Revolución digital

En el cambio del siglo XVIII al XIX, con la Revolución Industrial y la progresiva mecanización, los ciudadanos contemplaron asombrados como las máquinas comenzaban a desplazar a las personas de sus puestos de trabajo. Este fenómeno fue vivido por algunos como un camino negativo de la civilización, llegando unos pocos a organizarse violentamente contra lo que consideraban un retroceso de la humanidad.

Otros, conscientes de la inutilidad de tal lucha, propugnaron una Revolución Cultural simultánea que, dotando de mayor educación al hombre, permitiera un mejor encaje de estos cambios, sin que el ser humano resultara marginado.

En la actualidad estamos en otra revolución, la Revolución Digital, ante la que de nuevo han surgido temores sobre la posibilidad de que el ser humano sea sustituido —una vez más— por la maquina y, al final, no haya trabajo para la mayoría.

Si hemos de hacer caso a los sesudos analistas del futuro —si es que este análisis es posible o fiable— esto no ocurrirá, ya que las nuevas tecnologías traerán nuevas necesidades y con ello nuevas ocupaciones, por lo que el ser humano no debe preocuparse por su mañana laboral.

Pero la Revolución Digital no tiene solo esta perspectiva. De nuevo se plantea cual va a ser el lugar del hombre en este proceso. Algunos piensan —y quizás tengan parte de razón— que la llegada de los ordenadores ha hecho a la humanidad entera prisionera de sus redes, ha conseguido que la ciudadanía piense, opine, se exprese y actúe dentro del marco que establecen las máquinas.

Las redes sociales empezaron describiendo la vida real, pero su enorme desarrollo las ha convertido en las directoras de la vida, de tal manera que son ellas las que alimentan la realidad con sus modos, sus formas o sus tics. Pareciera que son los ordenadores —los llamados teléfonos inteligentes no son más que ordenadores— los que nos indicaran qué pensar y a qué parcela de toda la información que circula por la red nos está permitido acceder. Leemos, opinamos y distribuimos la supuesta información que nos llega por las redes sociales, ocupándonos casi exclusivamente de aquello que nos llega, olvidando con frecuencia otros temas que, quizás, serían de mayor interés para nosotros.

Y todo esto lo vivimos con una desenvuelta normalidad. Nos parece lo mas natural del mundo que sean las maquinas las que nos marquen qué leer, sobre qué opinar o de qué ocuparnos.

Anomia

Aunque en puridad anomia es ausencia de leyes, aquí nos vamos a referir más a la segunda acepción, o sea al conjunto de situaciones que se derivan de la carencia de normas sociales o de su degradación.

Está generalmente aceptado que, al contrario de las sociedades centroeuropeas y nórdicas, los pueblos latinos —entre los que nos encontramos— son poco proclives al respeto de las normas. De hecho, se dice —jocosamente— que si Arquímedes hubiese vivido en estos países y en nuestros días hubiese formulado su famosa frase de la siguiente manera: “dadme una norma y yo os diré como esquivarla”.

Los individuos tenemos hábitos o costumbres, y como tales deben ser respetados, siempre y cuando no afecten a los de los otros individuos. Pero las sociedades tienen normas, y éstas deben ser respetadas por el conjunto de los integrantes de éstas. No se trata de sugerencias o deseos, sino de reglas de obligado cumplimiento, de tal manera que —una vez aprobadas— la comunidad se dota de instrumentos para forzar a los ciudadanos a cumplirlas y, en su caso, sancionar a los incumplidores.

Durante la dictadura, esta tendencia al incumplimiento de las normas encontraba su justificación en que éstas no habían emanado de la sociedad, sino que habían sido impuestas por un poder dictatorial y eran ajenas a la voluntad de los ciudadanos. Así se establecía la ilegitimidad de origen de la norma y los individuos se sentían autorizados a incumplirla.

Pero la dictadura finalizó hace mas de 40 años y desde entonces disfrutamos de una democracia que, a pesar de sus imperfecciones, está entre las de mayor calidad democrática del mundo. Desde hace muchos años, las normas se elaboran por administraciones democráticamente elegidas, y existen cauces legítimos para modificar aquellas que parezcan injustas o inadecuadas a los ciudadanos.

A pesar de ello, sigue existiendo entre nosotros una marcada tendencia a incumplirlas. Tanto en el ámbito político como en el social hay una cierta tendencia a la anomia: parlamentos que no respetan las leyes, administraciones que ignoran sus propias reglamentaciones y —cómo no— personas que solo se sienten obligados si la norma encaja con lo que él —individualmente— entiende como justo o adecuado.

La vida en sociedad nos condiciona a todos. La convivencia se basa en la confianza en que cada uno hará lo que debe hacer, con arreglo a las reglas que entre todos nos hemos dado. Lo contrario, el no respeto de las pautas de convivencia, dificulta —si no imposibilita— la normal coexistencia.

Denuncias anónimas

De todos es sabido que en nuestro país y en el ámbito laboral existen numerosas irregularidades. Desde trabajadores por cuenta ajena sin contrato hasta contratos por menos horas de las que se trabajan realmente, la lista de actuaciones fuera de la norma por parte de los “pícaros” podría ser muy amplia.

La lucha contra estas irregularidades es practicada, en la realidad, solamente por la inspección administrativa —claramente insuficiente— y, en menor medida, por las instituciones sindicales. Esto provoca que, a pesar de ser conocidas, las irregularidades sigan existiendo, especialmente en las pequeñas y medianas empresas.

Ante una actuación irregular —fuera de norma— por parte de una empresa o un compañero de trabajo, al trabajador con frecuencia solo le queda quejarse a la familia y/o amigos o encomendarse al sindicato correspondiente, a la espera de que su identidad no salga a la luz y pueda ser victima de represalias por su denuncia.

Este problema, que en Occidente no es exclusivo de España, ha recibido atención en otros países. En el ámbito anglosajón existe desde hace años toda una normativa reguladora de la denuncia del trabajador y de las garantías de que dicha denuncia no conllevará represalias para el denunciante. De hecho, hay un término para definir al denunciante —whisthleblower— y una amplia jurisprudencia sobre la denuncia —whisthleblowing—.

La Unión Europea se ha hecho eco de la situación en su ámbito y ha elaborado una propuesta de normativa que está próxima a ver la luz, en la que se contempla toda esta problemática, haciendo hincapié en la protección del trabajador denunciante, llegando incluso a plantear la posibilidad de instituir la denuncia anónima.

En España la figura del denunciante no está bien vista. Hay una amplia sinonimia despectiva para calificarlo —chivato, acusica, soplón, etc.— y pocos quieren caer en estos calificativos. Pero esperar que los demás —empresarios y trabajadores— hagan siempre, y en todos los casos, las cosas ajustadas a la norma no parece una actitud realista, a juzgar por la situación existente.

Esta propuesta de directiva de la Unión Europea, y su trasposición al ordenamiento español, va a suponer un importante reto desde el punto de vista jurídico, ya que entrarán en juego los derechos fundamentales de las partes implicadas, tales como la libertad de expresión, la intimidad y la tutela judicial efectiva. Pero también será, y quizás más, un reto social. Aceptar la existencia de los denunciantes, y valorarlos como una figura necesaria para la mejora del ajuste a la legalidad de empresas y trabajadores, se revela difícil.

La mentira corre más que la verdad

En el pasado año se publicó un estudio en la revista Science, realizado por investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts, sobre la veracidad o falsedad de las noticias que circulan por las redes sociales y su grado y velocidad de difusión. Aunque el estudio originalmente se centró en los mensajes a través de Twitter, los datos han sido confirmados por otros investigadores en otras redes tales como Facebook, Whatsapp o Instagram.

Los investigadores hicieron un análisis detallado de 126.000 afirmaciones que habían sido difundidas en Twitter durante 10 años. Tras contrastar las informaciones, para poder separar sin ningún tipo de dudas las verdaderas de las falsas, pudieron comprobar que las informaciones falsas recibieron un 70% de retuits más que las verdaderas, o sea que los usuarios las compartieron mucho más entre sus seguidores.

Por otro lado —siempre según el estudio—, las afirmaciones veraces tardaron seis veces más tiempo en alcanzar a 1.500 personas que los bulos. Los investigadores también comprobaron que los usuarios que difunden noticias falsas, las que llegan más lejos y más rápido, no tienen cuentas importantes o muy seguidas. O sea, que son ciudadanos normales y corrientes, y no grandes líderes de opinión, los que más contribuyeron a la difusión de mentiras. 

Hoy sabemos que existe un número creciente de robots informáticos que se dedican a difundir noticias a través de las redes sociales. Los investigadores comprobaron que estas máquinas aceleraron la difusión de noticias verdaderas y falsas al mismo ritmo, lo que implica que las noticias falsas se extienden más que la verdad porque los humanos, no los robots, son los principales propagadores de noticias falsas.

Por otro lado, tras las investigaciones del Congreso de EE. UU., se ha comprobado que desde noviembre de 2016 tanto Twitter como Facebook y otras redes sociales han servido para propagar desinformación, ideas extremistas y mensajes polarizadores, en algunos casos de forma deliberada para engañar a la población, intoxicar la conversación pública y manipular procesos electorales en EE. UU., Alemania, Francia, Reino Unido y España.

Todo esto llevó al presidente de Apple, Tim Cook, a afirmar que habría que «proporcionar herramientas al consumidor para ayudar con esto. Hay que filtrar parte de ello antes de que salga sin que eso signifique perder la apertura de internet. En cierta forma está matando las mentes de la gente. […] Tiene que aplicarse en las escuelas y tiene que aplicarse en el público. Hay que montar una campaña masiva. Hay que pensar en todos los sectores demográficos». 

Parece que estamos en una época en la que, lamentablemente, algunos de los que ganan son los que invierten tiempo en conseguir la mayor cantidad de clicks en vez de contar la verdad. 

Información versus conocimiento

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Hay una frase muy usada por los dirigentes de la sociedad en cualquier área — y por los aspirantes al cargo— que dice: “información es poder”. Por ello algunos se atiborran de información, ignorando que algunos expertos de la modernidad ya afirman que, en el mundo actual, estamos inundados de información, pero privados de conocimiento. Porque parece que lo que realmente da poder es el conocimiento, elemento necesario para la toma de decisiones.

Estos aprendices de brujo, ávidos de poder, desconocen que hay tres términos que se usan casi de forma indistinta y que, sin embargo, tienen un significado radicalmente diferente: datos, información y conocimiento.

Los datos existen fuera del individuo, están situados en el mundo que nos circunda. Los datos son elementos primarios de información que por sí solos son irrelevantes como apoyo a la toma de decisiones. Los datos no dicen nada sobre el porqué de las cosas y no sirven para orientar las acciones. Están en la base de la pirámide del conocimiento, pero carecen de interés si no los ponemos en relación con algo.

El siguiente nivel es la información, que es un conjunto de datos procesados, organizados de forma tal que tengan algún significado para el que los conoce.  Es decir, deben tener una relevancia significativa para alguien, tienen que servir a un propósito o expresar un contexto.  Estos datos ya pueden ser útiles para quién debe tomar decisiones, ya que disminuyen su nivel de incertidumbre. En esta fase ya entra en juego el individuo. Es necesario que la persona tenga unos conocimientos previos para que los datos tengan sentido para él. La educación es la que permite que una persona dé significado a los datos y los convierta en información

 Pero el conocimiento es un paso más, que necesita de la unión de la información con la toma de decisiones. La información deviene conocimiento cuando permite la toma de decisiones que sin esa información seriamos incapaces de asumir. El conocimiento no existe fuera del individuo, es una situación mental que necesita de conocimientos previos y capacidad de toma de decisiones.

En el mundo actual los datos circulan a una velocidad de vértigo. Algunas personas son capaces de transformar esos datos en información. Pero quizás no son tantos los que con todo ello adquieren conocimiento.

Inteligencia ejecutiva

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El autor de la teoría de las inteligencias —Howard Gardner— establece que hay doce tipos de inteligencia y, a pesar de su amplitud, no menciona entre ellas la que podemos denominar inteligencia ejecutiva, la que interviene en la toma de decisiones. Pero parece evidente que a la hora de decidir la inteligencia debe jugar un papel, ya que unas decisiones son acertadas y otras no.

La toma de decisiones es un asunto muy serio, que es motivo de numerosos estudios por parte de psicólogos, neurólogos y sociólogos y constituye el objeto de incontables cursos. Se trata de averiguar cuales son las razones que nos mueven a hacer una cosa u otra, con objeto de encontrar el mejor método para tomar la decisión adecuada.

Se sabe ya que a la hora de elegir actúan dos tipos de fuerzas, aparentemente contrapuestas. Por un lado, están las que podríamos llamar racionales, que se basan en los hechos y en las probabilidades, facetas aparentemente objetivables. Por otra parte, están las fuerzas llamadas no racionales, que tienen en cuenta aspectos peor conocidos y difíciles de analizar como son las emociones, la intuición, el miedo o el deseo, condiciones estas de difícil medida y control.

Dada la existencia de estas dos fuerzas, la ciencia se emplea a fondo en ver como interactúan, y de qué manera nuestra inteligencia actúa para solucionar las claras contradicciones que a veces se suscitan entre lo racional y lo emotivo o intuitivo. Además, el análisis de las diferentes variables, racionales o no racionales, se basa en la medida de grados: poco, regular, mucho, etc. Pero al final tenemos que optar entre una u otra opción, es decir todos los grados se han de transformar en dos: si o no.

Según el filósofo José Antonio Marina de esto se ocupa la llamada inteligencia ejecutiva, que es la encargada de combinar toda la información disponible —racional o irracional— para tomar la mejor decisión, encaminada a conseguir la máxima satisfacción y felicidad. Según el autor la inteligencia ejecutiva no separa argumentos racionales e irracionales. La memoria, los recuerdos, los hechos y las probabilidades adquieren tanto peso como la imaginación, el deseo o el miedo. Todos estos elementos permiten entrever un posible futuro que es el que desencadena una decisión determinada.

Otros autores opinan que la razón actúa como un filtro. Según éstos, utilizaríamos la lógica para descartar las peores alternativas y seleccionar unas pocas entre las que finalmente tomar una decisión. Así, la decisión final no la tomaría la razón sino la emoción, la intuición.

De una u otra forma parece ser que las decisiones no se toman solo con la cabeza —la razón—, sino también con el corazón — las emociones, los sentimientos—. Quizás por ello tienen tanto éxito los populismos de toda laya que proliferan en nuestros días.

 

 

El valor de lo SIN

Flor lila

No se si recordarán de que les escribo. Hasta hace pocos años la publicidad nos inundaba con mensajes en que lo predominante eran los añadidos a los diversos productos que se nos ofrecían.

Los productos en su estado natural —leche, zumos de frutas, pan, etc.—, las conservas, así como otros productos mas sofisticados como los cosméticos, parece que no tenían valor por si mismos —o su valor era menor—y para potenciarlos, para hacerlos mas necesarios, apetecibles o apetitosos había que añadirles diversas sustancias.

La lecha tenia que llevar sustancias ajenas a su composición —calcio añadido, omega tres, etc.—, los zumos debían tener azúcar y las conservas toda una compleja lista de sustancias químicas que hubo que organizar con letras y números —los conocidos E-000—. Y que decir de los productos de cosmética. Estos se llevaban la palma con la adición de sofisticados componentes cuyo significado y valor nos estaba vedado a la mayoría de los mortales: así aceites de plantas nunca oídas, sustancias químicas desconocidas, supuestos componentes celulares, o extractos de arboles y plantas exóticas eran necesarios para hacer más eficaz el producto.

Era el tiempo del CON. Y los diferentes añadidos se resaltaban en los envases, no con la intención de informar de su contenido —ya que algunos se ocultaban en la letra pequeña— sino para glosar las bondades del producto.

El tiempo —una o dos décadas han sido suficientes, ahora todo va muy deprisa— ha demostrado que muchos de dichos añadidos eran superfluos, a veces poco aconsejables y en ocasiones claramente tóxicos. Y había que cambiar para seguir vendiendo.

Ahora ha llegado el tiempo de vender productos que carecen de los elementos que se anunciaban hace poco como beneficiosos. Ahora muchos de los productos envasados se anuncian de forma sistemática y visible con la coletilla de SIN: “sin conservantes ni colorantes”, hay leches que se ofrecen “puras” y los zumos se publicitan como “sin azucares añadidos”. Los productos cosméticos se ofertan “sin parabenes“ u otras sustancias previamente añadidas. Y ello sin contar con los productos específicos —plenamente justificados— para intolerancias definidas: leches sin lactosa, panes y pastas sin gluten, edulcorantes sin aspartamo, etc.

Es evidente que los tiempos han cambiado. Ahora toca un mundo SIN predominante, que coexiste con restos del CON. Pero en este mundo sin, como previamente con el mundo con, hemos de estar muy vigilantes para que no nos den gato por liebre. O nos intoxiquen directamente.