La España vacía 2

Albicia julibrissin.Arbol de la seda

En un anterior artículo planteábamos el problema de la progresiva disminución de la población de más de la mitad de los municipios españoles, y mencionábamos algunas de las causas que, a juicio de los expertos, condicionaban este proceso.

Las sociedades modernas tienen numerosas necesidades y los gobiernos deben realizar todas las actuaciones posibles para cubrirlas. Como la experiencia demuestra que no es posible atenderlas a todas, los gobernantes tienen que optar por dotar unas y no otras, o satisfacer unas antes que otras. El tipo de elección que hagan los gobernantes es lo que aún diferencia a las opciones políticas, y el acierto de estas decisiones es lo que permite a los ciudadanos calificar la acción de gobierno.

El proceso de despoblación no ha sido uniforme. Desde los años cincuenta del pasado siglo el goteo de habitantes de núcleos pequeños a otros más grandes ha sido continuo, aunque con velocidad variable, llegándose en 2018 a la situación de que el 60% de los municipios españoles albergan solo al 3% de la población. Todavía quedan algunos pueblos pequeños que han aguantado y que mantienen expectativas de futuro —resilientes los ha llamado algún autor —, pero hay otros muchos cuya población está muy envejecida —por tanto, con pocas perspectivas de supervivencia —y, finalmente, hay ya un número considerable de lugares que se consideran inviables.

Dotar a los pequeños municipios de los mismos servicios que a los grandes es una tarea ingente, si no imposible. Los gastos necesarios para mantener al mismo nivel las dotaciones serían —quizás son —inasumibles para las arcas del Estado. Pero es evidente que el proceso de despoblación se acelerará si no se hace algo para ralentizarlo allí donde sea posible. Se hace necesario un acuerdo entre todas las partes implicadas para estudiar la situación en profundidad y decidir que hacer.

Pero no se puede caer en la demagogia. La propuesta resultante deberá incluir la aceptación —por más que duela— de que hay muchos pueblos cuyo destino final será la despoblación definitiva y, por otro lado, dotar a los que queden de aquellos servicios e instalaciones que faciliten —garantizarla es imposible— su supervivencia.

Ardua tarea, sobre todo contando con la escasa propensión al pacto que nos caracteriza.

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