Fresa Antonescu

—Esta es la parada, señorita— dijo el conductor del autobús mirando ligeramente a su derecha —Esto es Lepe.

—Gracias— musitó Fresa Antonescu en un más que aceptable español.

Se levantó de su asiento, bajó, y se puso al lado del autobús, junto al conductor, que sacaba las maletas.

—¿La suya es la roja? — preguntó el conductor, contemplándola por primera vez de pie.

Ahora podía verla con detalle. Al subir al autobús tuvo una fugaz visión, especialmente de sus ojos, pero ahora podía contemplarla en todo su esplendor. Tendría sobre 20-22 años, de estatura mediana tirando a alta, con un cuerpo esbelto en que las curvas de su anatomía quedaban apenas cubiertas por unos ajustados leggins y un top que realzaba su busto. Una hermosa melena rubia se derramaba sobre sus hombros, enmarcando un perfecto ovalo de cara. Pero lo que impactaba de ella eran sus ojos. Grandes, rodeados por unas hermosas pestañas que dejaban ver unos ojos grises, casi blancos, que atravesaban como una aguja al que la miraba.

—Sí— dijo la chica, inclinándose para recoger su maleta —¿Dónde me dijo que estaba el hotel?

—Siga la carretera y en el segundo semáforo, a la izquierda. Es un hotel pequeño, pero está muy bien y tiene buen precio.

La joven inició su camino tirando de su maleta. En esta ocasión no fue el conductor el único hombre que la miró. Su forma de andar, casi felina, remarcaba sus formas, que oscilaban rítmicamente al andar. El conductor, pensativo, se preguntaba donde había visto antes esos ojos.

El hotel tenía buen aspecto. El recepcionista estaba sentado en una butaca y se levantó al llegar ella.

—Buenas tardes, querría una habitación— la joven no atendió a la inquisitiva mirada que le dirigía él.

Mientras repasaba el pasaporte el hombre la volvió a mirar.

—Así que rumana, Fresa Antonescu. Que nombre más curioso para una chica rumana —dijo deseoso de entablar una conversación.

Fresa no consideró responder al hombre. Le pareció innecesario decirle a aquel señor que su madre había estado trabajando en Lepe hacía muchos años y que quedó enamorada de esta tierra. Había estado dos años recogiendo fresa y le gustó el nombre para su hija: Fresa.

—Si, efectivamente, es raro—dijo recogiendo el pasaporte —Me dice cuál es mi habitación.

Fresa subió a su habitación y se dio una ducha. Estaba cansada tras las más de 36 horas de viaje en autobús desde Bucarest a Madrid y de Madrid a Lepe. Pero por fin había llegado.

Su madre siempre había sido reacia a hablarle de su padre. Cuando niña, a sus preguntas respondía invariablemente:

—Tu padre está en el cielo.

Ya en la adolescencia amplió la respuesta, pero poco más.

— Tu padre murió antes de nacer tú, y está enterrado en España, en Lepe.

A sus quejas de lo poco explicita que era respondía.

—Fue una época muy dolorosa para mí, que prefiero no recordar. Respeta mi silencio como yo te respeto a ti.

 

Aunque ya la tarde estaba cayendo, Fresa se vistió para salir con la intención de dar una vuelta por el pueblo. Se sentó en el borde de la cama para abrocharse los zapatos y no pudo evitar la tentación de recostarse.

Las relaciones con su madre fueron siempre buenas. Alina —así se llamaba— era una mujer bondadosa, amable, con un punto permanente de tristeza en sus ojos, cuya espectacular belleza —que había empezado a declinar— había heredado su hija. Al regresar a Rumanía puso una tienda con los ahorros que trajo y allí nació y educó a su hija.

El recuerdo de su madre llenó sus ojos de lágrimas y con ese recuerdo se durmió.

 

Eran pasadas las 11 cuando Fresa bajó a la recepción del hotel. Había dormido como un tronco y tenía hambre.

—Donde puedo desayunar— preguntó al recepcionista, que la miraba insistentemente.

—En esta época no damos desayunos, solo en verano. Aquí al lado, en el cruce, tiene usted varios bares donde podrá desayunar. Perdone que me inmiscuya, pero usted no ha venido a trabajar en la fresa ¿verdad? En esta época apenas quedan, y además usted no tiene pinta de temporera— concluyó.

—No, vengo de turismo. ¿Sabe usted donde está el cementerio?

La pregunta descolocó al chaval, que le explicó dónde encontrarlo.

—Ayer vino usted en autobús, ¿no es cierto? Pues justo enfrente de la estación de autobuses está el cementerio.

Fresa salió, y tras tomar un café y un donut en un bar de la esquina, se dirigió hacia el cementerio. Tenía la vaga esperanza de encontrar la tumba de su padre, pero de pronto cayó en que su madre, por extraño que pareciera, nunca le dijo el nombre de su progenitor.

—Bueno, no creo que tenga problemas, no habrá muchos rumanos enterrados aquí— se dijo.

Traspasó la reja que daba entrada al camposanto y pronto se dio cuenta de lo arduo de su tarea. Numerosas filas de nichos y tumbas se alineaban en una amplia superficie. Se cargó de paciencia y empezó a mirar los nombres. Llevaría una hora leyendo lapidas cuando los fatigados ojos se le iluminaron: Bazyl Gomulka leyó en una lápida en la pared. Pronto se dio cuenta de que aquel no podía ser su padre, el difunto era polaco y había muerto seis años antes.

Desesperaba ya cuando una mujer, que limpiaba una tumba le preguntó.

—¿Que anda buscando señorita?

—La tumba de un hombre rumano, no se su nombre— respondió como avergonzada.

—¿Rumano? No me suena. Yo llevo muchos años limpiando estas tumbas y no recuerdo haber visto a ningún rumano. Polaco si hay uno, en aquella calle— dijo señalando el lugar que ya había visitado Fresa.

—Si, ya lo he visto, gracias— la joven parecía perdida.

—¿Cuándo falleció? Los nichos antiguos los vacía el ayuntamiento y los lleva al osario. Debería preguntar usted en el Ayuntamiento. Allí le darán noticas.

Tras agradecer a la mujer su consejo, Fresa cogió el camino del hotel. Con la búsqueda y la conversación se había hecho tarde para su hábito de comer.

Paró en uno de los bares del cruce y comió una ensalada y un filete. Al terminar preguntó al camarero donde se encontraba el ayuntamiento.

—Subiendo por esta calle llega usted a una plaza cuadrada, Allí está el ayuntamiento. Pero a estas horas ya está cerrado, solo abre por las mañanas.

Dado que el día no daba más de sí para sus propósitos regresó al hotel. La larga siesta le ayudó a reponer fuerzas y a ordenar algo sus ideas.

 

Su madre se había esmerado en su educación. Fue al liceo y después a la Universidad, donde obtuvo un grado en Historia. En todos esos años su madre mantuvo su viudedad con absoluto respeto al difunto. Salía poco y nunca con hombres. La tienda ocupaba sus días y su hija colmaba aparentemente toda su capacidad de amar. Los ingresos de la tienda parecían suficientes para el moderado estilo de vida que llevaban madre e hija.

Originaria su madre de una lejana zona del país, las dos tuvieron muy poco contacto con el resto de la familia. Solo acudieron algunos parientes en dos ocasiones, una para la comunión de Fresa y otra para el entierro de Alina.

—Ha sido una terrible desgracia— había musitado su tío el día del entierro — Tan joven y encontrar una muerte así.

Un día aciago de noviembre su madre se había enfrentado a un atracador que, a última hora de la tarde, pretendió llevarse el dinero de la caja. Tras un forcejeo, el individuo asestó una puñalada a Alina, de la que no sobrevivió.

Fue una dura perdida para Fresa. Habían estado muy unidas y ahora se enfrentaba a la soledad. Pasados unos meses y arreglados los asuntos en Rumanía, Fresa recordó las palabras de su madre y decidió conocer donde había empezado todo. Y allí estaba, en Lepe, buscando la tumba de un padre del que lo desconocía todo, hasta el nombre.

 

Fresa se detuvo ante el semáforo en rojo. Veía pasar los coches —muy rápidos para una vía urbana le parecían a ella— cuando oyó un brusco frenazo. Ante la joven un todo terreno negro se había detenido y con él todos los vehículos que venían detrás. La cara del conductor —un hombre de mediana edad, bien parecido— aparecía demudada, como si se hubiera puesto bruscamente enfermo. Los cláxones de los coches que le seguían elevaron su protesta ante la brusca detención y esto parece que hizo reaccionar al conductor que, sin apartar la vista de Fresa, arrancó y se perdió en la carretera.

La joven prosiguió su camino, no sin pensar en lo que le habría pasado al conductor, en qué habría visto para parar de esa manera. Enfiló la calle arriba, que según le habían dicho le llevaría a la plaza donde estaba el Ayuntamiento.

Durante el recorrido volvió de nuevo a experimentar esa sensación, entre agradable y molesta, que notaba cuando comprobaba las reacciones que su paso despertaba, y no solo en los hombres. Su aspecto físico y su forma de andar hacia que los varones se volvieran a su paso y las mujeres la miraran de reojo, cuchicheando entre ellas.

La administrativa que la atendió amablemente le explicó que la información que solicitaba no estaba disponible en ese momento.

—¿Dice usted que hará unos 20 o 22 años? No será difícil encontrarlo, ya que aquí no mueren apenas extranjeros, pero esos libros están en el archivo general y tengo que buscarlos. Yo creo que mañana a última hora de la mañana quizás le pueda decir algo—dijo con su mejor sonrisa.

Realizada la gestión salió del ayuntamiento a la plaza, donde el sol ya calentaba el pavimento. Al torcer a la izquierda para tomar la calle de vuelta tuvo la sensación de que alguien la estaba mirando. Miro hacia la cafetería que había en la esquina y, de entre los varios ocupantes de las sillas, observó a un hombre maduro que la miraba fijamente. Tuvo la sensación de que lo había visto anteriormente, pero no era probable: apenas llevaba allí dos días y no había hablado con nadie, salvo el conductor y el recepcionista. Pero algo le resultaba familiar.

Ante la mirada frontal de la joven el hombre desvió la mirada y continuó leyendo el periódico que tenía entre las manos.

Fresa bajo hasta el hotel dispuesta a cambiarse de ropa y darse un paseo por la playa, y si acaso darse un baño.

—¡Perdone! —dijo en voz alta para llamar la atención del recepcionista que dormitaba en una butaca.

—¡Ah, señorita Antonescu! ¡Ya de vuelta! — se le notaban las ganas de hablar —Esta mañana estuvo aquí don Raúl, y preguntó por usted.

—¿Don Raúl? —Fresa puso un gesto de extrañeza —¿Quién es don Raúl? —pregunto más con enfado que con curiosidad.

—El dueño del hotel— respondió el joven con cara de admiración —bueno no solo de este hotel, tiene varios aquí en la costa. Y muchas tierras. Es un hombre muy rico —la cara de admiración subía de tono.

Fresa no salía de su perplejidad. ¿Qué le importaba al propietario quien era ella? Y con qué derecho se inmiscuía en su vida.

—¿Y que quería ese señor? — dijo visiblemente molesta.

—Nada, solo miró su ficha y se marchó.

Sin disimular su enfado, Fresa le dijo al joven que llamara un taxi para llevarla a la playa y subió a su habitación. No quería que aquel estúpido incidente le aguara la tarde. Al desnudarse para ponerse el bikini no pudo evitar mirarse al espejo. Se sentía segura de su belleza y contemplar su reflejo le producía una sensación agradable. Pudo observar una vez más sus esbeltas piernas, en cuyo muslo derecho tenía una pequeña mancha de color rojo vinoso, en forma de estrella, que se mantenía igual desde niña.

—Tu padre tiene una igual en el hombro izquierdo — le había dicho su madre en alguna ocasión —pero la mancha de él es algo más grande.

 

Terminó de vestirse y, tras calzarse unos ajustados jeans, bajó al hall, donde ya esperaba el taxi.

En el viaje a la playa aprovechó para tirarle de la lengua al taxista, que no necesitó mucho para explayarse.

—Si señora, don Raúl Méndez es un hombre muy rico, pero no quisiera verme yo en su pellejo. Tiene de todo, pero le falta una mujer y unos hijos. ¿Para que quiere todo lo que tiene si no tiene quien lo herede? — el hombre estaba en su salsa — Desde lo de doña Trinidad vive solo en la finca, con los mismos servidores, desde hace más de 20 años.

Fresa no pudo resistirse y preguntó.

—¿Desde lo de doña Trinidad?

—¡Ah! Se me olvidaba que es usted de fuera. Doña Trinidad era, bueno es todavía, la mujer de don Raúl. Era una mujer de bandera, pero desde lo del accidente se volvió loca y desde entonces no se ha recuperado.

El taxi había llegado a la playa y la conversación llegó a su fin. Fresa abonó la carrera y se dirigió a la orilla del mar. Tras contemplar la hermosa playa se decidió y, tras quedarse en bikini, se zambulló en las frescas aguas, a dónde la siguieron más de una mirada curiosa.

Salió del agua y se sentó en una de las mesas que había en el paseo marítimo. Estaba todavía secándose el pelo cuando un hombre se acercó a ella.

—Perdone mi atrevimiento señorita, pero yo conocí a su madre.

Fresa quedó petrificada. El hombre que se dirigía a ella rondaba los 50, era bien parecido, tenía una aún tersa piel morena en su cara y esbozaba una sonrisa tímida, como avergonzada.

—¿Cómo? — solo alcanzó a balbucear la joven —¿Cómo ha dicho?

—No sabía cómo hacerlo, perdóneme, pero necesitaba hablar con usted. Yo conocí a su madre, Alina.

Los ojos de Fresa no podían expresar mayor sorpresa. Con las manos aún envueltas en la toalla con la que se secaba el pelo, se sentía anonadada. De pronto reconoció al hombre del todoterreno negro y al del periódico de la plaza.

—Su madre estuvo trabajando para mi durante su estancia en Lepe, y su marido también. Primero en la fresa y luego en La Trinidad.

El hermoso rostro de Fresa había perdido su color y su extrema blancura casi se confundía con la de sus ojos. Miraba al hombre sin saber que contestar. Un torbellino de sensaciones y promesas de recuerdos se agolpaban en su mente.

—Perdóneme de nuevo, no me he presentado, Raúl Méndez —dijo alargándole la mano que ella, torpemente, sacó de la toalla y la estrechó débilmente —¿Qué desea tomar?

Fresa susurró «un agua» y, disculpándose, preguntó al camarero.

—¿El baño, por favor?

Necesitaba estar a solas. Ya en la soledad del baño se sintió más segura. Mil y una preguntas se agolparon en su boca, pero aquel hombre era un perfecto desconocido. No podía actuar como si nada, pero por otro lado era la oportunidad de conocer las respuestas a las preguntas que le habían impulsado a recorrer los miles de kilómetros que le separaban de aquel lugar. Tenía que tomar una decisión y pronto. No iba a llevarse toda la tarde encerrada en el baño. Decidió hablar con aquel hombre y así poder conocer algo de la estancia de su madre en Lepe y, sobre todo, de su padre. Tras vestirse salió a la terraza.

—Discúlpeme usted también, me ha cogido tan de sorpresa que me he quedado sin palabras. Me alegro de que haya decidido hablarme. Tengo muchas preguntas que hacerle sobre mi madre y sobre mi padre, al que no conocí.

Raúl Méndez torció levemente el gesto.

—Efectivamente su padre, Anastas — pareció dudar un momento— Apostolov. Sí, Anastas Apostolov se llamaba. Un buen hombre.

Fresa iba a empezar su andanada de preguntas cuando el todoterreno negro paró junto a la mesa. De él bajo un hombre joven.

—Don Raúl — dudó ante la presencia de Fresa —me dijo usted que a las cinco lo recogiera.

—Si, Antonio. Permíteme que te presente a Fresa Antonescu.

El joven le tendió la mano. Por la forma de mirarla Fresa intuyó que no era una sorpresa para él su presencia. Tras corresponder al saludo del joven la chica de dirigió de nuevo a Raúl.

—¿Entonces…?

Raúl no le dio tiempo a plantear la pregunta.

—Tenía previsto que nos acercáramos a La Trinidad. Le he hablado de usted a Mariano, el encargado. Ya está muy mayor y también conoció a su madre. Le ha hecho mucha ilusión poder saludarla. Espero que no le importe acompañarme. Antonio nos llevará — añadió para despejar la sombra de desconfianza que creyó leer en sus ojos.

Fresa se dejó llevar. No sabía lo que le estaba sucediendo, pero aquel hombre ejercía sobre ella una influencia que no podía, no quería, soslayar. Su presencia le inspiraba, contra toda lógica, seguridad. Lo acababa de conocer y lo iba a acompañar a su finca, junto a otro perfecto desconocido. Y ello no le generaba inquietud, sino todo lo contrario. Es como si se fuese a descorrer una cortina cuya existencia la había desasosegado en el pasado y que ahora iba a desvelar sus misterios.

Subió al coche y enfilaron la carretera. Raúl y Fresa, en el asiento de atrás, iniciaron una conversación en la cual él iba desgranado, con una memoria prodigiosa, todos los acontecimientos de la llegada de su madre al pueblo, de su primer empleo como recogedora de fresa, de cómo había conocido a su marido, de la boda, de su decisión de traérselos a su finca y darles un empleo estable a los dos.

Fresa disfrutaba con toda aquella inundación de datos que colmaban sus ganas de conocer. La realidad que le contaba Raúl iba saciando su deseo de saber, y la imagen de su madre joven iba adquiriendo una corporeidad por ella ignorada. La Alina que ella conoció, con ese punto permanente de tristeza, contrastaba con aquella Alina que salía de la boca de Raúl, toda llena de vida y alegría.

En un recodo el camino apareció la hermosa finca a la que se dirigían. Tras ayudarle a bajar, Raúl le propuso.

—Vamos a ver a Mariano. No me perdonaría que retrasara ni un minuto tu presencia.

Era la primera vez que la tuteaba, y Fresa se sintió cómoda con aquel trato.

—Perdona que te tutee. No puedo evitar al verte pensar que nos conocemos desde hace ya mucho tiempo. No te importa, ¿verdad?

La joven asintió con su hermosa cabeza, dejando caer sus cabellos rubios sobre su rostro.

Se dirigieron hacia una habitación cercana, donde un anciano estaba sentado en una mecedora.

—¡Mira quien está aquí, Mariano, la hija de Alina!

El anciano la miro y sus ojos se llenaron de lágrimas. Sus manos temblonas se dirigieron a ella y Fresa se acercó a cogérselas. El las llevo a su boca y las besó con amor, regándolas con su llanto.

—Ya está Mariano —dijo Raúl— no llores. ¿A que es su vivo retrato?

El anciano no dejaba de llorar. Entre sollozos murmuró.

—Es igual que ella —corroboró —yo quería mucho a su madre, señorita. Ella fue siempre muy buena conmigo y también me quería mucho. Su madre de usted y su marido han sido lo mejor que ha pasado por esta casa.

Fresa creyó llegado el momento de preguntar por su padre.

—¿Cómo murió mi padre? — preguntó al vacío, sin dirigir su mirada a ninguno de los presentes.

Un espeso silencio se adueñó de la habitación. Los sollozos del anciano se hicieron más evidentes, a la par que soltaba sus manos.

—¡Ten piedad señor! —musitó el anciano entre sollozo y sollozo.

Raúl pareció dudar. Miró alternativamente al anciano y a Fresa, sin decidirse a hablar. Tras unos instantes que se hicieron eternos se decidió.

—Lo de Anastas fue una terrible desgracia. Regresábamos mi mujer y yo de una cacería y al bajar Trinidad la escopeta del coche se le cayó al suelo, con tan mala fortuna que la escopeta se disparó y alcanzó de lleno a Anastas. Murió en el acto. Fue una horrible calamidad —¿No es cierto, Mariano? —interrogó al anciano, que lo miró fijamente.

—¿No es cierto, Mariano? —repitió Raúl la pregunta.

El anciano asintió mirando con sus ojos llorosos a Fresa.

—Tras el accidente Trinidad ya no fue la misma — añadió Raúl con cara afectada — entró en una profunda depresión de la que nunca se recuperó. De hecho, los últimos años los ha pasado ingresada en una clínica psiquiátrica de Madrid, donde la visito periódicamente. Prácticamente no se relaciona con su entorno.

Raúl inició la salida de la habitación donde pasaba su vida Mariano. Fresa se acercó a besar al anciano como despedida y éste, inundado de nuevo en lágrimas, le agarró una mano y, acercándose a su cara, le susurró.

—Fue ella, se volvió loca.

 

Mientras acompañaba a Raúl, Fresa se preguntaba que habría querido decir el anciano. Era evidente que había sido Trinidad la autora involuntaria de la muerte de su padre, y que se había vuelto loca. Eso ya lo había dicho Raúl. Quizás la edad enturbiaba su mente y repetía lo dicho por su patrón. Pronto las palabras de Raúl le hicieron volver a la realidad.

—Tomaremos un café y seguiremos charlando, si te parece — apuntó el anfitrión.

Fresa ocupó la silla que le ofrecía aquel hombre que, en cierto modo, la tenía subyugada. No entendía lo que estaba pasando, solo sabía que se encontraba a gusto en aquella casa, oyendo a aquel hombre la narración de la anhelada parte de su pasado que desconocía.

—Dos cafés — dijo a la empleada que acudió a su llamada —¿para ti con leche Fresa?

La joven asintió. No sabía, no podía, hacer otra cosa. Un tumulto de ideas se le amontonaban en su cerebro, sin que fuera capaz de analizarlas con tranquilidad. Las tres horas que llevaba con Raúl habían inundado su mente, llenándola de añoranzas, recuerdos, sensaciones todas placenteras e inquietantes a la vez.

La empleada se acercó a la mesa y, al inclinarse para depositar los cafés, derramó el humeante líquido sobre el torso de Raúl, que dio un salto y exhaló un grito de dolor. La empleada se deshizo en disculpas y Raúl intentaba consolarla a la par que se quitaba rápidamente la camisa para despegar el ardiente tejido de su piel.

El torso de él quedó al desnudo y Fresa palideció. Raúl se sintió avergonzado. A pesar de que con su edad aún mantenía una forma magnífica, pensó que a los ojos de ella aquello resultaría ridículo.

Pero Fresa ya no estaba allí. Sus bellos ojos grises, casi blancos, no se apartaban del hombro izquierdo de aquel hombre que lucía una curiosa mancha de color rojo vinoso, con forma de estrella.

16 comentarios en “Fresa Antonescu

  1. Previsible el final. Me ha encantado la historia

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  2. Que estupendo relato! Gustosa lectura. Que vengas más así.

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  3. Me ha gustado mucho, no sabia de tu afición a la escritura. Cuando escribas mándamelo.
    Rafael

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  4. Interesante relato. Previsible la paternidad de Raul. Incitación a la imaginación: Motivo de las lágrimas del anciano y de la locura de la esposa de Raul

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  5. Muy bonito, Eulogio

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  6. Precioso relato, Eulogio

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  7. Me ha gustado, un relato intenso. Hay emoción!
    Que siga la producción!

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  8. Manuel Sanz Ortiz

    Hermoso relato. Me ha encantado

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  9. Interesante el vuelco que le has dado a tu blog pasando de la reflexión a la ficción. No te ha quedado mal, pero espero sigas alternando la literatura, que bien se te da, con el ensayo.

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  10. Juan David Tutosaus Gómez

    Se ha borrado el comentario que escribí. Trataré de recordarlo. Te decía que te ha quedado bien el giro que le has dado a tu blog, pasando de la reflexión a la ficción. Pero aunque me guste tu relato corto, espero que lo sigas alternando con el ensayo corto.

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  11. Los relatos cortos se iran intercalando de tarde en tarde en mi blog, que sigue siendo un foro de reflexión, en primer lugar para mi mismo y espero que para vosotros, mis lectores, a los que invito a participar, si así lo deseáis.

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  12. Me ha gustado. Me ha gustado mucho. Hacía tiempo que no leía nada de ficción, pero empecé y lo leí en un verbo. Bien Eulogio

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  13. Muy bueno tito! No me lo había leído todavía. Me ha gustado mucho.

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  14. No sabía de tus aficiones a la novela. Me ha gustado mucho el relato de Fresa. Es dinámico, interesante y muy ameno. Ahora que tengo tiempo leo mucho, estoy leyendo a Julia Navarro y la verdad es que tu relato no tiene nada que envidiarle a la de Navarro. !ánimo amigo, sigue con tus relatos!

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  15. EULOGIO,TODO LO QUE HE LEIDO DE TU BLOG ME HA GUSTADO,TANTOLOS ENSAYOS COMO LA FICCION Y LA HISTORIA DE FRESA ES MUY BONITA.TE SEGUIRE LEYENDO. UN ABRAZO

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