Alina Antonescu

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Sabía que había sido una niña porque se lo dijo el detective privado.

—Efectivamente, como usted me había encargado, encontramos a Alina Antonescu. Aunque había cambiado de domicilio, en el que usted me dio sabían de ella. La ciudad no es muy grande y una emigrante que retornaba embarazada no era fácil que escapara a los cotilleos.

—¿Y…?

—Siguiendo sus instrucciones no hemos contactado con ella. Tuvo una niña, a la que puso de nombre Fresa. La madre y la niña están bien. La señora ha puesto una tienda de ropa. Averiguar su situación económica ha sido más complicado. Ha habido que actuar de manera discreta con el director del banco… usted ya sabe… lo digo por los honorarios.

—¡Vale, Vale! — intervino Raúl tenso e impaciente — Ya sabe usted que el dinero no es problema.

—Alina conserva en su cuenta la mayor parte del dinero que usted le dio y, según los ingresos y gastos mensuales, la tienda le da para vivir y mantener a la niña.

Raúl sacó del bolsillo interior de su americana un abultado sobre y se lo entregó al detective.

—Cuéntelo—, casi ordenó.

El detective echo una ojeada al interior del sobre y, tras guardarlo en un cajón de su mesa, se levantó.

—No es necesario, don Raúl. Ha sido un placer trabajar para usted —dijo tendiéndole la mano —. Y, además, me ha permitido conocer Rumanía. Por cierto… —

Raúl no dejó que terminara la frase. Estrechó la mano tendida a modo de despedida y salió a la calle.

Nunca le había gustado Madrid. Y ahora, con Trinidad ingresada, sus viajes a la capital eran aún más desagradables. Las visitas a su mujer se movían entre el dolor de verla convertida en una estatua de sal, inexpresiva, tan lejos de aquella Trinidad que llevó al altar, y la de sentirse culpable ¿en parte? ¿en todo? de su actual estado mental.

Tenía previsto visitar a su mujer y regresar esa misma noche a Sevilla, donde cogería el coche y regresaría a Lepe. Levantó la mano para llamar la atención del taxista y, tras acomodarse en el asiento trasero, masculló:

—A la Clínica El Paraíso, al final de Goya.

Durante el recorrido no pudo evitar que su mente volara a otro tiempo. Parecía mentira, pero apenas había transcurrido un año.

Acababa de hacer un ingreso en el BBVA y se lo topó al salir. Alejandro se dedicaba también al cultivo de la fresa y, aunque competidor al principio, habían desarrollado una cierta amistad al ver que había para todos.

—¿Qué tienes que hacer? —dijo Alejandro— Quiero enseñarte el nuevo sistema de riego que he instalado. ¡Estos judíos son la leche! Son capaces de regar una hectárea con un buche de agua.

—¡Ya será menos! Pero me coges con tiempo, así que vamos a verlo.

La finca de Alejandro no estaba lejos, pero en el sentido opuesto a aquel en el que Raúl tenía todas sus propiedades. Estaban en pleno proceso de plantación de la fresa y decenas de temporeros se inclinaban sobre los lomos de plástico negro. Alejandro llevó a Raúl al casetón donde estaba el control del sistema de riego, además de unos rudimentarios servicios para los trabajadores.

Al intentar entrar, Raúl cedió el paso a una mujer que salía en ese momento. Mil veces que le hubiesen preguntado, mil veces que hubiese respondido lo mismo. Fueron sus ojos, grandes, grises, casi blancos, los que se le clavaron como una saeta en lo más profundo de su ser.

No pudo evitar volverse para verla, pero ya caminaba hacia el tajo. Pudo ver algunos de sus mechones rubios que salían del pañuelo atado a la cabeza y poco más. Una amplia camisa de cuadros roja, un pantalón sucio y unas botas de agua completaban su atuendo.

—Fíjate el consumo, Raúl, apenas llega a…— peroraba Alejandro, intentando impactar a su invitado.

Pero Raúl ya no estaba. Aquellos ojos parecían haberlo cegado y solo veía aquel fulgor gris, al que ahora añadía una perfectamente ovalada cara, apenas intuida.

Trinidad López de Enterría miraba a su marido, que ojeaba desganadamente el periódico. Sentada en la terraza de la plaza, recibiendo el tibio sol del mediodía, a ella le pareció un buen momento para abordar de nuevo el tema.

—He hablado con Juanita, la de Alejandro. El mes que viene viajan a Rusia para el primer contacto con el niño.

Raúl levantó los ojos hacia su mujer con la misma desgana que leía el diario.

—Pero Trinidad, ¡otra vez con la misma! Ya lo hemos hablado muchas veces. Solo llevamos tres años casados y aún somos jóvenes. La adopción es un tema complicado. El ginecólogo ya nos dijo que siguiéramos intentándolo. Aparentemente no hay ninguna razón para que no tengamos hijos.

Trinidad hubiera querido decir que los niños eran importantes, pero que lo mas importante para ella, en ese momento, era él, y que veía como cada vez estaba más lejos. Hija de Adolfo, un acaudalado agricultor, su madre había fallecido al poco de nacer ella y su padre, que no volvió a casarse, apenas le dedicó tiempo. Tras unos meses de luto, Adolfo empezó a viajar con frecuencia, por negocios decía. Pero Trinidad luego comprendió que eran otras mujeres las que lo ocupaban, además de sus múltiples negocios. Ella creció al cuidado de una tía, ya muy mayor, y siempre echó de menos las caricias de su padre.

Era una mujer muy hermosa. A los veinte años habían aflorado ya todas las promesas que encerraba su juventud. Su cabeza, con pelo negro como el azabache, ojos grandes, azules, brillando en una cara de ovalo perfecto y cutis inmaculado, emergía de un cuerpo escultural de mediana estatura.

A pesar de ello Trinidad nunca se sintió segura de sí misma. Aunque no se podía afirmar que fuera una mujer triste, siempre había un punto de tristeza en sus ojos que delataban un animo tendente a la melancolía.

Tuvo varios pretendientes, que nunca parecieron bien a Adolfo. —Eres mi hija y no te vas a casar con cualquiera— le repetía ante cada posible candidato. Efectivamente era la hija de un rico propietario y cualquier aspirante no era bueno para su hija. Además, solo tenía veintiún años y todavía había tiempo.

Y en esto llegó Raúl. Para Adolfo, éste aportaba casi las mismas propiedades que él tenía y, además, la mayor parte de las fincas eran colindantes con las suyas, por lo que era un buen candidato a priori. Trinidad sabía que era un buen partido y mas de una mujer del pueblo se hubiese sentido afortunada si él le hubiese propuesto matrimonio.

El muchacho era guapo y agradable, si bien algo reservado. Trinidad pronto empezó a recibir lo que nunca había tenido: cariño y dedicación. Y acabo perdidamente enamorada de él. Durante el noviazgo, que duró un año, la visitaba casi a diario y salían con frecuencia, eso sí, siempre acompañadas por la carabina de su tía que, afortunadamente, casi no se enteraba de nada, especialmente si estaba degustando una taza o un helado de chocolate — según la época— que le encantaban.

La boda fue una de las mas sonadas de la comarca. Suegro y novio tenían posibles y los contrayentes eran dos hermosas criaturas. No faltó nadie. Y aquella noche durmieron en un hotel de la costa.

Raúl era hombre experimentado en mujeres y Trinidad era virgen. De forma habilidosa fue desmontando el pudor y las resistencias de la muchacha y la noche de bodas fue inolvidable para Trinidad.

Tras la boda el carácter de Trinidad cambió, mostrándose más alegre y sonriendo con frecuencia.

Raúl se daba cuenta de que su cabeza se iba demasiadas veces a los ojos de aquella mujer que apenas entrevió en la finca de Alejandro, aunque sus numerosas ocupaciones no le permitían pensar mucho en ello. Además, periódicamente, visitaba un prestigioso y discreto burdel de Huelva, donde satisfacía las fantasías que no se atrevía a pedir a su mujer, quizás porque pensaba que no eran propias de una mujer decente.

Aquella mañana de domingo acompañó a Trinidad a la iglesia. No era hombre de misas, pero su mujer se lo había pedido y él accedió gustoso.

—¡Ven conmigo Raúl! —le había dicho por la mañana— que parezco viuda. Nunca me acompañas.

Raúl la quería. A su manera, pero la quería. Aún continuaba enamorado de ella, pero de una manera mas templada, quizás fruto del tiempo transcurrido.

En la iglesia ocuparon los asientos pegados al pasillo central y allí, a la mitad de la misa, un escalofrió le recorrió la espina dorsal. En la fila de personas que regresaban de la comunión la volvió a ver. Vestía una falda algo corta, que permitían ver buena parte de sus hermosas piernas, un top que silueteaba a la perfección su proporcionado pecho. Pudo admirar el intenso color rubio de sus pelos, aunque solo pudo intuir sus ojos, inclinados hacia el suelo en señal de respeto.

El resto de la misa se le hizo insoportable. No sabía por que, pero se agitaba en su asiento, como si una legión de pulgas lo atacaran. En cuanto el sacerdote dio la venia, le susurró a su mujer.

—Me estoy mareando un poco, te espero a la salida.

Salió al pasillo y escruto sin discreción a derecha e izquierda buscándola y, ya casi al final, se encontró con aquellos ojos que le habían impactado pocas semanas antes. Ella también lo miro y sus miradas se cruzaron. Raúl noto que su corazón se aceleraba, pero tuvo que volver a la realidad. La gente se agolpaba tras él para salir y tuvo que ceder el paso. Cuando miro de nuevo a donde ella estaba, ya había desaparecido.

Trinidad llegó a su altura.

—¿Salimos? ¿Estas mejor?

Dominando su agitación Raúl respondió.

—Si, gracias. Ya estoy mejor. ¿Nos vamos?

Trinidad se asió al brazo de su marido y emprendieron el camino de la plaza, donde habían quedado con unos amigos para tomar una copa.

Los días siguientes fueron tensos para Raúl. Aunque el trabajo le ocupaba la mayor parte del día, la imagen de aquella mujer se aparecía con una frecuencia cada vez mayor ante sus ojos.

Aquella mañana se encontró con Alejandro y no se pudo aguantar.

—Alejandro, necesito hablar contigo. Tu prácticamente has terminado la siembra y a mi aun me queda un buen rato. Me gustaría que, si tu no los necesitas, me pasaras a algunos de tus jornaleros.

—Sin problema Raúl. Efectivamente al final de esta semana pensaba ir al gestor para despedir a la mayoría.

—Pues si no te importa el sábado me paso por tu finca, vemos cuantos necesito y tu ya me dices cuales son los mas trabajadores para contratarlos.

No quería que se le notara, pero estuvo especialmente inquieto hasta el sábado. Llegado el día se acercó con su encargado, un cincuentón de nombre Mariano, a la finca de Alejandro, que había reunido a su personal.

—Mira, te he puesto en un papel el nombre de los mas apañados. Hay hombres y mujeres, porque hay tías que valen mas que algunos hombres. La mayoría son rumanos y hay algunos marroquíes. Negros no tengo, ya sabes que no me gustan.

Raúl se dirigió al grupo, que permanecía en las cercanías del barracón que les servía de dormitorio y fue nombrando uno a uno. Al mencionar el nombre de Alina Antonescu emergió de detrás del grupo la mujer que ocupaba su mente desde hacia semanas. Raúl no pudo disimular su satisfacción. No había tenido que hacer más indagaciones. Lo que el venía a buscar, afortunadamente, había aparecido pronto.

—Estos que he nombrado, si queréis, podéis seguir trabajando conmigo, en la misma tarea. Las condiciones son las mismas que hasta ahora. ¿Alguno o alguna no esta de acuerdo?

Ante la general negativa prosiguió.

—El lunes a primera hora os llegáis a la gestoría y allí os estará esperando Mariano, mi encargado. Cuando firméis los contratos él os llevará y os instalará en la finca.

Para Raúl la necesidad de ver a Alina se convirtió en una obsesión. Prácticamente cada día, para sorpresa del encargado, encontraba una excusa para visitar la finca y comprobar in situ las labores de siembra. Interrogaba a los jornaleros del tajo sobre la tarea que estaban realizando, y no desaprovechaba ocasión de acercarse y preguntar algo a la muchacha, que levantaba sus adorables ojos para responderle en un español progresivamente más entendible.

La siembra finalizaba y había que despedir a la mayoría, a la espera de la recolecta.

—Yo creo que deberíamos quedarnos con alguno, para ayudar aquí en la finca, mientras que empieza la cosecha. Así nos evitamos tener que empezar desde cero cuando llegue enero —dijo Raúl a un Mariano sorprendido—. No pongas esa cara. A tu mujer seguro que le viene bien una ayuda en el trajín de la casa.

Mariano conocía a su jefe desde siempre. Lo había visto nacer. Y conocía sus habilidades y debilidades. Pero nunca había visto lo que empezaba a intuir. Había sido testigo de las idas y venidas del joven y empezaba a sospechar que aquellas visitas no estaban condicionadas por el trabajo, que él controlaba perfectamente, sino por la presencia de aquella muchacha rumana, Alina, a la que tenía que reconocer era muy atractiva, a pesar de la fea ropa de labranza que usaba habitualmente.

—Tu dirás con quienes nos quedamos. Pero para la casa tendría que ser una mujer —dijo, adivinando los deseos de Raúl.

—Si, claro. Para ayudar a tu mujer tiene que ser una chica—. Mariano enarcó las cejas, como adivinando lo que iba a decir a continuación —¿Que te parece la chica rumana esa, como se llama? — Raúl intentaba disimular la tensión que lo embargaba.

—Alina …—dijo Mariano para aliviar a su jefe— Alina Antonescu se llama. Es buena chica y muy trabajadora.

—Eso es, Alina. No me acordaba —Raúl respiró aliviado — Pero quizás estaría mejor que se mudara a la casa. El dormitorio de los jornaleros no es muy cómodo y, además, así estaría más cerca de tu mujer y de sus nuevas tareas.

Mariano dudó si decirlo, pero al final se decidió.

—Como tu mandes Raúl. Nadie mejor que tú sabe lo que le interesa. Pero debes tener cuidado. Un hombre se debe a sus compromisos. Y los tuyos ya los sabes.

Raúl, cegado por la emoción, no quiso —o no supo— entender sus palabras.

—Si Mariano, de acuerdo. Encárgate tu de todo. Voy a hablar con ella para explicárselo.

Las visitas de Raúl a la finca siguieron en las semanas siguientes. Alina había cambiado la ropa de trabajo en el campo por una mas adecuada a las tareas de la casa, lo que permitía contemplar su belleza con plenitud. Raúl charlaba con ella casi a diario y, poco a poco, la chica empezó a enamorarse de aquel hombre guapo y simpático, que la colmaba de atenciones.

La primera vez que la invitó a dar un paseo por la finca en el todoterreno quiso resistirse. Pero las palabras del hombre la sedujeron. Y recorrieron la finca, con un Raúl exultante, que le contaba encantado las características de los distintos cultivos.

Mariano y su mujer, cuando llegaba el dueño, se inventaban una excusa para no estar presentes en la casa. Siempre había labores que hacer en la finca, pero fuera de la casa. El carácter dulce de la chica y su trabajo hizo que también Mariano y su mujer fueran encariñándose con Alina. Además, la pareja no había tenido hijos y, sin apenas darse cuenta, la joven empezó a ocupar poco a poco ese espacio, para ellos desconocido.

Una mañana, en uno de los paseos, Raúl se acercó por detrás y, enlazándola suavemente por la cintura, la besó con dulzura. Alina, ya perdidamente enamorada, respondió a aquel beso que la llenaba de felicidad.

Roto el dique, las aguas se desbordaron, dando comienzo a una tórrida relación, en la que Raúl vivía solo para Alina.

La frecuente presencia de Raúl en la finca y sus paseos con la rumana pronto fueron pasto de los comentarios, primero de los otros empleados de la finca y luego de los que acudían a la hacienda por motivos laborales. Empezado el proceso, pronto llegarían las murmuraciones al pueblo y quizás, pensó Raúl, a su mujer. La historia de amor entre un adinerado propietario y una trabajadora rumana era lo suficientemente atractiva como para no poder frenarla. Había que pensar algo que detuviera el cotilleo.

Raúl estuvo varios días dándole vueltas al asunto hasta que se atrevió a confesárselo a Alina.

—La gente ya empieza a hablar más de la cuenta de nosotros y pronto, queramos o no, llegará a los oídos de mi mujer. Nunca te he engañado, Alina. Te quiero con locura, pero sabes que, hoy por hoy, no puedo romper mi matrimonio con Trinidad. Hay demasiadas cosas en juego, y no sólo dinero. Su salud también es un problema.

Alina lo miró con aquellos ojos grises que lo tenían cautivado desde que la conoció, en esta ocasión algo turbios por el llanto.

—Lo entiendo. Tu te debes a tu mujer. Yo ya sabía que esto no podía durar para siempre. Dejaremos de vernos.

Raúl, aterrado, casi le gritó.

—¡No, no quiero que dejemos de vernos! ¡No podría vivir sin ti! Tenemos que encontrar otra solución.

Alina lo miraba sin comprender.

—¡No se que otra cosa podríamos hacer!

Raúl la abrazó con fuerza, acariciándole el cabello con dulzura.

—He pensado algo que quizás te extrañe, pero que podría ser la solución. Le he dado muchas vueltas y creo que es lo mejor para todos —Alina seguía mirándolo sin entender—. Una mujer casada, que vive con su marido, no está tan sujeta a las murmuraciones.

Los maravillosos ojos de Alina pasaron del llanto a la sorpresa.

—¿Qué quieres decir?

—Que, si tú estuvieras casada y vivieras con tu marido en esta finca, como ya hacen otras parejas, no habría nada que criticar. Nosotros seguiríamos nuestra relación con discreción y acabaríamos con las murmuraciones.

—¡Pero! …— se atrevió a balbucear la muchacha.

—He pensado en todo Alina, en todo menos en perderte. ¿Conoces a Anastas, a Anastas Apostolov?

—Sí, claro. Trabaja en la finca y es un buen compañero. ¿Por qué?

—No digas nada hasta que termine. Sé que es extraño lo que voy a proponerte, y duro para los dos, pero no estoy dispuesto a perderte ¿lo estas tú?

Las lagrimas asomaron de nuevo a los ojos de Alina, que negó enérgicamente con la cabeza.

—Anastas trabaja como temporero en la finca y es una buena persona. Todos lo dicen y hasta tú coincides en ello. Además, es soltero. Lo he sondeado y le he ofrecido un contrato de trabajo fijo y una buena cantidad de dinero, que le ingresaría en una cuenta en Rumanía, de la que podría disponer dentro de un año. Como condición tendría que casarse contigo, vivir juntos y garantizarme que te respetaría siempre. Esto nos daría un margen de tiempo hasta ver otras posibilidades. Todo menos dejar lo nuestro.

Alina no salía de su asombro. ¡Casarse con Anastas, cuando ella a quien quería era a Raúl! Las dudas que pudiera expresar Alina fueron acalladas con un largo beso de Raúl.

—Yo tampoco quiero verte casada con otro hombre. Pero sé que Anastas te respetará. Sabe que soy capaz de matarlo si se atreve a ponerte una mano encima.

Fueron necesarias muchas mas explicaciones por parte de Raúl, pero la ceguera de su amor fue diluyendo los reparos. Le aterraba la idea de perderlo y el matrimonio propuesto, a pesar de todo, se antojaba más llevadero que no volver a gozar de sus caricias.

La ceremonia fue muy comentada en Lepe. Raúl se encargó de todo y echó el resto para que todo el pueblo viera como “la rumana” se casaba con “el rumano” y aparentaban estar muy enamorados. Tras la ceremonia, su chofer se encargó de llevar a la pareja a un hotel de Sevilla, donde se habían reservado previamente dos habitaciones. Tras dos días en la ciudad de la Giralda, la pareja fue llevada de nuevo a la finca, donde se instalaron en un pequeño apartamento que se había hecho en uno de los pabellones de los obreros.

Anastas se reincorporó a sus labores en el campo y Alina a las de la casa. El tiempo confirmó que Anastas cumplía su compromiso y Alina y Raúl reanudaron sus relaciones, ahora con mucha mas discreción que en el pasado.

El tiempo y afecto que Raúl le dedicaba empezó a declinar muy lentamente al año de la boda, y ya habían pasado mas de tres años. Al principio, Trinidad se lo achacó al trabajo. Su padre había enfermado y tenía dificultades para llevar sus negocios, empresas que ella sabía que acabarían siendo suyas, siendo hija única como era. Adolfo fue dejando el control de sus empresas poco a poco en manos de Raúl, aunque no la propiedad. Ello sobrecargó de trabajo a su marido, que ya estaba menos tiempo con ella y le dedicaba menos atención.

Por otro lado, el tiempo pasaba y no se quedaba embarazada y ella pensó que esto también influiría en la actitud de su marido. Se sintió culpable hasta que el ginecólogo, tras estudiar a la pareja, les informo de que no había ningún problema, que quizás fuera el estrés, por lo que no había razones para la preocupación.

Trinidad era conocedora de que Raúl había tenido muchas aventuras antes del matrimonio y tenía la certeza —¿quería tenerla? — de que tras el matrimonio le había sido fiel. Pero en los últimos meses empezó a pensar que no era así, que su marido tenía alguna aventura. El sexo se espaciaba y los pocos ratos que estaban juntos lo notaba distante. Esto hizo que empezaran a emerger en ella la tristeza y los celos.

Primero fueron dudas difusas, pero empezó a hacerse preguntas. No podía entender que obligaciones perentorias obligaban a Raúl a ir casi todos los días a la finca, cosa que no había hecho antes. Quizás, pensaba, no iba a la finca y se iba a otro sitio, con otra mujer. La tristeza fue creciendo, hasta el punto de consultar con su médico, que la diagnosticó de depresión y puso en tratamiento.

Pero ella pensaba que la tristeza no se arreglaría con pastillas, ella estaba convencida de que era por su marido. La amargura y los celos de Trinidad fueron creciendo. Su educación le impedía montar follones, pero la sospecha era cada vez mas firme, por lo que se decidió a aclarar la situación.

—Raúl, me gustaría que me llevaras un día de estos a La Trinidad. Hace tiempo que no veo a Mariano y a su mujer, Luisa, y me apetecería saludarlos y charlar un rato con ellos.

Aunque no le gustó la petición, Raúl acepto porque sabia del afecto mutuo que se profesaban la pareja y su mujer, y además no encontró excusa para negarse. Así, una tarde la llevó a la finca.

Los caseros se alegraron sinceramente al ver a Trinidad. La conocían desde niña, si bien la relación fue mas intensa tras su matrimonio con Raúl. Aunque la pareja fue la que atendió a la señora, Alina fue la encargada de servir el café tras la comida.

Atenta como estaba a todas las reacciones de su marido, Trinidad pudo percibir con nitidez aquella mirada que se dirigieron su marido y aquella muchacha de ojos grises. Aunque fue fugaz, supo que aquella mirada nunca se la había dirigido su marido a ella, que el breve encuentro de los ojos encerraba un amor que ella ya no poseía. Y tuvo la certeza de que aquella chica era la que le había robado el amor de su marido.

A la hora de la despedida Trinidad intentó de forma discreta sonsacar a Luisa. Pero sus labios, al igual que los de su marido, estaban sellados por su fidelidad a Raúl y el temor a sus represalias.

La situación de Trinidad siguió empeorando. A pesar del tratamiento del psiquiatra —al que se había decidido a ir tras meses de llanto y angustia— su estado de ánimo era cada vez peor. Apenas salía de casa, se desconectó de las escasas relaciones que tenía en el pueblo y los celos fueron carcomiendo su espíritu. Raúl evitaba estar con ella: llegaba tarde y, cuando lo hacía, las escasas palabras eran sobre temas intrascendentes. Cuando Trinidad intentaba aclarar la situación se encontraba con un mutismo absoluto y, en algunos casos, con la marcha de su marido a la calle con cualquier excusa.

La situación era cada vez más difícil. Aunque mantenían un mínimo de apariencia ante el pueblo, de puertas adentro la comunicación había cesado y hacía meses que dormían en habitaciones separadas. Y Trinidad decidió que aquello no podía seguir así, sacando determinación de donde solo había dolor, se dijo a si misma que pasara lo que pasara, aquello no iba a seguir así. Ella tomaría medidas para que la situación no siguiera como hasta entonces. Y se puso a la tarea.

Era noviembre y, aunque suave, el frio ya se había instalado. Raúl, como en los años previos, había iniciado en octubre sus escapadas de caza cada vez que el trabajo se lo permitía. En el pasado, Trinidad lo había acompañado en alguna ocasión en una actividad que le gustaba. Había aprendido a manejar la escopeta con su padre y conocía bien las artes de la caza.

Aquel viernes, al regresar su marido a casa, ya bien entrada la noche, le había dicho.

—Mañana salgo a cazar. No me esperes. Vendré tarde.

—¿Con quien vas?

—Voy solo. Alejandro iba a venir, pero me acaba de llamar diciendo que no puede.

Trinidad dudó un instante, pero enseguida reaccionó.

—Si quieres te acompaño. Si vas a La Trinidad puedo ir contigo y así no estas tan solo. Sabes que me manejo bien y que no te estorbaré.

Raúl reprimió la mueca de desagrado que esbozaba su rostro. No sabía que responder. No le apetecía la idea, pero por otro lado era una oportunidad de darle una pequeña alegría a aquella persona que, aunque ya no era amada, era su mujer y aún sentía cariño por ella. Así que se decidió.

—De acuerdo, mañana sábado nos vamos de cacería. Para que tú no madrugues saldremos a las 9, si te parece.

Trinidad le dio las gracias y estuvo tentada de iniciar una caricia, pero la actitud distante de Raúl refrenó sus deseos.

—Bueno, pues hasta mañana— susurró Trinidad camino de su dormitorio.

La mañana era fría, pero el sol, ya en lo alto, calentaba el campo, elevando algunas nubes de vaho. La mañana se había dado bien. Catorce conejos en el Land Rover lo acreditaban, 5 de los cuales habían sido abatidos por Trinidad, demostrando su buena puntería.

En el camino de vuelta habían hablado poco, como de costumbre. Tras una primera felicitación por parte de Raúl por las piezas cobradas, su marido se había envuelto en un espeso silencio y Trinidad constataba que aquello no tenía remedio, que la existencia de aquella mujer, de aquella ladrona, había cegado su futuro, quizás ya de forma definitiva.

Raúl aparcó el todoterreno cerca de la casa y se disponía a sacar las escopetas y la caza. Mariano había salido al oír el coche, para ayudar al patrón. En ese momento Trinidad la vio. Alina salía de su casa camino de la hacienda, dispuesta a prestar ayuda y, de camino, poder ver a Raúl.

La visión de la joven demudó el rostro de Trinidad. De pronto lo vio, aterrorizada. No, no eran figuraciones suyas. El tamaño del vientre de la muchacha le hizo comprender que estaba embarazada, y de pronto la certeza de que era un hijo de Raúl le cayó como un mazazo en la cabeza. Todas las sensaciones se agolparon de pronto, ahogándola. Aquella mujer había destrozado su vida y, si le quedaba alguna duda, le iba a dar a su marido lo que ella no había podido darle, un hijo. De pronto tuvo la certeza de que había perdido definitivamente a Raúl, y aquello fue mas de lo que su mente podía soportar.

Sin decir palabra se dirigió al coche, cogió una de las escopetas y metió un cartucho de los que aún llevaba a la cintura. Se dirigió hacía Alina y sin dudarlo, le apuntó y le disparó. No acertó a ver los efectos de su acción, porque cayó al suelo, privada de conocimiento.

El sargento de la Guardia Civil se acercó, después de inspeccionar el cadáver.

—Ya viene el juez para levantar el cadáver. Ha sido un caso de mala suerte don Raúl. ¿Cómo esta su señora?

Trinidad había sido llevada al interior de la finca, donde permanecía con los ojos horriblemente abiertos y muda. El médico, que había sido avisado junto a la Guardia Civil, la atendía.

—Mal, como quiere usted que esté después de lo ocurrido. El médico le ha inyectado un sedante y ahora no esta en disposición de hablar.

—No se preocupe usted. Para mi con su testimonio y el de Mariano es suficiente. ¿Cómo dice usted que se llamaba el difunto?

—Anastas, Anastas Apostolov. Trabajaba conmigo y era el marido de una de mis trabajadoras.

—¿Y la viuda del difunto? Tengo entendido que está de cuatro meses.

—Así es. ¿Cómo cree usted que va a estar? Este desgraciado accidente ha sido horrible para todos y para ella… calcúlese. Está en la cocina, atendida por Luisa, la mujer de Mariano. ¿Quiere usted hablar con ella?

—Ahora mismo no hace falta, ya mañana, cuando esté mas tranquila, la acerca usted al cuartel para las diligencias.

Los hechos habían sido terribles, pero aquello no debía, no podía trascender.

—¡Lo ocurrido ha sido un accidente, Mariano! — fue lo primero que le salió a Raúl, dirigiéndose a su encargado, mientras que se dirigía hacia el herido.

Luisa salió de la casa y miró asombrada a la escena. Anastas en el suelo, con una enorme mancha de sangre en el pecho, el patrón junto al herido y Alina aterrorizada a su lado, con la cara demudada, temblando como un azogado. Trinidad, en el suelo, inconsciente, atendida por su marido.

Raúl, tras comprobar que Anastas estaba muerto, abrazó a Alina y le susurró al oído.

—¡Hay que ser fuertes Alina, esto no puede romper nuestras vidas! Vete con Luisa a la cocina y no salgas hasta que yo te llame — y dirigiéndose a Luisa, ya en voz alta — ¡llévatela dentro y llama al médico y a la Guardia Civil! Ha ocurrido una desgracia, un accidente fatal

La muchacha se dirigió al interior de la casa con una asombrada Luisa, que no sabía que decir, aunque la presencia de su marido junto al amo la tranquilizaba

Tras comprobar que, aparentemente, no había nadie mas en la finca, Raúl se agachó junto a su esposa y le cogió el pulso.

—Trinidad esta bien, ha sido un desmayo.

Mariano se incorporó y miró fijamente a su patrón, con el que llevaba muchos años y al que apreciaba sinceramente.

—Mariano, ¡esto ha sido un accidente! — dijo, mientras cogía fuertemente por los hombros al encargado —. Mi mujer no quería matar a nadie. ¡Ha sido un accidente! — dijo alzando la voz. — Si esto se llega a saber es la ruina para mi mujer, para mi, e indirectamente para vosotros. ¿Lo entiendes Mariano?

El hombre agachó la cabeza y ayudó a Raúl a llevar a la casa a Trinidad, que seguía en el suelo sin dar señales de vida.

Trinidad continuaba sin hablar y el médico aconsejó que fuera vista en Sevilla por algún neurólogo o psiquiatra. Él no encontraba más motivo para su mutismo que el shock que debió sufrir al haber causado la muerte accidental de aquel hombre y su conocimiento no daba para más. Tras la pertinente consulta, se decidió ingresarla en una clínica psiquiátrica.

El juez cerró las diligencias de aquel desgraciado hecho calificándolo como accidente. El testimonio de don Raúl era claro: la escopeta se había disparado al caérsele a Trinidad al suelo, hecho corroborado por Mariano, el encargado de la finca. Y no había más testigos. La causante involuntaria, doña Trinidad, no estaba para interrogatorios. Aunque el juez era reacio, las influencias de Raúl fueron suficientes para vencer su resistencia. Anastas Apostolov fue conducido al cementerio de Ayamonte, donde se le dio cristiana sepultura.

Don Francisco

Retama o Genista. Flores (1)

El cabo García se detuvo ante el gran portalón abierto de par en par. Harinas Molina ponía en la pared con unas letras de un rojo desvaído. Dentro ruido de la gente que, tras la ceremonia de la boda, se congregaban alrededor de las mesas del banquete.

—No sé si podré ir —le había dicho tres días antes a don Antonio, el dueño del cortijo Los Mimbrales —estoy recién llegado y tengo que enterarme de cómo está el puesto.

Aunque podía parecer una excusa, era verdad. Acababa de llegar hacía cuatro días al pueblo como Comandante de Puesto de la Guardia Civil y el pueblo no parecía fácil. Estaba en zona de bandoleros y por otro lado los robos eran frecuentes. Aunque él ya conocía el problema. En la provincia de León, de donde venía, la gente también pasaba hambre y menudeaban los hurtos. Además, los montes de León acogían todavía a algunos comunistas fugitivos de la justicia.

—No puede usted faltar, cabo. Se me casa la única niña que tengo y su presencia es fundamental. Van a ir todas las autoridades del pueblo y usted para mí es de las más importantes —don Antonio se movía entre el ruego y la autoridad que le daba ser uno de los dos ricos del pueblo—. No le voy a ocultar lo que todo el pueblo sabe, aunque no lo diga. La niña se tiene que casar y su novio ha respondido como tiene que responder un hombre. Es el hijo de Casimiro, el del Puntal —el cortijero proseguía dando por sentado que al cabo le importaban aquellos pormenores — así que ya sabe, el domingo a las 12 es la boda y, si no puede ir a la ceremonia, le esperamos al menos para el almuerzo.

Mirando hacia dentro —quizás deformación profesional— de un vistazo se hizo con la situación del interior del almacén. Se habían retirado todos los sacos a un rincón y había quedado un amplio espacio donde se habían instalado numerosas mesas donde ya empezaban a acomodarse los invitados. Al fondo, ya en el patio, una gran candela y un ajetreo de empleados del cortijo preparaban las viandas y bebidas.

—Le agradezco mucho que haya usted podido venir, cabo — se dirigió a él don Antonio en cuanto lo vio entrar—, venga que le acompañe al sitio que le hemos asignado, si usted no tiene inconveniente.

Se dirigieron a una de las mesas, cerca de la cabecera, donde estaba sentada, entre otros, una señora de unos cincuenta años y a su lado otra más joven, que lo miraban con interés.

—Doña Catalina, viuda de guerra, y su hija Antoñita. El cabo García, recién llegado a nuestro pueblo— fueron las palabras de presentación.

El cabo estrechó las manos que le tendían blandas las mujeres, y a continuación fue saludando al resto de los invitados que ocupaban la mesa.

—Que suerte hemos tenido Antoñita—doña Catalina miraba al cabo, pero hablaba a su hija—. Seguro que el cabo tiene un montón de cosas interesantes que contarnos.

 

 

La conversación fue trascurriendo por el camino esperado. Todos esperaban conocer más de la vida del cabo y este se reservaba lo que podía. Bien parecido y soltero —este hecho se había corrido como la pólvora desde su llegada— lo convertían en un perfecto candidato para algunas de las solteras de postín que aún quedaban en el pueblo.

Entre pregunta y no respuesta el cabo se fijó —por el hueco entre la cabeza de doña Catalina y la de Antoñita— en una mesa algo alejada, al otro extremo de la cabecera, donde le llamó la atención una figura masculina. Era un individuo muy alto, que sobresalía sobre todos los de su mesa, vestido con una chaqueta gris —imaginaba que sería un traje completo del mismo color— de la que destacaba su tamaño, anormalmente larga, a modo de levita, con dos amplias aberturas en los laterales.

—Y dice usted que de León. Allí debe hacer mucho frio y debe nevar. Aquí solo vimos la nieve el año pasado. Creo que todo el pueblo recordará siempre el año 1952 como el año de la nevada.

Antoñita no dejaba de mirar al cabo y éste empezaba a sentirse incómodo.

—Así es, doña Catalina. Allí en el norte las cosas son distintas. Aquí en su pueblo no debe hacer mucho frio.

—No crea usted, que en invierno pasamos frio ¿verdad Antoñita? En estas campiñas no hay mucha leña y hay que ir lejos, a la sierra, a cogerla.

García seguía mirando al grandullón de la larga chaqueta gris. No sabía si era su aspecto lo único que llamaba su atención hasta que se dio cuenta de que no era eso solo. El individuo llevaba frecuentemente las manos de la mesa a los bolsillos laterales de la chaqueta, en una especie de ritual que le pareció extraño.

Finalizado el almuerzo, la gente empezó a levantarse. El cabo García se despidió de aquellos con los que había compartido la mesa e hizo ademán de retirarse. Pero don Antonio se acercó acompañado del alcalde, que saludó efusivamente al cabo, y hubo que conceder más tiempo.

El cabo García aprovechó la intrascendente conversación para fijarse más en el objeto de su atención. Ya de pie, la figura del hombre de gris era más impresionante. Debía medir casi dos metros y, aunque no gordo, su figura era corpulenta. Efectivamente llevaba un traje gris y la vista completa le sorprendió aún más. Efectivamente la chaqueta era especialmente larga y tenía unos grandes bolsillos laterales, sin pestaña que cerrara la entrada a los mismos. Además, pudo notar que el color gris de la entrada a los bolsillos era de un color ligeramente diferente al del resto.

El alcalde requirió su atención.

—Permítame que le presente a don Luis, el farmacéutico. Estaba de viaje y no pudo ir a saludarle cuando usted se incorporó.

Pero el cabo García seguía pendiente del hombre de gris. Los camareros seguían pasando con pastelillos y, ya más cerca, pudo comprobar el sentido de las maniobras que realizaba con sus manos. Cada vez que pasaba un camarero cogía un pastelillo con cada mano y los depositaba en los bolsillos de la chaqueta, que ya abultaban a ambos lados de su corpachón.

La atención se transformó en sorpresa. Aquel hombre llevaba todo el tiempo recolectando comida que guardaba en sus bolsillos. No era un hurto en sentido estricto, pero no le parecía correcta la actitud de aquel individuo. Por otro lado —pensó— era evidente que no solo él se habría dado cuenta. Pero no notó ninguna cara de extrañeza entre las varias personas que lo habían acompañado en la mesa, ni en los que iba saludando.

—Buenas tardes señores —se acercó al grupo don Aniceto, el párroco—. Perdonen que les robe unos minutos al cabo, pero quiero hablar con él de cosas de Dios.

Los dos hicieron una aparte y el cura, que ya no cumpliría los 70 años —porque ya los había cumplido hacía tiempo— le soltó directamente.

—No sea usted duro con Pepillo. Sé que lo tiene desde ayer en el calabozo, sé que robo dos gallinas a Ambrosio el herrero. Pero también sé que él es el único sustento de su familia. Su mujer está enferma y sus tres chiquillos deberían comer todos los días.

—Don Aniceto, sé que estamos viviendo tiempos duros, pero la ley hay que respetarla. No podemos dejar sin castigo su incumplimiento.

—Tiene usted razón cabo, pero debemos considerar la situación en que estamos… El señor nos pide misericordia, como la que Él nos concede.

El cabo miró largamente al cura.

—De todos modos, hoy pensaba soltarlo. Aunque veremos que dice el juez de paz. Yo tengo que hacer el atestado.

—Del juez no se preocupe usted, ya me ocuparé yo.

Mientras que hablaba con el párroco desvió en varias ocasiones la mirada hacia el hombre de gris, que continuaba saludando a unos y otros. Don Aniceto se había apercibido.

—Veo que mira usted a don Francisco. Como es nuevo en el pueblo le extrañará su actitud.

—Disculpe mi curiosidad, pero me ha llamado mucho la atención lo de la chaqueta y los bolsillos. ¿Por qué lo hace?

Don Aniceto, condescendiente, accedió a explicarle la situación.

—Veo que usted no lo conoce. Don Francisco y su señora se han hecho, buscando al varón, con siete hijas. Aunque él trabaja, dentro de su profesión, todo lo que puede, no da abasto para alimentar tantas bocas. Así que recurre a guardar parte de lo que le ofrecen para llevarlo a casa.

El cabo no salía de su asombro.

—Pero no sería mejor que le ayudaran económicamente. Usted es cura y sabe de eso. La parroquia podría ayudarlo.

—Tiene usted razón… y no. Los tiempos que corren son malos. Hay muchas familias con más necesidades que él, y el dinero es muy escaso. Por otro lado, aceptar ayuda de la parroquia supondría reconocer que no es capaz de alimentar a su familia por sí solo. Y eso le puede. Ya sabe usted, la dignidad. Por eso prefiere recurrir a este sistema. Al principio nos resultó extraño, pero ya nos hemos acostumbrado y todos aparentamos que no nos damos cuenta. Se le invita a todas las celebraciones familiares, y él acude gustoso con la chaqueta que le ha hecho doña Pilar, su mujer, para este fin.

El cabo García miró con otros ojos al hombre que, a escasos metros de él, miraba con dulzura al niño que tenía en brazos su interlocutora.

—Acompáñeme, que se lo voy a presentar.

Cuando estuvo a su lado el cabo pudo comprobar que, efectivamente, era muy alto. Cuando captó la presencia del cura y el cabo, su cara se iluminó con una franca sonrisa.

—Don Francisco, permítame que le presente al cabo García, nuestro nuevo Comandante de Puesto. Cabo, don Francisco, el maestro del pueblo.

Fresa Antonescu

—Esta es la parada, señorita— dijo el conductor del autobús mirando ligeramente a su derecha —Esto es Lepe.

—Gracias— musitó Fresa Antonescu en un más que aceptable español.

Se levantó de su asiento, bajó, y se puso al lado del autobús, junto al conductor, que sacaba las maletas.

—¿La suya es la roja? — preguntó el conductor, contemplándola por primera vez de pie.

Ahora podía verla con detalle. Al subir al autobús tuvo una fugaz visión, especialmente de sus ojos, pero ahora podía contemplarla en todo su esplendor. Tendría sobre 20-22 años, de estatura mediana tirando a alta, con un cuerpo esbelto en que las curvas de su anatomía quedaban apenas cubiertas por unos ajustados leggins y un top que realzaba su busto. Una hermosa melena rubia se derramaba sobre sus hombros, enmarcando un perfecto ovalo de cara. Pero lo que impactaba de ella eran sus ojos. Grandes, rodeados por unas hermosas pestañas que dejaban ver unos ojos grises, casi blancos, que atravesaban como una aguja al que la miraba.

—Sí— dijo la chica, inclinándose para recoger su maleta —¿Dónde me dijo que estaba el hotel?

—Siga la carretera y en el segundo semáforo, a la izquierda. Es un hotel pequeño, pero está muy bien y tiene buen precio.

La joven inició su camino tirando de su maleta. En esta ocasión no fue el conductor el único hombre que la miró. Su forma de andar, casi felina, remarcaba sus formas, que oscilaban rítmicamente al andar. El conductor, pensativo, se preguntaba donde había visto antes esos ojos.

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Indecisión

Luís Gómez cogía siempre el autobús a las 7 y 13 de la mañana. Al menos esa era la hora prevista en la lista de la parada, y la hora a la que a Luís Gómez le gustaría que llegara el autobús. Pero esto solo ocurría ocasionalmente, casi al azar. De todos modos, el intervalo horario en que se producía la llegada le permitía, habitualmente, estar en el banco a las 7 y 45, abrir la puerta y ocupar su mesa de Apoderado.

Llevaba 25 años en la misma sucursal, hecho casi milagroso en los tiempos que corrían, y a sus 43 años no se veía con ganas ni fuerzas para empezar en otro sitio. De todos modos, eso no iba a depender de él, por lo que hacía tiempo que había dejado de preocuparse por ello. Cumplía rutinariamente con su trabajo, pensaba que ya no sabía hacer otra cosa. Aunque formalmente cerraban a las 3, él tomaba alguna tapa en un bar cercano y prologaba la jornada hasta finalizar todo el trabajo del día, lo que solía suceder sobre las 5 de la tarde.

El regreso no era menos preciso. Hacia las compras en un supermercado que le cogía camino del autobús, previa elaboración minuciosa el día anterior de la lista de cosas que faltaban en casa.

—Buenas tardes, Don Luís.

La cajera solía cambiar de vez en cuando, pero el saludo era siempre el mismo. Se preguntaba como sabrían las nuevas cajeras su nombre. En el caso de la que despachaba las verduras o la de la zona de la charcutería se lo explicaba. Eran casi siempre las mismas. Pero las cajeras cambiaban con frecuencia. Tendría que preguntárselo algún día.

—Tiene usted algún ticket regalo.

La miró esta vez despacio. No creía haberla visto antes. Era una chica agraciada, pero lo que más le llamo la atención era el generoso escote que dejaba ver, a pesar del delantal donde figuraba el nombre de los supermercados, unos hermosos senos de un intenso color moreno, como toda su piel.

—Don Luís. ¿Tiene usted algún ticket regalo? — la cajera casi ni le miraba.

Creyó sonrojarse. Aunque la había oído, no la escuchaba. Ahora sus ojos se dirigieron a las largas piernas que asomaban por la exigua falda, que tampoco acertaba a cubrir el discreto delantal. No sabía si ella se había dado cuenta. Se sintió ridículo mirando aquellos senos y aquellas piernas. Pero no pudo evitarlo.

—No. Ya los gasté en la compra de ayer— respondió apresurado. Continuar leyendo

Reencuentro

Las pocas dudas que tenía sobre si le fallaría el recuerdo quedaron despejadas cuando traspuso la esquina de la iglesia y vio la nube de hombres que se congregaban a la exigua sombra que proyectaban, a esa hora inmisericorde, las casas de la calle.

Creyó vislumbrar alguna cara conocida entre las de los varones, casi todos destocados, que se alineaban pegados a la pared para evitar el sol de mediodía de aquel agosto serrano. Dudó por un instante si acercarse a uno de ellos, que le miro con más atención que los demás, en cuya cara una fina línea separaba el moreno intenso del rostro y la blancura casi lechosa de la amplia frente. Su cara le resultaba vagamente familiar. Volvió a dudarlo mientras continuaba su andar pausado, sabiéndose observado por las mujeres que, desde el interior de las casas, descorrían tenuemente los visillos para verlo pasar. Pero desistió. Se conformó con esbozar una tenue sonrisa, casi una mueca y dirigió su mirada a la persiana de chapas de cerveza dobladas que ocultaba la entrada de la casa.

Separó las cuerdas de la persiana, que le dio paso con un ruido metálico, y franqueó la puerta. La intensa luz exterior se desvaneció y, de repente, se hizo la noche. La oscuridad interior le impidió, durante unos segundos que se le hicieron eternos, ver nada ni a nadie.

—Entra hijo, dijo una voz vieja.

Sus ojos fueron poco a poco percibiendo el interior. La intensificación de las imágenes reavivó el recuerdo. La mesa donde tantas veces había comido con su tío había sido separada del centro y arrinconada junto a la chimenea. Todas las sillas de la estancia, más algunas que sin duda habían traído las vecinas, se alineaban pegadas a la pared, para dejar más espacio. Sobre la mesa se amontonaban tabletas de chocolate y varias botellas de coñac y anís.

Ahora ya veía bien la escena. Mujeres enlutadas ocupaban todas las sillas y algunas incluso se sentaban en la cantarera del rincón, junto a las vasijas que tantas veces había traído llenas de agua de la fuente.

Al recuperar la visión también recupero el oído. Desde la puerta que daba paso a la habitación —si es que a aquella estancia bajo la escalera se le podía llamar así— llegaba el sordo rumor de los lamentos. Se sintió incómodo. Allí en medio, rodeado de mujeres desconocidas de las que solo alguna cara le era familiar, se vio extraño. Aquella sala en la que tantos momentos felices había pasado en su infancia, le parecía de pronto ajena.

Quisiera haber podido escapar, pero sus pasos le encaminaron al dormitorio de su tío, donde suponía que estaría su familia. Dio unos pasos y percibió los inconfundibles pies del difunto en la cama. Sus zapatos —quizás los mismos que él conoció de niño— habían sido horadados en la punta para poder dar salida a esos dedos montados que, aunque nunca le habían impedido trabajar, si le imposibilitaban calzar zapatos cerrados.

Dos pasos más y tuvo a la vista toda la estancia. Al igual que en la sala, las sillas se habían colocado a ambos lados de la cama, dejando la zona de los pies libres. La tía estaba a la cabecera mirando fijamente a la cara del que había sido su marido. La sombra que proyectó al perfilarse sobre el quicio de la puerta debió alertarla de que alguien entraba. Giro su anciano y querido rostro y la vio mil años más vieja. Sus grandes ojos negros, siempre llenos de vida, se habían sepultado en el fondo de las cuencas y estaban rojos por el llanto.

Cuando lo vio un grito escapo de sus labios. Él ya había visto antes esta escena, cuando de niño iba con su tía a otros velatorios. Pero ahora era el suyo. Su tía le tendió la mano a la par que se dirigía al difunto para anunciarle, con voz desgarrada, su visita.

— ¡Ay que dolor!, Antonio. ¡Mira quién ha venido a verte! Tu sobrino—gritó la mujer.

Como si la expresión de la tía fuera la señal concertada, el coro de mujeres que estaban a la cabecera rompió a llorar y a exclamar en voz alta las virtudes del difunto. Unas y otras, entre sollozos, competían en resaltar su bondad, generosidad, alegría y todas aquellas virtudes que se supone deben adornar a un buen hombre.

Se acercó a la anciana, cogió su mano tendida y atrayéndola hacía sí, la besó con dulzura en las mejillas. Aquella piel, tan familiar en su niñez, conservaba la misma suavidad y olor que percibía cuando, sentado en su regazo, ella lo abrazaba a su regreso a casa, disgustado por alguna riña infantil. Su vestido negro resaltaba su marcada delgadez, que el paso de los años no había suavizado.

Cogido de la mano de su tía pasó un largo rato contemplando el cadáver de su tío Antonio. Su afilada cara ya no mostraba los hermosos ojos grises que la caracterizaban, ocultos tras los cerrados parpados. Vestía el mismo traje que él conoció y que solo usaba una vez al año, en las fiestas patronales, para acompañar al santo en su procesión. Después, tanto el traje como los zapatos horadados, eran guardados hasta el siguiente año. Nunca fue amigo de asistir a bodas ni bautizos, por lo que no tenía necesidad de usarlos más que en las fiestas del pueblo.

La visión del cuerpo se hizo borrosa mientras su mente se fue quince o veinte años atrás, cuando pasaba los veranos en el pueblo, durante los que acompañaba a su tío en las faenas del campo. Por aquel tiempo la pareja ya vivía sola —los hijos, ya todos casados, vivían cada uno en su casa—, por lo que su presencia alegró la vida de aquella casa campesina.

Estaba en estas reflexiones cuando de pronto la vio. Era una sombra más entre las que había a los pies de la cama, pegada a la pared, pero su inconfundible imagen lo iluminó como un rayo. Ella levantó la mirada y sus ojos se encontraron. El corazón le empezó a latir deprisa y notó que a su cara afluía la sangre con fuerza. Soltó la mano de la tía y se dirigió lentamente hacia donde estaba ella.

Tuvo miedo de que notara su agitación, pero la penumbra del cuarto fue su aliada. Ella, al verlo venir, también adelanto un paso y eso la hizo entrar en una zona algo más iluminada.

No pudo evitar que los ojos se le humedecieran. Sentimientos encontrados emergían de su interior. Alegría y tristeza del recuerdo. Estaba igual que hacía quince años. Habían pasado quince años y seguía igual de hermosa. El perfecto ovalo de su cara enmarcaba los profundos ojos negros, que irradiaban sensualidad. Su sedoso pelo negro, recogido en un recatado moño, enmarcaba el color claro de su rostro. Su cuerpo, a pesar de estar enfundado en un negro y largo vestido, dejaba adivinar las bellas formas que iluminaron sus fantasías infantiles.

— Hola— apenas murmuró al llegar ante ella.

— Hola – respondió aquella cálida voz que tanto había añorado.

No sabía qué hacer. Aunque mantenía la exterior compostura, todo su ser temblaba por dentro ante aquella presencia. Habían sido tantas y tantas horas viéndola a ella, soñando con ella, fantaseando con ella, que ahora, después de tantos años, no sabía qué hacer.

— ¿No vas a besar a tu prima? – vino la voz de la tía a socorrerlo.

Él se acercó e inclinó levemente la cabeza. Ella alzó ligeramente la cara, mirándolo fijamente. Sus labios rozaron tenuemente la mejilla de aquella bella mujer, haciéndolo estremecer. Se sentía torpe, paralizado y a la vez ansioso. Tantas escenas como había imaginado para el reencuentro, pero ninguna se asemejaba a la que estaba viviendo en esos momentos.

La llegada de los empleados de la funeraria rompió el hechizo. Su discreta y rutinaria labor alteró el escenario y a los actores, entre los que se encontraba. Los acontecimientos se precipitaron. La salida del féretro, la llegada del marido de su prima, los saludos, la formación del cortejo, todo ello le impidió seguir viviendo la nostalgia.

Tras las exequias hubo una desbandada general. Antes de que pudiera acercarse a ella, su marido la llevó al coche y salieron en dirección a su ciudad. Él mismo, sin saber qué otra cosa hacer, se despidió de su tía y demás familia y enfiló el camino de vuelta.

Sus ojos llenos de añoranza se inundaron. Quiso frenar y volver atrás, seguirlos y verla de nuevo. Pero sabía que era inútil. Siempre quedaría en su recuerdo aquella mujer, su prima que, aunque ocho años mayor que él, ocupó su mente durante largos años, y los seguiría llenando hasta que el tiempo y la edad la fueran borrando.