Meritocracia

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Meritocracia es aquel sistema de gobierno en que los puestos de responsabilidad se adjudican en función de los méritos personales. Esta definición goza de aceptación generalizada, al menos en los países occidentales. Casi todos están de acuerdo en que aquellos que gocen de autoridad lo hagan en función de unos méritos demostrables.

Esto es tan así que en la Constitución Española figura consagrado este principio en su artículo 103, en el que se establece que el acceso a la función pública se hará de acuerdo con los principios de mérito y capacidad. Como todo principio general necesita ser definido y desarrollado para pasar de ser un concepto abstracto a una realidad que conforme nuestro sistema de gobierno.

Pero es a la hora de concretar donde desaparece el consenso que expresábamos al principio. Si nos adentramos en el significado de la palabra mérito, la situación se complejiza. En su primera acepción, mérito es la acción que hace al hombre digno de premio o de castigo. En este sentido habría méritos positivos y méritos negativos. Más en línea con lo que generalmente se acepta como mérito estaría la segunda acepción: el resultado de las buenas acciones que hacen digna de aprecio a una persona. La tercera acepción —aquello que hace que tengan valor las cosas— hace más referencia a los objetos que a las personas, por lo que la dejaremos aparte.

Como vemos el mérito precisa de concreción, ya que es una palabra polisémica. Se necesita definir qué vamos a entender como mérito en cada uno de los campos en que queramos utilizarlo. Alguien debe definir qué cualidades de las personas van a ser consideradas méritos para alcanzar un puesto de responsabilidad en la sociedad. Esas cualidades deben ser públicas y aceptables por los candidatos a los puestos. Y también deben ser aceptables y aceptadas con el conjunto de la ciudadanía.

No parece tarea fácil. A veces no se tiene claro quién debe definir los méritos. Otras veces no se cree que las cualidades definidas como tales sean realmente méritos. Y con más frecuencia no se acepta que las personas elegidas en función de esos méritos los tengan en realidad.

Se necesita un consenso social sobre este tema. Y total transparencia en el proceso. Una sociedad tiene que tener la certeza de que los que la dirigen son los más capacitados para hacerlo. Y aún se está muy lejos de ello.

9 comentarios en “Meritocracia

  1. Querido Eulogio. Actualmente no tenemos ni consenso social y mucho menos transparencia en los procesos. Puede que la tarea sea complicada y difícil, pero si echamos un vistazo a la Gestion Privada podemos comprobar como ese tema esta mucho mejor resuelto. En el ámbito privado se definen mucho mejor los meritos y las capacidades de las personas que tienen que dirigir un proyecto en concreto.

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  2. Muy interesante, acertado y actual

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  3. Estoy de acuerdo con lo que expones Eulogio. Hay que admitir que en ocasiones es difícil una definición correcta y concreta de los principios de mérito y capacidad. De ahí la importancia de una baremación lo más objetiva posible y adaptada al puesto. La situación se complica aún más cuando esta valoración objetiva existe pese a lo cual se deja una rendija a la subjetividad. Entonces esta puede ser utilizada, saltándose todos los criterios objetivos, y justificar elecciones no acordes a estos méritos con un “creo que este se adapta a las circunstancias….” o “me parece que este podría realizarlo mejor….”. En estos últimos casos estamos cayendo en lo antagónico a la meritocracia, el nepotismo.

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  4. De acuerdo con tu descripción de Meritocracia y la necesidad de establecer criterios objetivos claros, entendibles y asumibles por todos. Pero es evidente que en la función pública, al menos en la que más conocemos, el área sanitaria, ésta meritocracia ha estado basado durante muchos años y continua todavia por la “Dedocracia” eso sí revestidas por normas, concursos públicos y posibilidad de participación plural. La realidad final es que pocas veces el candidato que más suena y preferido por la dirección de turno no es el que más méritos “demuestra” y que logicamente obtiene o se le premia con el cargo en disputa.
    Por no hablar de los partidos politicos donde la lealtad al “Jefe” es la condicion “sine qua non” exigible.
    Asi que queda mucho camino por recorrer.

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  5. Julio Sánchez Román

    Querido Eulogio.
    No es necesario exprimirse demasiado las meninges para tener claro el concepto de MERITO (y su contrario, el DEMÉRITO). Es, prácticamente, un concepto primitivo: cualquiera lo capta a la primera. Claro que variable a lo largo del tiempo y del espacio (en nuestros lares, antiguamente, matar moros era meritorio; ya no: actualmente allende fronteras, lo es degollar cristianos).
    Pero a lo que vamos. Aquí y ahora. Y en nuestro ambiente (el tuyo y el mío; ambos somos médicos, ambos hemos entregado muchos esfuerzos a la medicina pública hospitalaria). En suma, en nuestro “microcosmos” aunque, me temo, las cosas no varían mucho en el “macrocosmos” ¿De qué vale el MÉRITO?
    Tu y yo hemos asistido, en este ambiente, a una inversión de los valores, de modo que, el MÉRITO, el hecho de merecer, de ser digno por nuestras cualidades (bagaje científico, experiencia práctica, eficacia en el desarrollo de nuestro trabajo), de ascender en la estructura en que estamos integrados alcanzando, por todo ello, puestos de mayor responsabilidad y mayor capacidad de decisión y liderazgo (MERITOCRACIA) ha dejado, en gran parte (en grandísima parte diría yo) de tener el más mínimo valor.
    Recientemente, en un foro en el que analizaba la evolución de la Medicina Hospitalaria que he vivido (la misma que tú), señalé lo siguiente:
    El médico se encuentra en un foco de presiones: la de las necesidades de sus pacientes y la de los impedimentos administrativos que a veces rozan el terreno de la deontología.
    Presiones que se han visto favorecidas por la sustitución de los Jefes de Servicio (representantes del servicio ante los gestores) por Jefes de Unidades de Gestión (representantes de los gestores ante el servicio). Y no es lo mismo: Servicio es servicio mientras que Gestión es gestión, como aclaraba lacónicamente, no hace mucho el doctor Soriguer.
    Debido a estos cambios en la relación entre Servicios y Administración, la situación (…) de la Medicina (…), ha sufrido en los últimos años unas profundas modificaciones, muchas de ellas de carácter francamente negativo que podemos resumir, a mi modo de ver, de la siguiente manera:
     Política sanitaria contraria al funcionamiento de unidades específicas (…) con desestructuración progresiva de las mismas.
     Sustitución de las Jefaturas de Servicio (para las que se valoraba la capacitación profesional y el espíritu clínico) por Jefes de Gestión (de obligada afinidad ideológica con la administración).
     Merma progresiva de la autonomía y burocratización excesiva de las labores del médico (falacia de la “participación en la gestión”).
     Intromisión en la capacidad de prescripción del médico, limitada por comisiones de farmacia (inapelables en su constitución, decididamente parcial) con consignas desproporcionadamente economicistas.
     Bloqueo (aquí recalqué que sé de lo que hablo) en las labores de investigación y docencia.
     Desprecio hacia profesionales de reconocida valía a la vez que se encumbra a personas de menor capacitación pero “más complacientes”.
     Sobrecarga, inestabilidad y precariedad laboral como situación amenazante.
     Consecuencias: deterioro de la figura y la labor del médico (desmotivación, estrés) y, consiguientemente, de la sanidad en todas sus vertientes. Del paciente, en definitiva.
    Estas afirmaciones, continué diciendo, coinciden punto por punto con las expresadas más recientemente por el Dr. Pérez Bernal, el que fuera coordinador de trasplantes de mi hospital.
     La presión asistencial, el ninguneo a los mejores, la desmotivación, los sueldos más bajos de Europa provocan una sangría, «fuga de cerebros», de médicos magníficamente preparados y de gran prestigio. Muchos piden reducción de jornada y, otros, excedencia. Sus puestos o no los cubren o los ocupan médicos con mucha menor experiencia.
     Se ha ahorrado excesivamente en personal, lo que ha provocado una gran sobrecarga de trabajo y una presión asistencial que impide ofrecer toda la calidad que necesita un enfermo.
     Antes, los líderes, los jefes, eran los que más sabían, los más preparados. Se accedía a las plazas por concurso-oposición. Ahora, no son los mejores. Ocupan esas plazas médicos cuyo mejor curriculum es presentar muchos «papeles» con unos objetivos que son los que quieren escuchar sus amigos los directivos.
     Ello conlleva que los líderes no sean respetados, se desmotivan los equipos y se agotan los profesionales con excesivos objetivos que quitan tiempo para atender a los pacientes. Los mejores se nos van.

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  6. Efectivamente, queda un inmenso camino por recorrer. Pero no estoy de acuerdo en que el mérito se aplique mejor en la privada: El que llevó a Banesto al precipicio, el ínclito Mario Conde, ¿era el mejor? El que fue presidente de los empresarios y también de su empresa turística Marsáns ¿estuvo bien elegido? Los pollos de Bankia, Rato y otros secuaces, ¿tienen mérito? El que recientemente ha arruinado al Banco Popular ¿es ese su mérito?
    Lo que pasa es que en la pública se conocen más a los designados o elegidos, especialmente en nuestro conocido ámbito profesional o en el totalmente público de los políticos, pero la cocción de habas es algo altamente generalizado.

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  7. Tema interesante, como siempre, y de rabiosa actualidad. Pero percibo un cierto pesimismo no sólo en el planteamiento por parte del autor, sino especialmente en algunos de los comentarios.
    Conviene hacer alguna precisión. El art. 103 de la Constitución se refiere, exclusivamente, al acceso a la Función Pública, lo que, de entrada, excluye el acceso al empleo en el ámbito privado que se regulará por meritocracia, en la mayoría de los casos, y en los menos por razones familiares, de amistad o de “enchufe”.
    Para el acceso a la Función Pública, al que se refiere el artículo citado, el sistema generalizado en nuestro pais es la Oposición que, pese a sus muchos detractores -tiempo, esfuerzo, gasto, resultado incierto, memorización, etc…- es objetivo y cumple con el art. 103, ya que garantiza mérito (los que se establezcan públicamente en la convocatoria) y capacidad, que quedará demostrada al superar las pruebas correspondientes. Y no olvidemos que mediante este sistema se accede directamente a puestos de gran responsabilidad en la Función Pública: Jueces, Fiscales, Notarios, Registradores, Diplomáticos, Abogados del Estado, Letrados del Consejo de Estado, Técnicos de la Administración Civil del Estado, etc… etc…, amén de multitud de puestos de categoría similar en la Administración Autonómica y Local.
    El problema puede existir en los “Puestos de Libre Designación”. Y digo “puede estar” porque mi experiencia de 40 años al servicio de determinado Organismo de la Administración Civil del Estado es que los Puestos de Libre Designación se otorgaban a aquellos funcionarios que por capacidad y méritos eran acreedores a los mismos. Puede haber Puestos de Libre Designación que se cubran por personas que no hayan acreditado suficientemente la capacidad y méritos necesarios pero que gocen de la total confianza del que tiene potestad para elegirlos o que vengan impuestos por su pertenencia o afinidad con determinado partido político. A esto se refiere subliminalmente el articulista y claramente algunos de los comentarios que parecen dar a entender que algo o mucho huele a podrido en la Sanidad pública hospitalaria española.
    En otras palabras, si los políticos con capacidad de decisión y colocación se dedicaran a hacer política y no interfirieran en el sistema de promoción y adscripción de puestos de trabajo en la Administración Pública. el sistema funcionaría, como de hecho sucede cuando las mencionadas interferencias no se producen.

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    • Julio Sánchez Román

      “…el sistema funcionaría, como de hecho sucede, cuando las mencionadas interferencias no se prodocen”.
      ¡Ah! ¿pero de hecho funciona?
      ¡Ah! ¿pero cuándo no se producen?

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      • Funciona, Julio, funciona. Mi experiencia de 40 años al servicio de la Administración lo avala. Lo que supone, como corolario, que hay veces -hablo de lo que conozco- en que las interferencias no se producen

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