Creencia y credulidad

 

Reolina. Alba de Tormes-001

No decimos nada nuevo si afirmamos que el ser humano, en general, necesita creer en algo. Y el objeto de su creencia ha sido múltiple a lo largo de la historia. Ha habido creyentes en muchas y variadas cosas, incluidas las creencias que podríamos llamar sobrenaturales. Véase si no las numerosas religiones que existen en el mundo.

El ámbito de las creencias, las cosas en las que los hombres creían, en las que tenían fe, se ha ido reduciendo poco a poco según la ciencia se iba desarrollando. Parte de las cosas que pensábamos como ciertas o sobrenaturales han dejado de serlo al conocer —a través de la ciencia— que tenían una explicación que hasta entonces desconocíamos.

Sin embargo, en los últimos años estamos asistiendo al renacimiento de la fe en cosas para las que la ciencia ya había dado respuesta, o había establecido el método para encontrarlas. Estamos asistiendo a un lento ocaso de los creyentes —el que cree, especialmente el que profesa una religión— y a un resurgimiento de los crédulos —los que creen ligera o fácilmente— como en épocas pretéritas.

La tecnología ha puesto a nuestro alcance datos e informaciones, que nos llegan masivamente y a diario, con nuevas cosas en las que creer, con las que saciar nuestra necesidad de creer. Y, lamentablemente, buena parte de los receptores carece de la cultura científica suficiente para discriminar la verdad de la mentira.

La ciencia hace más de 100 años que estableció un método, el científico, para estudiar y conocer la realidad en la que vivimos. Los científicos —en casi todas las disciplinas y en todo el mundo— realizan un trabajo diario y silencioso que no suele encontrarse en las páginas populares de internet, sino en las revistas especializadas, de las que beben otros científicos.

Sin embargo, aunque el hombre común suele desconocer la existencia de este trabajo, se beneficia de sus hallazgos. No conoce bien lo que hacen, pero sabe que sus resultados —en la mayoría de los casos— son fiables, y hace uso de ellos. Desde los antibióticos hasta los modernos sistemas de frenada o conducción segura de los coches, todo es fruto del trabajo de personas —científicos— que realizan su trabajo con un método —el científico—de manera callada, y con frecuencia con escasas dotaciones económicas.

Esta pasión por saber de los científicos, que hace avanzar el mundo en el que vivimos, no es compartida por la mayoría de ciudadanos, que suelen mostrar una pereza intelectual que dificulta su crecimiento intelectual.

Y cambiar esto no es fácil. La ciencia suele estar poco accesible y los que acceden a ella son gente predispuesta a adquirir dichos conocimientos. Y necesitamos que la ciudadanía mejore su cultura científica para que pueda acceder a esos conocimientos científicos. Como escribió en 1877 un autor inglés, “Cada hombre sencillo que intercambia opiniones cada día en la taberna de su pueblo puede contribuir a aniquilar o mantener con vida las fatales supersticiones que paralizan a su especie”.

Pero para que el hombre sencillo sea capaz de combatir la credulidad se hace necesaria la existencia de buenos divulgadores de la ciencia y practicantes del pensamiento racional y escéptico, ya sean periodistas, filósofos, profesores, etc. Deben ponerse a disposición de los ciudadanos de a pie los conocimientos científicos y hacerlos entendibles por el hombre de la calle.

Si no se hace esto se deja el campo libre a aquellas visiones del mundo carentes de todo fundamento científico, con los peligros que de ello se derivan asociados al fanatismo y al sectarismo.

2 comentarios en “Creencia y credulidad

  1. Efectivamente es así, no obstante

    la marcha de la vida, con su esfuerzo por aprender deja atrás a uno y otros si los sigues irás llenado

    al
    ritmo de saber cada vez más, y sino quedaras poco a poco en la ignorancia, al que se queda, el dirá que la suerte no le premió y el que lo consigue y llega, es que tuvo mucha suerte, el esfuerzo y sacrificio tiene mucha razón en ello.

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    • De acuerdo amigo. La creencia nace de la necesidad de mitigar la angustia y ésta surge por múltiples causas, desde la toma de conciencia de ser mortal, lo que se alivia con una prolongación de la vida sobrenatural, a las angustias más cotidianas de problemas cuya solución se ponen en manos de divinidades que generan esperanza. Porque no se puede vivir angustiado ni sin esperanza.

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