La mentalidad científica

Desde hace al menos dos siglos el individuo se mueve entre dos tendencias aparentemente antagónicas. Por un lado, el racionalismo, basado en evidencias científicas, y por otro las creencias intuitivas o las imágenes subjetivas que el individuo se forma de la realidad que le rodea, En tales situaciones, cuando hay contradicciones entre ambas, la mente de la persona se inclina por creer aquello que se adecua más a su creencia, por más que la evidencia científica diga lo contrario.

El método científico, en el que se basa esta mentalidad, no existió siempre. Se desarrolló hace unos doscientos años, y desde entonces se ha usado para hacer avanzar a la ciencia. La mentalidad científica es una determinada manera de pensar, vinculada a un modo de reflexión sistemática, que pretende —y consigue— crear conocimiento y explicar nuestro mundo mediante la observación sistemática y la posterior comprobación de forma objetiva de las realidades observadas. Entendida como tal, esta mentalidad no es —ni debe ser— exclusiva de los científicos.

Con frecuencia, la mentalidad científica no nos facilita el conocimiento completo de algo, sino solo una parte de la realidad. Permite establecer una porción de la verdad, que en sucesivas investigaciones va siendo completada por nuevas aportaciones. Por otro lado, a veces las explicaciones que nos da la ciencia no se ajustan a las ofrecidas por la tradición o no coinciden con lo que el ciudadano de la calle considera de sentido común o con lo que él cree o piensa. Y esto se utiliza por parte de algunos para negar el valor de esta mentalidad, afirmando que en el pasado —a veces reciente— las cosas se han explicado de una manera que no coincide con la forma en que se explican en la actualidad.

Por ello, y a pesar de lo abrumador del conocimiento aportado por la ciencia, aún hay quien sigue sin aceptarla. Aunque la evidencia científica en contra es enorme, aún hay quien sigue pensando que la tierra es plana o las vacunas producen enfermedades en los niños, por poner solo dos ejemplos de creencias de moda.

El hombre común presenta cierta tendencia a resistirse ante afirmaciones científicas que contradicen sus creencias intuitivas o la imagen subjetiva que se forja de la realidad. Una vez que una idea, por nula base que tenga, se integra y generaliza en la mentalidad colectiva no es fácil su desarraigo por la autoridad científica.

¡Que le vamos a hacer!

¿Existe la verdad?

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En un par de ocasiones, en el pasado, hemos tratado en este blog las denominadas “fake news”—es decir las mentiras —propagadas por las redes sociales. Lo que parecía una curiosidad más se ha convertido en uno de los problemas más serios que tienen en la actualidad las sociedades occidentales.

De la propagación por algún sujeto —las más de las veces malintencionado— de alguna mentira dirigida a denostar a alguien o a algo, se ha pasado a toda una industria de la desinformación donde miles de individuos se encargan de idear mentiras sobre cualquier tema que les parezca útil —social, política o económicamente— a sus promotores, mientras los robots informáticos se encargan de difundirlos masivamente por las redes sociales.

Los mensajes falsos alcanzan a millones de personas, cuya lectura afecta de alguna manera a sus opiniones y/o conciencia. Tras su recepción, estos lectores pasan a su vez a difundirlas, sin haber hecho el más mínimo esfuerzo para confirmar o no la veracidad de la “noticia” recibida. Las mentiras difundidas masivamente están creando una tipología de individuos que se lo creen todo o que, por el contrario, no se creen nada, alterando o anulando en ambos casos su capacidad crítica, la que les permitiría analizar la realidad con una cierta objetividad.

El fenómeno, que esta teniendo enormes repercusiones sociales y políticas —piénsese en su efecto en las elecciones celebradas en los últimos dos años en occidente —alcanza ya proporciones que alarman no solo a los políticos y sociólogos, sino a los propietarios de las referidas redes sociales, que piensan que la actual situación puede afectar a sus propios negocios.

Así Facebook, Twitter, Instagram y otras redes se están planteando la conveniencia de establecer algunos filtros que permitan descubrir las noticias falsas y dificultar o impedir la difusión de estas por sus redes, sea cual sea su origen.

Tim Cook, jefe de Apple, lo ha advertido: “en cierto modo las noticias falsas están matando las mentes de la gente”. Asimismo, advierte de que, en un mundo digital, donde los que ganan son los que obtienen mas clics —no los que dicen la verdad—, se hace necesario realizar un gran esfuerzo educacional para dotar a los individuos de herramientas que les permitan diferenciar lo verdadero de lo falso. Porque, aunque algunos se empeñen en relativizarlo todo, la verdad existe. Igual que la mentira.

Como vemos, esto es un tema serio que afecta a los ciudadanos que intentan ser libres. Deberíamos pensar en ello la próxima vez que recibamos una “noticia” antes de reenviarla a nuestros conocidos.

No todo es negativo

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Una tendencia muy extendida entre los españoles es la valoración global del país. España es el mejor país del mundo o España es un país tercermundista.  Se es poco dado al análisis pormenorizado, valorando lo positivo y aislando los elementos negativos que deben mejorarse.

La revista The Economist, de más que demostrada independencia editorial, ha publicado en los últimos meses un informe sobre España, en los que analiza numerosos aspectos políticos, sociales y económicos. Para los lectores analíticos, hemos de decir que esta revista semanal —fundada en 1843 y con sede en Londres —sigue una línea editorial liberal que apoya la libertad económica, el libre comercio, la globalización, la inmigración y el liberalismo cultural. Es una de las publicaciones más prestigiosas del mundo —si no la más —, reconocida por el rigor de sus artículos.

En su informe valora los aspectos que considera positivos y negativos de España. El nivel económico del país, la esperanza de vida, el sistema sanitario, el acceso a la enseñanza y las infraestructuras son consideradas como muy positivas, situando al país entre los veinte primeros del mundo. Las libertades civiles, tan denostadas por algunos últimamente, están al nivel de las democracias europeas más consolidadas, incluidas las nórdicas. España, señala el informe, es un país que respeta los derechos humanos, la separación de poderes y se encuentra en las posiciones más elevadas en cuanto a calidad de la democracia.

Como todo análisis objetivo, la revista también critica los aspectos que, a su juicio, son negativos. La corrupción política, la tremenda tasa de paro, la profunda y duradera crisis económica y la creciente desigualdad son destacados como graves problemas que se han de resolver. Asimismo, refiere otros temas negativos como las desigualdades regionales, la financiación autonómica, algunos desmadres constructores en varias autonomías y —sobre todo —las desigualdades personales. A ello une, en los últimos tiempos, los problemas políticos derivados de Cataluña, cuyo impacto negativo destaca.

Como resumen podemos decir que —en muchos aspectos y según The Economist —España es un lugar extraordinario para vivir. Pero esto no quiere decir que no haya aspectos que debamos mejorar.

Por ello quizás deberíamos ir aprendiendo a dejar las descalificaciones globales, ir ejercitándonos en detectar y analizar aquellos aspectos negativos que deben ser cambiados, y dedicar nuestras palabras y esfuerzos a intentar modificarlos. Se trata de cambiar las partes, para que el todo resulte mejor.

 

Autorregulación

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Recién recuperada la democracia, en el ultimo tercio del siglo pasado, surgieron en España importantes debates, siendo uno de los mas interesantes el de los limites de la libertad. Se debatió en profundidad sobre las libertades, siendo motivo de especial controversia el papel del Estado y la propia ciudadanía en la regulación de dichas libertades.

De forma resumida se planteaban dos posiciones básicas: unos eran partidarios de la regulación de la mayor parte de los aspectos por parte del Estado y otros preferían reducir el papel del Estado a la mínima expresión, y solo para los grandes temas —libertad de expresión, sindical, etc.— y dejar los temas “menores” a la responsabilidad de los ciudadanos, confiando en que ellos serían capaces de encontrar el punto adecuado.

El gran contaminante —el dinero— pronto se mostró con su verdadero rostro y surgieron acciones que eran consideradas abusivas por la mayoría de la ciudadanía, especialmente en temas como los limites de la libertad de las empresas en general y de las de prensa y publicidad en particular. Por ello, y ante la alternativa de que el Estado regulara en demasía, surgieron propuestas de acuerdo por los que estas empresas entendían que se habían propasado en ocasiones y proponían a la sociedad crear sus normas de regulación, la autorregulación, por la que las propias empresas se pondrían limites en sus actuaciones para que no fuera necesaria la intervención del Estado.

Más modernamente este concepto, autorregulación, ha pasado a denominarse Responsabilidad Social de la Empresa. Con esta política las empresas expresan su compromiso para limitarse en aquello que pudiera ser ajeno a la ética empresarial o, eventualmente, perjudicial para los ciudadanos.

La realidad de estos últimos años ha mostrado que esta autorregulación falla con frecuencia. La presión del dinero hace que no se respeten los acuerdos alcanzados y que palabras como autorregulación o Responsabilidad Social de la Empresa queden con frecuencia en papel mojado, ejerciendo un efecto negativo sobre aquellas entidades que sí se responsabilizan y funcionan con una adecuada ética empresarial.

Parece pues que sigue siendo válido aquel antiguo refrán que dice: “el que a si mismo se capa, buenos coj… se deja”.

 

Credulidad y respeto de la opinión

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En un anterior artículo decíamos que en los últimos años estamos asistiendo al renacimiento de la fe en cosas para las que la ciencia ya había dado respuesta. Y que la tecnología había puesto a nuestro alcance datos e informaciones con nuevas cosas en las que creer, con las que saciar nuestra necesidad de creer. Y que estos nuevos crédulos —que no creyentes— estaban sostenidos por la escasa cultura científica de buena parte de la población, que les incapacitaba para discriminar lo verdadero de lo falso.

Estos nuevos crédulos reivindican su derecho a creer en estas cosas, y a que esta creencia sea respetada por sus conciudadanos como cualquier otra creencia. Recurren a las libertades reconocidas en la Constitución para justificar esta petición, ignorando que la Carta Magna reconoce el derecho a expresarse, pero no el de que lo expresado deba ser considerado y respetado por la sociedad.

Muchas de estas nuevas creencias se basan en el concepto acuñado recientemente de verdades paralelas o verdades alternativas —las “fake news” de los anglosajones—. Según estas personas no habría verdades, sino visiones diferentes de la realidad. Y estas visiones han encontrado en las redes sociales una amplísima red de difusión.

Algunos de estos nuevos crédulos dicen que lo de que la tierra sea redonda no es una verdad demostrada por la ciencia. Ellos afirman que nuestro planeta es plano, y esta creencia es seguida por miles de adictos a través de las redes sociales, que difunden la incorporación de nuevos adeptos, así como los datos que —según ellos— confirman esta teoría. El hecho de que esta opinión sea compartida por miles les reafirma en su creencia, convirtiendo a la propia difusión en criterio de autoridad.

Este derecho a creer en lo que a uno le dé la gana no aparece consagrado en ninguna ley. Y algunos creen que existe el derecho a hablar de cualquier tema sin tener ningún conocimiento que avale lo dicho, así como de que dicho discurso falso debe ser respetado, dado que todos somos iguales.

Pero deberíamos recordar que hay quien sabe y quien no sabe, quien tiene razón y quien no la tiene. Y aunque las redes sociales generen la ilusión de que todos los mensajes son igual de importantes porque se emiten en iguales condiciones, sabemos que no es así. El conocimiento es la base de la autoridad y no el grado de difusión.

Potenciar la inteligencia

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Hay acuerdo general en que la musculatura corporal puede desarrollarse, dentro de unos límites, a base de realizar ejercicios con ella. Decenas de miles de jóvenes, y no tan jóvenes, acuden a los gimnasios a potenciar su musculatura. Y otros tantos realizan ejercicio físico para mantener o mejorar su salud. Y aunque muchos fracasan en el intento —con frecuencia por falta de constancia—, los que persisten en el empeño consiguen mejoras por todos reconocidas.

El acuerdo no es tan amplio en lo que se refiere a cualidades, facultades o predisposiciones del espíritu. Se acepta que muchas de ellas son modificables en cierta manera, y prueba de ello son la multitud de profesionales, cursos, conferencias y libros dedicados a temas como disminuir el estrés, mejorar la memoria, aumentar la atención, etc. Estas actividades gozan de un cierto acuerdo en cuanto a su eficacia, si bien muy lejos del que se tiene en relación con los resultados del esfuerzo físico.

La inteligencia es la facultad de la mente que permite aprender, entender, razonar, tomar decisiones y formarse una idea determinada de la realidad. Y, al igual que para otras facultades, también se han desarrollado métodos para mejorarla.

En los textos de autoayuda sobre este tema se mencionan cinco claves para fortalecer la inteligencia:  orden, constancia, voluntad, motivación y capacidad de observación. Sin embargo, es de creencia común que estas cinco cualidades nada tienen que ver con la inteligencia, que se suele considerar como una condición ajena y superior, que se tiene o no se tiene, de forma absoluta.

La experiencia acumulada permite comprobar que la utilización de estos métodos mejora las capacidades que se contienen en la definición de inteligencia reseñada arriba.

El orden es un buen aliado de la inteligencia. No se trata de ser maniáticos de la organización, pero una cierta sistemática en la vida permite ganar tiempo y facilita la realización de las actuaciones ya referidas.

La constancia —perseverancia en el propósito— es precisa para la consecución de aquello que se desea conseguir. Y para todo ello se necesita voluntad, la facultad que permite decidir y ordenar el comportamiento. Y es evidente que si no hay un claro deseo de mejorar —motivación—, no será posible realizar aquellas acciones encaminadas a la mejora.

Por último, se menciona como fundamental la capacidad de observación. Si no se mira al entorno con curiosidad y detenimiento, difícilmente se podrá formar una idea adecuada de la realidad circundante.

Todas estas prácticas requieren esfuerzo. Y corren tiempos en los que no hay mucho deseo de emplear el vigor del ánimo para conseguir algo —mejorar la inteligencia— poco valorado por la mayoría.

Persuasión en política

Marina. Isla Cristina (20)

Una de las actividades más importantes de los que se dedican a la política es intentar convencer a los ciudadanos —persuadirlos— de que él y su programa de actuación son las mejores opciones y que, por lo tanto, merecen su voto.

Tradicionalmente, y de acuerdo con la ciencia de la retórica aristotélica, la persuasión se basaba en tres pilares: la autoridad moral del que hablaba (el ethos); las evidencias que constituían el sustento material de los argumentos que se exponían (el logos), y el pathos, que era la emoción que se daba al discurso para llegar a los sentimientos de la audiencia.

Hasta no hace mucho los políticos, para persuadir a sus conciudadanos, solían hacer uso de estos tres pilares, que existían en mayor o menor medida en éllos y en su discurso, con los que pretendían ganar el favor de los votantes.

En los tiempos que corren estos pilares han sido ampliamente subvertidos, suprimiendo unos y potenciando otros. Los que hablan, con frecuencia, carecen de autoridad moral para hacerlo: están sujetos a la sospecha de actividades ilícitas o claramente implicados en ellas. La evidencia ha sido sustituida en numerosas ocasiones por mentiras —postverdad la llaman algunos, fakenews otros— que se propagan por los modernos sistemas de comunicación con tal rapidez e intensidad que se hace difícil diferenciarlas de la verdad. El recurso a las emociones, al pathos, que aparece en último lugar como refuerzo de los dos primeros pilares, se ha convertido en la única fuente de legitimidad.

En toda Europa ganan terreno los populismos, los que no se basan en el ethos ni en el logos, sino solo en el sentimiento, en la emoción, en el pathos. Los ciudadanos están más predispuestos a la pasión que al análisis, y aceptan entusiasmados las mentiras que les cuentan. Abrazan emocionados las promesas que saben que no es posible cumplir, o que en caso de que se cumplan acarrearán males mayores que los que se trata de corregir.

Adquirir autoridad moral es difícil, y mantenerla aún más. Utilizar argumentos sólidos, basados en la verdad, es cada vez más escaso y —al parecer— innecesario. Parece que la actividad política va a quedar reducida solo a estimular emociones. Y éstas, si bien son necesarias, constituyen la faceta más manipulable del proceso de persuasión.