Don Francisco

Retama o Genista. Flores (1)

El cabo García se detuvo ante el gran portalón abierto de par en par. Harinas Molina ponía en la pared con unas letras de un rojo desvaído. Dentro ruido de la gente que, tras la ceremonia de la boda, se congregaban alrededor de las mesas del banquete.

—No sé si podré ir —le había dicho tres días antes a don Antonio, el dueño del cortijo Los Mimbrales —estoy recién llegado y tengo que enterarme de cómo está el puesto.

Aunque podía parecer una excusa, era verdad. Acababa de llegar hacía cuatro días al pueblo como Comandante de Puesto de la Guardia Civil y el pueblo no parecía fácil. Estaba en zona de bandoleros y por otro lado los robos eran frecuentes. Aunque él ya conocía el problema. En la provincia de León, de donde venía, la gente también pasaba hambre y menudeaban los hurtos. Además, los montes de León acogían todavía a algunos comunistas fugitivos de la justicia.

—No puede usted faltar, cabo. Se me casa la única niña que tengo y su presencia es fundamental. Van a ir todas las autoridades del pueblo y usted para mí es de las más importantes —don Antonio se movía entre el ruego y la autoridad que le daba ser uno de los dos ricos del pueblo—. No le voy a ocultar lo que todo el pueblo sabe, aunque no lo diga. La niña se tiene que casar y su novio ha respondido como tiene que responder un hombre. Es el hijo de Casimiro, el del Puntal —el cortijero proseguía dando por sentado que al cabo le importaban aquellos pormenores — así que ya sabe, el domingo a las 12 es la boda y, si no puede ir a la ceremonia, le esperamos al menos para el almuerzo.

Mirando hacia dentro —quizás deformación profesional— de un vistazo se hizo con la situación del interior del almacén. Se habían retirado todos los sacos a un rincón y había quedado un amplio espacio donde se habían instalado numerosas mesas donde ya empezaban a acomodarse los invitados. Al fondo, ya en el patio, una gran candela y un ajetreo de empleados del cortijo preparaban las viandas y bebidas.

—Le agradezco mucho que haya usted podido venir, cabo — se dirigió a él don Antonio en cuanto lo vio entrar—, venga que le acompañe al sitio que le hemos asignado, si usted no tiene inconveniente.

Se dirigieron a una de las mesas, cerca de la cabecera, donde estaba sentada, entre otros, una señora de unos cincuenta años y a su lado otra más joven, que lo miraban con interés.

—Doña Catalina, viuda de guerra, y su hija Antoñita. El cabo García, recién llegado a nuestro pueblo— fueron las palabras de presentación.

El cabo estrechó las manos que le tendían blandas las mujeres, y a continuación fue saludando al resto de los invitados que ocupaban la mesa.

—Que suerte hemos tenido Antoñita—doña Catalina miraba al cabo, pero hablaba a su hija—. Seguro que el cabo tiene un montón de cosas interesantes que contarnos.

 

 

La conversación fue trascurriendo por el camino esperado. Todos esperaban conocer más de la vida del cabo y este se reservaba lo que podía. Bien parecido y soltero —este hecho se había corrido como la pólvora desde su llegada— lo convertían en un perfecto candidato para algunas de las solteras de postín que aún quedaban en el pueblo.

Entre pregunta y no respuesta el cabo se fijó —por el hueco entre la cabeza de doña Catalina y la de Antoñita— en una mesa algo alejada, al otro extremo de la cabecera, donde le llamó la atención una figura masculina. Era un individuo muy alto, que sobresalía sobre todos los de su mesa, vestido con una chaqueta gris —imaginaba que sería un traje completo del mismo color— de la que destacaba su tamaño, anormalmente larga, a modo de levita, con dos amplias aberturas en los laterales.

—Y dice usted que de León. Allí debe hacer mucho frio y debe nevar. Aquí solo vimos la nieve el año pasado. Creo que todo el pueblo recordará siempre el año 1952 como el año de la nevada.

Antoñita no dejaba de mirar al cabo y éste empezaba a sentirse incómodo.

—Así es, doña Catalina. Allí en el norte las cosas son distintas. Aquí en su pueblo no debe hacer mucho frio.

—No crea usted, que en invierno pasamos frio ¿verdad Antoñita? En estas campiñas no hay mucha leña y hay que ir lejos, a la sierra, a cogerla.

García seguía mirando al grandullón de la larga chaqueta gris. No sabía si era su aspecto lo único que llamaba su atención hasta que se dio cuenta de que no era eso solo. El individuo llevaba frecuentemente las manos de la mesa a los bolsillos laterales de la chaqueta, en una especie de ritual que le pareció extraño.

Finalizado el almuerzo, la gente empezó a levantarse. El cabo García se despidió de aquellos con los que había compartido la mesa e hizo ademán de retirarse. Pero don Antonio se acercó acompañado del alcalde, que saludó efusivamente al cabo, y hubo que conceder más tiempo.

El cabo García aprovechó la intrascendente conversación para fijarse más en el objeto de su atención. Ya de pie, la figura del hombre de gris era más impresionante. Debía medir casi dos metros y, aunque no gordo, su figura era corpulenta. Efectivamente llevaba un traje gris y la vista completa le sorprendió aún más. Efectivamente la chaqueta era especialmente larga y tenía unos grandes bolsillos laterales, sin pestaña que cerrara la entrada a los mismos. Además, pudo notar que el color gris de la entrada a los bolsillos era de un color ligeramente diferente al del resto.

El alcalde requirió su atención.

—Permítame que le presente a don Luis, el farmacéutico. Estaba de viaje y no pudo ir a saludarle cuando usted se incorporó.

Pero el cabo García seguía pendiente del hombre de gris. Los camareros seguían pasando con pastelillos y, ya más cerca, pudo comprobar el sentido de las maniobras que realizaba con sus manos. Cada vez que pasaba un camarero cogía un pastelillo con cada mano y los depositaba en los bolsillos de la chaqueta, que ya abultaban a ambos lados de su corpachón.

La atención se transformó en sorpresa. Aquel hombre llevaba todo el tiempo recolectando comida que guardaba en sus bolsillos. No era un hurto en sentido estricto, pero no le parecía correcta la actitud de aquel individuo. Por otro lado —pensó— era evidente que no solo él se habría dado cuenta. Pero no notó ninguna cara de extrañeza entre las varias personas que lo habían acompañado en la mesa, ni en los que iba saludando.

—Buenas tardes señores —se acercó al grupo don Aniceto, el párroco—. Perdonen que les robe unos minutos al cabo, pero quiero hablar con él de cosas de Dios.

Los dos hicieron una aparte y el cura, que ya no cumpliría los 70 años —porque ya los había cumplido hacía tiempo— le soltó directamente.

—No sea usted duro con Pepillo. Sé que lo tiene desde ayer en el calabozo, sé que robo dos gallinas a Ambrosio el herrero. Pero también sé que él es el único sustento de su familia. Su mujer está enferma y sus tres chiquillos deberían comer todos los días.

—Don Aniceto, sé que estamos viviendo tiempos duros, pero la ley hay que respetarla. No podemos dejar sin castigo su incumplimiento.

—Tiene usted razón cabo, pero debemos considerar la situación en que estamos… El señor nos pide misericordia, como la que Él nos concede.

El cabo miró largamente al cura.

—De todos modos, hoy pensaba soltarlo. Aunque veremos que dice el juez de paz. Yo tengo que hacer el atestado.

—Del juez no se preocupe usted, ya me ocuparé yo.

Mientras que hablaba con el párroco desvió en varias ocasiones la mirada hacia el hombre de gris, que continuaba saludando a unos y otros. Don Aniceto se había apercibido.

—Veo que mira usted a don Francisco. Como es nuevo en el pueblo le extrañará su actitud.

—Disculpe mi curiosidad, pero me ha llamado mucho la atención lo de la chaqueta y los bolsillos. ¿Por qué lo hace?

Don Aniceto, condescendiente, accedió a explicarle la situación.

—Veo que usted no lo conoce. Don Francisco y su señora se han hecho, buscando al varón, con siete hijas. Aunque él trabaja, dentro de su profesión, todo lo que puede, no da abasto para alimentar tantas bocas. Así que recurre a guardar parte de lo que le ofrecen para llevarlo a casa.

El cabo no salía de su asombro.

—Pero no sería mejor que le ayudaran económicamente. Usted es cura y sabe de eso. La parroquia podría ayudarlo.

—Tiene usted razón… y no. Los tiempos que corren son malos. Hay muchas familias con más necesidades que él, y el dinero es muy escaso. Por otro lado, aceptar ayuda de la parroquia supondría reconocer que no es capaz de alimentar a su familia por sí solo. Y eso le puede. Ya sabe usted, la dignidad. Por eso prefiere recurrir a este sistema. Al principio nos resultó extraño, pero ya nos hemos acostumbrado y todos aparentamos que no nos damos cuenta. Se le invita a todas las celebraciones familiares, y él acude gustoso con la chaqueta que le ha hecho doña Pilar, su mujer, para este fin.

El cabo García miró con otros ojos al hombre que, a escasos metros de él, miraba con dulzura al niño que tenía en brazos su interlocutora.

—Acompáñeme, que se lo voy a presentar.

Cuando estuvo a su lado el cabo pudo comprobar que, efectivamente, era muy alto. Cuando captó la presencia del cura y el cabo, su cara se iluminó con una franca sonrisa.

—Don Francisco, permítame que le presente al cabo García, nuestro nuevo Comandante de Puesto. Cabo, don Francisco, el maestro del pueblo.

Un comentario en “Don Francisco

  1. Me recuerda la vieja canción del cantautor Patxi Andión, El Maestro. Si no la conoces búscala en internet y escúchala.

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