El lenguaje como instrumento de libertad

En los tiempos que corren se afirma con frecuencia que el lenguaje se está empobreciendo. Y parece que es así. Las encuestas internacionales sobre los niveles de educación inciden en la dificultad de los alumnos de algunos países —entre los que se encuentra España—para entender lo que leen o escuchan y para expresarse correctamente. Se apuntan múltiples razones entre las que los expertos destacan el escaso nivel de lectura y la incidencia de las nuevas tecnologías, proclives a utilizar pocas palabras y muchas de ellas abreviadas.

El gusto por conocer el significado de las palabras, por usar vocablos que permitan introducir matices en la comunicación, por enriquecer el vocabulario, se considera un divertimento de ociosos, cuando no directamente una forma como otra cualquiera de perder el tiempo.

Sin embargo, el ser humano es un ser sociable que se ve obligado a interactuar con otros seres humanos. Esta relación se produce a través del lenguaje y a lo largo de toda la vida. En el seno familiar, donde el vínculo está tan matizado por el amor, la riqueza del lenguaje no es tan importante. Pero en cuanto salimos a la sociedad la conexión con los otros se intensifica y ya no está tan protegida por el sentimiento. En las relaciones sociales se hace especialmente relevante la necesidad de entender lo que escuchamos y expresar lo que queremos decir. En el contacto con los demás la emoción no siempre juega un papel positivo, muy al contrario, a veces enturbia el mensaje, y el uso de las palabras adecuadas se hace más necesario que nunca.

Conocer con precisión lo que se nos dice y analizar adecuadamente los contenidos que nos llegan nos permitirá tomar decisiones informadas. Y el individuo que toma decisiones informadas goza de mayor libertad que el que actúa solo instintivamente. Poder expresar correctamente nuestras opiniones y decisiones, hacernos entender por nuestros interlocutores, nos ayudará a ser más libres. Por eso no podemos entender la riqueza del lenguaje como ejercicio para diletantes. El conocimiento del lenguaje es un auténtico instrumento de libertad.

Genética y voluntad

En los últimos años hemos asistido a uno de los acontecimientos científicos más relevantes: el descubrimiento del genoma humano. Saber cuál es la constitución genética completa del ser humano nos ha permitido conocer la existencia de multitud de genes, de mucho de los cuales se sabe ya su función concreta. Así hemos podido conocer que hay enfermedades que están unidas a la existencia de un determinado gen y que la enfermedad no se da, o se da muy pocas veces, en aquellos individuos que no tienen ese gen. E incluso se han podido añadir o suprimir genes, evitando la enfermedad.

De igual forma estos descubrimientos han facilitado el conocimiento de por qué se dan determinadas características en unos individuos y no en otros, Por ejemplo, el color del pelo, el de los ojos, la altura o el peso, e incluso algunas facetas menos concretas — la inteligencia, el carácter, etc.— se han vinculado a la presencia o no de determinados genes. Eso nos ha situado en la posición de creer que todo se reduce a la presencia o no de un determinado gen para que las cosas —también las personas— sean de una manera u otra.

Los científicos ya han advertido de que las cosas no son tan fáciles, ya que los genes que condicionan una determinada característica no son homogéneos en todos los seres humanos — hay varias formas de un mismo gen, polimorfismos— y además los genes producen su efecto, se expresan, mediante la producción de proteínas, proteínas que se interrelacionan con otros miles de proteínas y para cuya producción se necesitan otras circunstancias concurrentes, no todas genéticamente condicionadas. Pero estas advertencias vienen en la letra chica —la que no se lee— y no en los titulares, que son los que mejor se ven.

La creencia en que todo está genéticamente condicionado nos coloca en una situación de indefensión frente a lo que nos acontece y a lo que somos. Si nuestro carácter es insoportable, si no nos relacionamos bien, si somos obesos, si las cosas no nos salen como quisiéramos, etc., todo ello esta genéticamente condicionado, y por lo tanto nosotros no podemos hacer nada por remediarlo. Deberemos esperar hasta que la ciencia descubra algo que permita modificar el gen causante del problema.

Esta posición no es nueva. Ya en el pasado existieron —y aún existen— los providencialistas, los firmes creyentes en la teoría de la predeterminación. Según ellos todo esta predeterminado. No tiene sentido que nos esforcemos en nada porque, de todas maneras, ocurrirá lo que tenga que ocurrir. Sin embargo, la experiencia ha demostrado que esto no siempre es así, que la voluntad del hombre puede modificar las cosas. Y hay numerosísimos ejemplos de ellos.

Esta aparente contradicción —estamos condicionados por nuestra genética versus la voluntad puede modificar las cosas—, no es tal. Es evidente que nacemos con condicionantes genéticos. Pero nuestra actuación, regida por nuestra voluntad, puede modificar total o parcialmente esos condicionantes. Tendríamos que preguntarnos si, detrás de esa fe ciega en la genética, no se esconde nuestra pereza para, usando la voluntad, modificar aquellos aspectos de nuestra persona o de nuestra vida que deban ser cambiados.

Desprecio del esfuerzo

En los tiempos que corren el esfuerzo no está de moda. Si nos atenemos al diccionario, esfuerzo es el “empleo enérgico del vigor o actividad del ánimo para conseguir algo venciendo dificultades”. Y a lo que se ve, no estamos para eso.

Estamos convencidos de que podemos conseguir cualquier cosa sin esfuerzo. Nuestro entorno se ha encargado, y se encarga, de convencernos de que esto es así. La publicidad nos habla de aprender sin esfuerzo, adelgazar sin esfuerzo, hablar inglés sin esfuerzo, y tantas otras cosas. Y se nos ha repetido tanto, durante tanto tiempo, que nos hemos convencido. Para triunfar en cualquier tarea no es necesario el esfuerzo, basta con desearlo, ser habilidoso y -todo hay que decirlo-, pagar el precio estipulado para conseguirlo; aunque eso sí, sin esfuerzo.

En el pasado, fruto de la educación cristiana, se nos repetía que todo se había de conseguir con esfuerzo, y cuanto más grande fuera el esfuerzo, mas mérito tenía lo que conseguíamos. No importaba lo duro que fuera alcanzar esa meta, ni tampoco importaba si el esfuerzo a realizar era proporcionado. Lo importante era conseguir el objetivo, aunque para ello tuviéramos que pagar un precio –esfuerzo- quizás excesivo e innecesario.

En esos ciclos pendulares que tienes las sociedades, ahora toca lo contrario. Cuanto menos tengamos que hacer para conseguir una cosa, mejor. Los mensajes que hablan de la necesidad de trabajar –de esforzarse- para alcanzar una meta no están bien vistos. Y a los que dedican tiempo y trabajo para conseguir lo que desean se les califica de pobres gentes. Es evidente que nuestra sociedad no valora el esfuerzo como algo necesario y positivo, que hay que aplicar en su justa medida. No estamos nada dispuestos a hacer el esfuerzo adecuado –ni mucho ni poco, sino el necesario- para conseguir lo que deseamos.

Pero la realidad es tozuda y acaba imponiéndose. Porque no es fácil perder esos kilos que nos sobran, a pesar de la dieta milagrosa -pagada generosamente-, ni se puede aprender inglés sin dedicar horas y horas al estudio, ni mucho menos encontrar nuestro futuro sin emplear de forma enérgica nuestro vigor y actividad del ánimo. Y como no conseguimos aquello que estábamos convencidos de obtener sin esfuerzo, pues nos frustramos. Y una sociedad frustrada no progresa. Así son las cosas.

Sinceridad

Ser sincero es decir lo que se piensa o se siente. En nuestra sociedad la sinceridad es una cualidad que se considera como una virtud. Ser sincero es un valor positivo y su opuesto —ser insincero o, en cierto modo, mentiroso— es un valor negativo y, como tal, rechazado como virtud.
Esto, que como principio general es válido, no siempre es así. Hay ocasiones en que ser sincero puede ser cruel. En situaciones excepcionales la sociedad acepta la denominada mentira piadosa como un hecho positivo. Pero no es necesario recurrir a situaciones límite. En la vida cotidiana hay también muchas ocasiones en las que decir toda la verdad —¡ay, la verdad! —puede ser inconveniente. Entre otras cosas porque a veces la verdad del que habla no es la verdad del que escucha.
En el ejercicio de la sinceridad hay, como mínimo, dos interlocutores. Uno es la persona que está dispuesta a sincerarse y el otro es la que escucha las confesiones. Uno puede estar dispuesto a decir todo lo que piensa, pero no sabemos si el otro está preparado para oír todo lo que le digamos.
En estas situaciones, por muy buenas que sean nuestras intenciones, la sinceridad puede contribuir más al alejamiento que al acercamiento. La noble intención de ayudar al otro con nuestras confesiones puede abrir una brecha entre los dos en vez de acercarnos a él.
Como decía André Maurois, quizás ser sincero no sea decir todo lo que pensamos, sino no decir nunca lo contrario de lo que pensamos. La sinceridad solo puede ser entendida como virtud desde una perspectiva interpersonal, es decir, debe implicar la valoración del posible impacto en el otro de nuestras palabras, teniendo en cuenta hasta dónde podemos llegar sin herir a la otra persona.