Felicidad y dicha

Plectranthus caninus

Desde Aristóteles hasta nuestros días pocos conceptos han ocupado más páginas en las obras filosóficas y literarias que la felicidad, cuya consecución se ha considerado como el único fin de la existencia humana. Ser feliz ha sido el deseo de todos los hombres de todas las épocas. 

Para los filósofos clásicos la felicidad requería de tales condiciones que, prácticamente, alcanzarla era una utopía imposible de conseguir. La llegada del cristianismo supuso una explicación a esta imposibilidad. Según la religión cristiana —“mi reino no es de este mundo”— el hombre debía esperar a la otra vida para alcanzar la felicidad.

El Renacimiento, como es sabido, puso al hombre en el centro. Los filósofos de la época la definían como un deleite del cuerpo y el alma que se busca continuamente pero que, como concepto absoluto, era prácticamente inalcanzable.

A mediados del siglo XVIII los filósofos de la Ilustración redefinieron el concepto de felicidad, planteándola como un derecho individual, alcanzable en este mundo como consecuencia de la practica de la libertad individual, con el único limite de la libertad de los demás hombres. Según este enfoque, la consecución de la felicidad sería una obligación de los Estados para con sus ciudadanos. 

A pesar de la progresiva instauración de medidas encaminadas a su consecución, las encuestas demuestran que el grado de insatisfacción de la ciudadanía es muy alto. Y como muestra de ello véase la inmensa producción de cursos, seminarios y libros cuya pretensión es enseñar a los seres humanos a ser felices.

En la inmensa mayoría de estas propuestas formativas subyace una redefinición del concepto. Ahora se nos plantea la felicidad no como un concepto absoluto, sino relacionado con nuestra vida real. Se trata de lo que se ha venido en llamar “la felicidad de las pequeñas cosas”.

Esta aparentemente novedosa propuesta ya fue planteada hace más de 400 años. Girolamo Cardano, médico, filósofo y enciclopedista del siglo XVI, también estudio el concepto de felicidad. Entre sus numerosos libros destaca uno titulado Mi vida, una especie de autobiografía en la que expresó lo que él deseaba para su vida. Ante la imposibilidad de conseguir el absoluto que es la felicidad, optó por proponer un concepto relativo, al que denominó dicha, entendida ésta como el fruto de vivir la vida gozosa y libremente.  

En su libro describió algunos de los componentes de lo que, para él, constituían la dicha: «El reposo, la tranquilidad, la templanza, el orden, la risa, los espectáculos, el trato con los demás, la contención, el sueño, los paseos, la meditación, la crianza de los hijos, el cariño de la familia, el matrimonio, la memoria bien ordenada de nuestro pasado, las audiciones musicales, el recreo de la mirada, la libertad, el dominio de sí, los perrillos, la práctica de alguna habilidad que dominamos bien; y elegir un lugar para vivir, porque las tierras cobijan hombres dichosos, no los hacen».

“Nihil novum sub sole” —nada nuevo bajo el sol—, que parece que dijo el rey Salomón.

Cardo de Maria. Silybum marianum

Un comentario en “Felicidad y dicha

  1. Juan Depunto

    Al margen de las cuestiones semanticas sobre sus sinónimos, me llama la atención el que siendo un concepto que todos entendemos y que ha dado motivo a multitud de libros y artículos desde la antigüedad a nuestros días, lo poco que se hace en educación para conseguir ese estado. Igual que se inventó la «Educación para la salud» habría que desarrollar una «Educación para la felicidad» y ser consecuente con esta materia básica en las demás disciplinas.

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