban, y ella quedo frente a él. Estaba atenta a las palabras de su amiga y no lo miro durante un buen rato. Luego sus miradas se encontraron y el creyó ver —¿Dios no puede ser verdad! — un atisbo de sonrisa en sus ojos.

Los días se sucedieron deprisa. Luís se dio cuenta que ya solo vivía para el viaje matinal en autobús, pero no le importaba. Ya sabía porque estaba tan inquieto. Era ella la causa. Y esto, aunque no le tranquilizaba del todo, si le llenaba de una extraña sensación nunca sentida antes.

La cercanía en la plataforma le permitió comprobar que no eran españolas. No le resultaba familiar la lengua que utilizaban por lo que dedujo —sin ninguna base firme— que debían de ser del este de Europa. En la retahíla de palabras que utilizaban no acertaba a distinguir alguna que le sonara a un nombre, por lo que seguía preguntándose cómo se llamaría aquella criatura que había alterado de tal forma su vida.

Pocos días después, la insinuada sonrisa de la chica en respuesta a su mirada se transformó en una sonrisa franca, que compartía con la amiga morena. No daba crédito a lo que veía. ¡Ella le había sonreído! Volvió a sentirse ridículo. Un hombre de su edad nervioso como un chaval porque una chica, de 20 años menos, le había sonreído. Sin duda era simple educación, llevaban coincidiendo en el autobús más de cinco meses.

Pero algo en su interior no quería verlo así. Empezó a pensar que la sonrisa no era solo cortesía, sino que ella también se sentía atraída por él o… al menos no le era indiferente. —Creo que no estoy mal— reflexionó. —No he engordado, el pelo aun lo tengo negro y no creo que mi cara sea especialmente fea— se decía mientras la miraba arrebolado, ya sin precauciones.

—¿Por qué no puedo resultarle atractivo a una chica de esa edad? A veces les gustan algo mayores.

—¿Por qué no puede ser ella una de esas chicas a las que les gustan algo maduros?

Su imaginación volaba y veía todo tipo de posibilidades. Se veía invitándola a salir, yendo a cenar, al cine… Y besándola. Besando aquella cara de perfecto ovalo, aquellos cabellos rubios, aquellos ojos azules. Y aquellos labios que dejaban entrever aquella sonrisa que tanto le había turbado.

Las mañanas se convirtieron en el mejor momento del día. Cogía el autobús con la ilusión de verla… y la veía. Incluso le sonreía cuando él la miraba y sonreía a su vez. Sintió que tenía que seguir avanzando, que tenía que hacer algo más. Así que un día se decidió y al subir ellas al autobús les dijo.

—Buenos días.

—Buenos días—, respondieron las dos a coro con un marcado acento extranjero.

Y aquello fue el preludio de la felicidad. Cada día el formal saludo suponía para Luís el momento más placentero del día. Obtener su saludo y lograr su sonrisa se convirtieron en un acto que en sí mismo justificaba una nueva jornada.

—Esto no puede dejar de ocurrir—, se dijo. —Estamos en julio y el mes que viene son las vacaciones. Tendré que dejar de verla—. La sola idea le ponía de mal humor. No estaba dispuesto a consentirlo. Aquel año, por primera vez en su vida, decidió posponer sus vacaciones.

—Las vacaciones de este año me las tomaré en otoño, si no hay inconveniente por parte del banco— le dijo a Ángel, el director.

—Ya sabes que las normas son tomarlas en verano. No sé si te las podrás tomar todas en otoño, Luís.

—Bueno, si no me las puedo tomar todas en otoño no me importa. Este año no estoy muy animado—, respondió con sinceridad.

Los veinte minutos diarios en el autobús, en la plataforma trasera, a veces progresando hacia la delantera conforme se quedaba vacío el autobús, fueron convirtiéndose en un rito deseado. Durante el trayecto empezaron a hacer algún comentario banal, que ellas formulaban con su marcado acento extranjero.

– Este mes de septiembre esta siendo muy caluroso –dijo Luís, haciendo un esfuerzo para vencer su timidez.

– Verdad. Más que agosto –respondía la morena

Otras veces era sobre el autobús

– Hoy parece que vamos algo atrasados

– Si nunca es a su hora- respondía la amiga con su fuerte acento.

Casi nunca respondía ella. Aunque si podía oír su voz de vez en cuando, al responder a su amiga.

No sabía porque nunca le preguntó su nombre. O su nacionalidad. Los días se sucedían y lo único importante era coincidir con ella y poder cruzar unas miradas, unas sonrisas o unas palabras.

 Las tardes se fueron haciendo insoportables. Ni la televisión, ni la lectura ni la música conseguían borrar de su mente la omnipresente imagen de ella. Tenía que hacer algo. Tenía que tomar una decisión. Era evidente —al menos eso creía— que a ella no le resultaba indiferente. Ahí estaban las sonrisas y la forma en que lo miraba. Por lo tanto, si a ella no le resultaba indiferente y estaba claro que él estaba muy interesado, tenía que hacer algo. ¿Interesado? ¿Era solo interés?

Se veía a sí mismo en las largas noches de insomnio. Se veía inquieto como un colegial hasta que la encontraba en al autobús. Incluso había dejado de tener que recurrir a ayudas externas para darse placer en solitario. Todo lo llenaba ella. Era obvio, se repetía, que tenía que hacer algo.

Pero, ¿Qué hacer? Invitarla a salir. Podría. Pero qué sentido tenía salir. Él no quería salir solo por salir. Él quería salir siempre con ella, para siempre. Y es claro que la diferencia de edad iba a hacerlo imposible. Creía gustarle, pero ¿le gustaba de verdad? ¿Aceptaría ella tener una relación con un hombre que le llevaba más de 20 años? Pero bueno, ¿a dónde iba? Primero habría que conseguir que aceptara salir, luego ya se vería si aceptaba una relación estable. Por otro lado, imaginaba que ella tendría unos padres. ¿Qué pensarían esos padres de que su hija saliera con un hombre tan mayor? ¿Qué diría ese padre al ver a un hombre de su edad, que podía ser el padre de la niña, pidiendo su mano? Otra vez estaba disparatando. Ya hablaba de matrimonio y aún no había obtenido el sí para una primera salida.

Recordó a su madre. Ella sin duda habría tenido una respuesta para todas esas preguntas. Pero de pronto pensó que a lo mejor las respuestas no iban a ser de su agrado. No creía que su madre aprobara una relación que ella calificaría de inadecuada. Y lo más curioso era que no le molestaba esa posibilidad. De forma novedosa se vio pensando en su madre y su opinión negativa, que la tendría, le traía sin cuidado. No le importaba en absoluto.

Aquella noche del domingo al lunes no pudo dormir nada. A la ausencia de su visión durante los dos días del fin de semana se unían las preguntas sin respuesta que se sucedían unas tras otras. Se levantó a beber agua y pudo comprobar que tenía una erección. Creyó que aliviar la tensión le tranquilizaría y le permitiría conciliar el sueño. Fue en vano. Una hora después de los últimos jadeos seguía despierto.

—Esta noche podríamos salir de tapas— pensaba que le diría. Repetía hasta la saciedad las supuestas expresiones con diversas entonaciones. Iba seleccionando unas y al poco las descartaba por inapropiadas, sustituyéndolas por otras que a su ver eran eliminadas a continuación.

—¿Dios, que decir!

Se le ocurrió —Si esta noche no tienes nada que hacer me gustaría invitaros a tomar unas copas.

Pero ¿por qué invitaros? ¿También a la amiga? Decidió que sí, que sería bueno incluir en la oferta a las dos. Así quizás ella se sintiera más segura. ¿Pero a tomar unas copas? ¿O mejor ir al cine?

—Me gustaría que saliéramos un día—, así, sin concreción, le pareció más eficaz. O quizás mejor.

—Dado que llevamos ya tanto tiempo viéndonos me vais a permitir que os invite hoy a salir, si podéis.

El despertador sonó, como siempre, a las seis y media, cuando Luís ya se estaba afeitando, tras la ducha. Se puso la colonia que había comprado la tarde anterior.

—Es muy sugerente—, le había dicho la vendedora.

Terminó de vestirse y salió a la calle sin desayunar. Había tomado una decisión y aquella mañana sería el principio de una nueva era.

Llegó al autobús sin ninguna opción verbal decidida. —Espero que me salga algo, y no me quede callado como un escolar en un examen—. Tras picar el billete se quedó en la plataforma trasera, con disgusto del conductor. Solo eran dos paradas, ¿800 metros?, pero le parecieron interminables. Al llegar a la parada de ella su corazón latía apresuradamente y un pellizco se había instalado en su estómago.

De pronto le dio un vuelco el corazón. En la parada estaba solo la amiga, pero no ella. ¿Estaría enferma? ¿Qué le habría pasado? Nunca había faltado desde que le cogió el ritmo al autobús. Desde luego que tendría que ir a verla. Le preguntaría a la amiga.

La chica morena subió y, como ya iba siendo habitual, le dijo buenos días con su peculiar acento. El autobús arrancó bruscamente y la señora de la bolsa que estaba delante de él le clavo el hombro en el pecho.

—Perdone—, se disculpó.

Luís ni le respondió. Su mente estaba concentrada en la chica morena que hoy había venido sola. Le parecieron estúpidas todas las palabras que traía preparadas. No había previsto esta situación y no sabía qué hacer. Era evidente que tenía que preguntarle por ella.

—¿Y…? — fue capaz de formular. No le salió nada más.

—Amiga mía, Sonia—dijo la amiga, dando por sentado que él se refería a ella. —Ayer fue a casa. Sus padres llamaron viernes para que regresara y tuvo que irse ayer.

¡Sonia!, por fin. ¡Oh Dios! No daba crédito a lo que estaba oyendo. Se había ido. No podía ser que ella se hubiera ido. ¿Y a dónde? No sabía ahora más que su nombre y que era extranjera. Pero ¿A dónde se había ido? No lo podía creer.

El autobús dio la vuelta en la rotonda y se paró en la parada habitual de ellas. No podía quedarse así. Tenía que saber algo más. Saco fuerzas de flaqueza.

—¿Me permite que me baje con usted y la acompañe? Me gustaría saber algo más de Sonia.

La chica lo miró como incrédula. No esperaba esta propuesta, sin duda.

—Trabajo cerca de aquí— respondió, como si aquello fuera una aceptación.

Bajaron del autobús y empezaron a caminar en dirección a Rosales. Luís se situó a la izquierda de la chica, que tuvo que pasarse el bolso que llevaba a la mano derecha para no tropezar con él.

—Así que su amiga se ha ido.

—Sí, ayer domingo. Sus padres llamaron viernes diciendo que ya estaba todo arreglado y que tenía que volver. La boda dentro de un mes.

Un mazazo en la cabeza de Luís hubiera sido menos eficaz que aquellas palabras. Quedó aturdido. No entendía nada. Hizo un auténtico esfuerzo para que sus palabras sonaran normales.

—¿Boda? No sabía que fuera a casarse—. Una evidente estupidez, él no sabía nada de nada de ella

—Si. Padres acordando matrimonio desde hace tiempo. Ellos no mucho dinero y oferta era buena.

—¿Oferta? —, dijo Luís que no salía de su asombro. La miró de forma interrogativa. La chica prosiguió.

—Bueno, en Croacia cosas diferentes que aquí. Sonia y sus padres viven montañas. Campesinos. Allí matrimonios muchos son arreglados por padres. Si novio bien de dinero y buen hombre eso bueno para todos.

—¿Quiere decir que Sonia se va a casar con un hombre por dinero? ¿Ella está de acuerdo?

—Ella obedece padres. Ellos quieren bueno para ella y para todos.

Un chaval en una moto pasó al lado, casi rozando el bolso de ella.

—Pero ¿en ese matrimonio va a ser feliz?

—Bueno, eso no lo más importante. Ella no conoce novio, pero padres dicen que es bueno.  Y bien situado. Es alcalde de pueblo y no muy mayor. Solo tiene 50 años.

2 comentarios en “Indecisión

  1. El autor me ha trasladado en el tiempo a una ciudad de provincias en la que un probo empleado/funcionario vive una plácida y ordenada vida, que se ve perturbada por unos ojos inmensos, azules claro, que se convierten en su obsesión. El relato retrata fielmente las angustias del protagonista que tienen el previsible final amargo de la historia. El corolario parece ser que la indecisión no es recomendable, aunque a veces, como en el caso de Luis, sea inevitable

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s