Innovación crítica

Acacia farnesiana. Acacia

Hace ya algunos años que a las conocidas siglas de I+D —Investigación y Desarrollo— se le añadió una i minúscula —I+D+i—, letra que tardamos algún tiempo en saber que significaba Innovación.

Hay palabras que gozan de una gran aceptación social, aunque a veces no se tenga una clara idea de su significado. Una de estas palabras es innovación. Su invocación produce una fascinación, que no siempre esta debidamente justificada, aunque es evidente que su práctica ha producido una ingente cantidad de avances que hemos de valorar como muy positivos.

El desarrollo científico y tecnológico ha aumentado extraordinariamente nuestra capacidad de satisfacer nuestras necesidades, pero parece que esta formidable capacidad nos ha llevado a situaciones que nos están provocando serios problemas, que afectan a nuestra calidad de vida. A titulo de ejemplo, véanse algunas de las consecuencias que la actuación del hombre ha provocado —cambio climático, contaminación ambiental, islas de plástico en los océanos, etc.—, que son también, no hay que olvidarlo, consecuencias de la innovación.

En contra de la opinión generalizada, la innovación no siempre es positiva. La creencia de que una idea es necesariamente mejor por el mero hecho de ser más reciente es falsa. Este afán de novedades —las marcas comerciales conocen bien el atractivo del vocablo «nuevo»— no siempre se acompaña de un adecuado conocimiento del fin que se persigue con la innovación.

Una muestra de esta falta de crítica sobre la «siempre beneficiosa» innovación la tenemos en la aparición de nuevos ámbitos de deliberación política. La promesa de que las redes sociales iban a mejorar la calidad de las democracias, facilitando el acceso de los individuos al conocimiento de la actividad política, y de su participación en dichas actividades, se ha demostrado falaz. No es solo la existencia de las tremendamente difundidas «fake news» —mentiras—, sino que la enorme sobreexposición a las informaciones esta dificultando la necesaria reflexión sobre ellas, así como estimulando reacciones emotivas que poco contribuyen al necesario debate racional.

La ciencia y el conocimiento gozan de una aceleración que es tremendamente productiva. Por ello se hace más necesario que nunca una reflexión critica, que nos permita orientar los fines que su gran capacidad transformadora persigue. Si no corremos el riesgo de ser engullidos por nuestras creaciones.

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