Mil doscientas palabras

Ermita Robledo Dupdo

El español es un idioma muy rico, pero parece que cada vez se usan menos vocablos. Nos cuentan los estudiosos del tema que la mayor parte de los menores de 30 años solo utilizan habitualmente más que 1.200 palabras. Y hay también algunos que mantienen que esas son suficientes para relacionarse en el mundo actual.

Las palabras nos sirven para describir la realidad. Y la realidad tiene muchos matices que han de ser detallados para entenderla. El mundo de los hechos, y no digamos el de las emociones, necesitan términos que lo expresen. Y el pensamiento, complejo per se, reclama palabras para expresar su riqueza. Y parece difícil comunicar todas estas cosas con tan pocas palabras.

Algún autor ha planteado que las nuevas generaciones se están quedando sin léxico —sin palabras— con las que expresarse correctamente, con las que transmitir adecuadamente su realidad, con las que narrar sus posibilidades y apetencias, que le sirvan para expresar su actitud ante el mundo.

En los últimos años ha habido un cierto descredito del aprendizaje y la memoria. Se nos ha repetido que no es necesario retener nada, que todo estaba en los libros y ahora en internet. Por ello, se concluye, no es necesario prestar atención; cuando se necesita la información es suficiente con recurrir a medios externos. Por ello se considera suficiente retener cuatro ideas en la cabeza. Pero es necesario tener claves con las que entender lo que nos llega por estos nuevos medios, y para ello hay que recordar y entender determinados términos, en definitiva, usar palabras.

Los estudiosos del fenómeno apuntan la posibilidad de que quizás contribuya a este desinterés por el aprendizaje el hecho de que la cultura y la educación han dejado de ser ascensores sociales, es decir, que contribuyen poco a la mejora del nivel del individuo en la sociedad.

Sin embargo, seguimos necesitando palabras que nos permitan designar sentimientos, roles laborales o apetencias personales o profesionales. Aprender nuevas palabras ensancha nuestra visión del mundo y nos permite comprender conceptos con los que convivimos a diario. Necesitamos poder realizar la adecuada combinación de términos para iluminar y enriquecer nuestras mentes.

Sin duda es difícil progresar en la sociedad actual. Pero aún lo es más para aquellos que no saben expresarse adecuadamente

Los sentidos nos engañarán

Flores arbol Calpe.00001 Dupdo

En los últimos meses estamos recibiendo videos en los que una conocida figura pública nos comenta o nos informa de algo que resulta más o menos creíble. Un político, actor u otro personaje popular, de pie o sentado, en la intimidad de su despacho o casa o ante un publico escuchante, nos dice cosas que, naturalmente, nosotros aceptamos como dichas por la persona que estamos viendo en la pantalla. Pero resulta que no es así.

Las llamadas deepfake —mentiras en román paladino— no llevan mas de dos años entre nosotros. Como ya comentamos en un anterior articulo, las noticias falsas se han convertido en una realidad diaria que afecta a personas, organismos, entidades y gobiernos, de tal manera que se han convertido en un serio problema para poder tomar decisiones basadas en la realidad, en lo que ocurre de verdad. Pero ahora las cosas se nos complican.

Hasta casi hoy —la tecnología lleva pocos meses en el mercado— una cosa era lo que se escribía sobre algo o alguien y otra lo que ese alguien, a través de su boca, nos contaba. Pero llegó la tecnología a facilitarnos —y complicarnos — la vida. Alguien se ha inventado la GAN —Generative Adversarial Networks, Redes Generativas Antagónicas— mediante la cual un ordenador —red informática— se inventa una mentira e intenta convencer a otro ordenador —otra red— de que la mentira es verdad. La segunda red estudia la mentira y decide si cree que es verdad o mentira, y en que criterios se ha basado para inclinarse por una cosa u otra. Así la primera red informática va aprendiendo a mejorar la apariencia de verdad de la mentira hasta convencer a la segunda red de que su mentira es verdad.

Aunque les parezca muy complicado, de forma resumida esta técnica es la que permite que veamos la perfecta imagen de un político diciendo con su voz cosas que él nunca ha dicho, o veamos a una conocida actriz protagonizando una película porno en la que ella nunca ha intervenido. Supongo que ya han recibido alguno de estos videos indistinguibles de la realidad.

Aunque la tecnología está casi recién nacida, ya hay GAN especializadas en múltiples facetas, de indudable interés para la ciencia. Pero también las hay expertas en imitar facciones o voces, consiguiendo resultados prácticamente indistinguibles de la realidad. No es difícil imaginar lo que se puede hacer —ya se está haciendo— con esta arma, pero las suplantaciones de personas ya empiezan a ser comunes.

Nuestros sentidos pronto nos engañarán. Si antes era obligado reflexionar sobre la veracidad de lo que recibíamos y contrastar sus contenidos antes de opinar o compartirlos, ahora se hace vital. Tendremos que aprender a verificar lo que nos parece evidente.

La España vacía 2

Albicia julibrissin.Arbol de la seda

En un anterior artículo planteábamos el problema de la progresiva disminución de la población de más de la mitad de los municipios españoles, y mencionábamos algunas de las causas que, a juicio de los expertos, condicionaban este proceso.

Las sociedades modernas tienen numerosas necesidades y los gobiernos deben realizar todas las actuaciones posibles para cubrirlas. Como la experiencia demuestra que no es posible atenderlas a todas, los gobernantes tienen que optar por dotar unas y no otras, o satisfacer unas antes que otras. El tipo de elección que hagan los gobernantes es lo que aún diferencia a las opciones políticas, y el acierto de estas decisiones es lo que permite a los ciudadanos calificar la acción de gobierno.

El proceso de despoblación no ha sido uniforme. Desde los años cincuenta del pasado siglo el goteo de habitantes de núcleos pequeños a otros más grandes ha sido continuo, aunque con velocidad variable, llegándose en 2018 a la situación de que el 60% de los municipios españoles albergan solo al 3% de la población. Todavía quedan algunos pueblos pequeños que han aguantado y que mantienen expectativas de futuro —resilientes los ha llamado algún autor —, pero hay otros muchos cuya población está muy envejecida —por tanto, con pocas perspectivas de supervivencia —y, finalmente, hay ya un número considerable de lugares que se consideran inviables.

Dotar a los pequeños municipios de los mismos servicios que a los grandes es una tarea ingente, si no imposible. Los gastos necesarios para mantener al mismo nivel las dotaciones serían —quizás son —inasumibles para las arcas del Estado. Pero es evidente que el proceso de despoblación se acelerará si no se hace algo para ralentizarlo allí donde sea posible. Se hace necesario un acuerdo entre todas las partes implicadas para estudiar la situación en profundidad y decidir que hacer.

Pero no se puede caer en la demagogia. La propuesta resultante deberá incluir la aceptación —por más que duela— de que hay muchos pueblos cuyo destino final será la despoblación definitiva y, por otro lado, dotar a los que queden de aquellos servicios e instalaciones que faciliten —garantizarla es imposible— su supervivencia.

Ardua tarea, sobre todo contando con la escasa propensión al pacto que nos caracteriza.

La España vacía. 1

Flores. 00171

En los últimos meses hay numerosas actividades en torno a lo que se ha dado en llamar la “España vaciada”. Se hace mención, sobre todo, a los ya muy numerosos pueblos que, especialmente en la meseta, pero no exclusivamente, se están quedando sin habitantes.

Las acciones pretenden motivar a las administraciones públicas para que inicien actuaciones que favorezcan la permanencia de las gentes en sus pueblos de origen y no emigren a ciudades más importantes de la zona o de la periferia del país.

Vaciar es dejar vacío algo. El verbo sugiere un cierto componente exterior a lo vaciado. Es como si ese algo no se vaciara a sí mismo o por si mismo, sino que algo o alguien lo vaciara. Como si un agente externo provocara el vacío. Y así es cuando nos referimos a objetos.

Pero un pueblo no es un objeto, sino algo mucho más complejo. Por ello el verbo vaciar —salvo que medie la violencia— es difícilmente aplicable a un pueblo. En circunstancias normales, en la disminución de la población de un lugar no podemos hablar de ningún agente externo que lo vacíe. El lugar se queda vacío porque sus gentes se marchan, no porque nadie los saque de allí. Por tanto, quizás fuera más oportuno hablar de la España despoblada y no vaciada o vacía.

Sirvan estas disquisiciones para plantear un serio problema de difícil solución. El fenómeno de la despoblación ha sido bien estudiado, y son muchas y variadas las razones por las que las gentes dejan su lugar de origen. La falta de expectativas laborales, la carencia de escuelas, de servicios sociales y sanitarios, etc. se mencionan entre los más comunes y significativos.

El fenómeno de la despoblación no es nuevo, se ha dado de forma permanente a lo largo de la historia. Dejando la guerra aparte —la terrible desplazadora—, cuando las circunstancias sociales y, sobre todo, económicas han cambiado, las gentes se han movido en busca de mejores expectativas para su vida. Y el éxodo siempre ha empezado por los jóvenes, los que más esperan ganar con el cambio y menor arraigo tienen.

La despoblación de estos lugares de España había comenzado hace muchos años, pero el fenómeno se ha agudizado en los últimos 20-30 años, de forma tal que en la actualidad el 59% —casi el 60%— de los 8.115 municipios españoles tienen menos de 1.000 habitantes, el 46,8% menos de 500 y el 12,8% menos de 100 habitantes.

¿Es posible detener este proceso? Invitamos al lector a reflexionar sobre ello.

Revolución digital

En el cambio del siglo XVIII al XIX, con la Revolución Industrial y la progresiva mecanización, los ciudadanos contemplaron asombrados como las máquinas comenzaban a desplazar a las personas de sus puestos de trabajo. Este fenómeno fue vivido por algunos como un camino negativo de la civilización, llegando unos pocos a organizarse violentamente contra lo que consideraban un retroceso de la humanidad.

Otros, conscientes de la inutilidad de tal lucha, propugnaron una Revolución Cultural simultánea que, dotando de mayor educación al hombre, permitiera un mejor encaje de estos cambios, sin que el ser humano resultara marginado.

En la actualidad estamos en otra revolución, la Revolución Digital, ante la que de nuevo han surgido temores sobre la posibilidad de que el ser humano sea sustituido —una vez más— por la maquina y, al final, no haya trabajo para la mayoría.

Si hemos de hacer caso a los sesudos analistas del futuro —si es que este análisis es posible o fiable— esto no ocurrirá, ya que las nuevas tecnologías traerán nuevas necesidades y con ello nuevas ocupaciones, por lo que el ser humano no debe preocuparse por su mañana laboral.

Pero la Revolución Digital no tiene solo esta perspectiva. De nuevo se plantea cual va a ser el lugar del hombre en este proceso. Algunos piensan —y quizás tengan parte de razón— que la llegada de los ordenadores ha hecho a la humanidad entera prisionera de sus redes, ha conseguido que la ciudadanía piense, opine, se exprese y actúe dentro del marco que establecen las máquinas.

Las redes sociales empezaron describiendo la vida real, pero su enorme desarrollo las ha convertido en las directoras de la vida, de tal manera que son ellas las que alimentan la realidad con sus modos, sus formas o sus tics. Pareciera que son los ordenadores —los llamados teléfonos inteligentes no son más que ordenadores— los que nos indicaran qué pensar y a qué parcela de toda la información que circula por la red nos está permitido acceder. Leemos, opinamos y distribuimos la supuesta información que nos llega por las redes sociales, ocupándonos casi exclusivamente de aquello que nos llega, olvidando con frecuencia otros temas que, quizás, serían de mayor interés para nosotros.

Y todo esto lo vivimos con una desenvuelta normalidad. Nos parece lo mas natural del mundo que sean las maquinas las que nos marquen qué leer, sobre qué opinar o de qué ocuparnos.

Anomia

Aunque en puridad anomia es ausencia de leyes, aquí nos vamos a referir más a la segunda acepción, o sea al conjunto de situaciones que se derivan de la carencia de normas sociales o de su degradación.

Está generalmente aceptado que, al contrario de las sociedades centroeuropeas y nórdicas, los pueblos latinos —entre los que nos encontramos— son poco proclives al respeto de las normas. De hecho, se dice —jocosamente— que si Arquímedes hubiese vivido en estos países y en nuestros días hubiese formulado su famosa frase de la siguiente manera: “dadme una norma y yo os diré como esquivarla”.

Los individuos tenemos hábitos o costumbres, y como tales deben ser respetados, siempre y cuando no afecten a los de los otros individuos. Pero las sociedades tienen normas, y éstas deben ser respetadas por el conjunto de los integrantes de éstas. No se trata de sugerencias o deseos, sino de reglas de obligado cumplimiento, de tal manera que —una vez aprobadas— la comunidad se dota de instrumentos para forzar a los ciudadanos a cumplirlas y, en su caso, sancionar a los incumplidores.

Durante la dictadura, esta tendencia al incumplimiento de las normas encontraba su justificación en que éstas no habían emanado de la sociedad, sino que habían sido impuestas por un poder dictatorial y eran ajenas a la voluntad de los ciudadanos. Así se establecía la ilegitimidad de origen de la norma y los individuos se sentían autorizados a incumplirla.

Pero la dictadura finalizó hace mas de 40 años y desde entonces disfrutamos de una democracia que, a pesar de sus imperfecciones, está entre las de mayor calidad democrática del mundo. Desde hace muchos años, las normas se elaboran por administraciones democráticamente elegidas, y existen cauces legítimos para modificar aquellas que parezcan injustas o inadecuadas a los ciudadanos.

A pesar de ello, sigue existiendo entre nosotros una marcada tendencia a incumplirlas. Tanto en el ámbito político como en el social hay una cierta tendencia a la anomia: parlamentos que no respetan las leyes, administraciones que ignoran sus propias reglamentaciones y —cómo no— personas que solo se sienten obligados si la norma encaja con lo que él —individualmente— entiende como justo o adecuado.

La vida en sociedad nos condiciona a todos. La convivencia se basa en la confianza en que cada uno hará lo que debe hacer, con arreglo a las reglas que entre todos nos hemos dado. Lo contrario, el no respeto de las pautas de convivencia, dificulta —si no imposibilita— la normal coexistencia.

Denuncias anónimas

De todos es sabido que en nuestro país y en el ámbito laboral existen numerosas irregularidades. Desde trabajadores por cuenta ajena sin contrato hasta contratos por menos horas de las que se trabajan realmente, la lista de actuaciones fuera de la norma por parte de los “pícaros” podría ser muy amplia.

La lucha contra estas irregularidades es practicada, en la realidad, solamente por la inspección administrativa —claramente insuficiente— y, en menor medida, por las instituciones sindicales. Esto provoca que, a pesar de ser conocidas, las irregularidades sigan existiendo, especialmente en las pequeñas y medianas empresas.

Ante una actuación irregular —fuera de norma— por parte de una empresa o un compañero de trabajo, al trabajador con frecuencia solo le queda quejarse a la familia y/o amigos o encomendarse al sindicato correspondiente, a la espera de que su identidad no salga a la luz y pueda ser victima de represalias por su denuncia.

Este problema, que en Occidente no es exclusivo de España, ha recibido atención en otros países. En el ámbito anglosajón existe desde hace años toda una normativa reguladora de la denuncia del trabajador y de las garantías de que dicha denuncia no conllevará represalias para el denunciante. De hecho, hay un término para definir al denunciante —whisthleblower— y una amplia jurisprudencia sobre la denuncia —whisthleblowing—.

La Unión Europea se ha hecho eco de la situación en su ámbito y ha elaborado una propuesta de normativa que está próxima a ver la luz, en la que se contempla toda esta problemática, haciendo hincapié en la protección del trabajador denunciante, llegando incluso a plantear la posibilidad de instituir la denuncia anónima.

En España la figura del denunciante no está bien vista. Hay una amplia sinonimia despectiva para calificarlo —chivato, acusica, soplón, etc.— y pocos quieren caer en estos calificativos. Pero esperar que los demás —empresarios y trabajadores— hagan siempre, y en todos los casos, las cosas ajustadas a la norma no parece una actitud realista, a juzgar por la situación existente.

Esta propuesta de directiva de la Unión Europea, y su trasposición al ordenamiento español, va a suponer un importante reto desde el punto de vista jurídico, ya que entrarán en juego los derechos fundamentales de las partes implicadas, tales como la libertad de expresión, la intimidad y la tutela judicial efectiva. Pero también será, y quizás más, un reto social. Aceptar la existencia de los denunciantes, y valorarlos como una figura necesaria para la mejora del ajuste a la legalidad de empresas y trabajadores, se revela difícil.

La mentira corre más que la verdad

En el pasado año se publicó un estudio en la revista Science, realizado por investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts, sobre la veracidad o falsedad de las noticias que circulan por las redes sociales y su grado y velocidad de difusión. Aunque el estudio originalmente se centró en los mensajes a través de Twitter, los datos han sido confirmados por otros investigadores en otras redes tales como Facebook, Whatsapp o Instagram.

Los investigadores hicieron un análisis detallado de 126.000 afirmaciones que habían sido difundidas en Twitter durante 10 años. Tras contrastar las informaciones, para poder separar sin ningún tipo de dudas las verdaderas de las falsas, pudieron comprobar que las informaciones falsas recibieron un 70% de retuits más que las verdaderas, o sea que los usuarios las compartieron mucho más entre sus seguidores.

Por otro lado —siempre según el estudio—, las afirmaciones veraces tardaron seis veces más tiempo en alcanzar a 1.500 personas que los bulos. Los investigadores también comprobaron que los usuarios que difunden noticias falsas, las que llegan más lejos y más rápido, no tienen cuentas importantes o muy seguidas. O sea, que son ciudadanos normales y corrientes, y no grandes líderes de opinión, los que más contribuyeron a la difusión de mentiras. 

Hoy sabemos que existe un número creciente de robots informáticos que se dedican a difundir noticias a través de las redes sociales. Los investigadores comprobaron que estas máquinas aceleraron la difusión de noticias verdaderas y falsas al mismo ritmo, lo que implica que las noticias falsas se extienden más que la verdad porque los humanos, no los robots, son los principales propagadores de noticias falsas.

Por otro lado, tras las investigaciones del Congreso de EE. UU., se ha comprobado que desde noviembre de 2016 tanto Twitter como Facebook y otras redes sociales han servido para propagar desinformación, ideas extremistas y mensajes polarizadores, en algunos casos de forma deliberada para engañar a la población, intoxicar la conversación pública y manipular procesos electorales en EE. UU., Alemania, Francia, Reino Unido y España.

Todo esto llevó al presidente de Apple, Tim Cook, a afirmar que habría que «proporcionar herramientas al consumidor para ayudar con esto. Hay que filtrar parte de ello antes de que salga sin que eso signifique perder la apertura de internet. En cierta forma está matando las mentes de la gente. […] Tiene que aplicarse en las escuelas y tiene que aplicarse en el público. Hay que montar una campaña masiva. Hay que pensar en todos los sectores demográficos». 

Parece que estamos en una época en la que, lamentablemente, algunos de los que ganan son los que invierten tiempo en conseguir la mayor cantidad de clicks en vez de contar la verdad. 

Información versus conocimiento

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Hay una frase muy usada por los dirigentes de la sociedad en cualquier área — y por los aspirantes al cargo— que dice: “información es poder”. Por ello algunos se atiborran de información, ignorando que algunos expertos de la modernidad ya afirman que, en el mundo actual, estamos inundados de información, pero privados de conocimiento. Porque parece que lo que realmente da poder es el conocimiento, elemento necesario para la toma de decisiones.

Estos aprendices de brujo, ávidos de poder, desconocen que hay tres términos que se usan casi de forma indistinta y que, sin embargo, tienen un significado radicalmente diferente: datos, información y conocimiento.

Los datos existen fuera del individuo, están situados en el mundo que nos circunda. Los datos son elementos primarios de información que por sí solos son irrelevantes como apoyo a la toma de decisiones. Los datos no dicen nada sobre el porqué de las cosas y no sirven para orientar las acciones. Están en la base de la pirámide del conocimiento, pero carecen de interés si no los ponemos en relación con algo.

El siguiente nivel es la información, que es un conjunto de datos procesados, organizados de forma tal que tengan algún significado para el que los conoce.  Es decir, deben tener una relevancia significativa para alguien, tienen que servir a un propósito o expresar un contexto.  Estos datos ya pueden ser útiles para quién debe tomar decisiones, ya que disminuyen su nivel de incertidumbre. En esta fase ya entra en juego el individuo. Es necesario que la persona tenga unos conocimientos previos para que los datos tengan sentido para él. La educación es la que permite que una persona dé significado a los datos y los convierta en información

 Pero el conocimiento es un paso más, que necesita de la unión de la información con la toma de decisiones. La información deviene conocimiento cuando permite la toma de decisiones que sin esa información seriamos incapaces de asumir. El conocimiento no existe fuera del individuo, es una situación mental que necesita de conocimientos previos y capacidad de toma de decisiones.

En el mundo actual los datos circulan a una velocidad de vértigo. Algunas personas son capaces de transformar esos datos en información. Pero quizás no son tantos los que con todo ello adquieren conocimiento.

Inteligencia ejecutiva

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El autor de la teoría de las inteligencias —Howard Gardner— establece que hay doce tipos de inteligencia y, a pesar de su amplitud, no menciona entre ellas la que podemos denominar inteligencia ejecutiva, la que interviene en la toma de decisiones. Pero parece evidente que a la hora de decidir la inteligencia debe jugar un papel, ya que unas decisiones son acertadas y otras no.

La toma de decisiones es un asunto muy serio, que es motivo de numerosos estudios por parte de psicólogos, neurólogos y sociólogos y constituye el objeto de incontables cursos. Se trata de averiguar cuales son las razones que nos mueven a hacer una cosa u otra, con objeto de encontrar el mejor método para tomar la decisión adecuada.

Se sabe ya que a la hora de elegir actúan dos tipos de fuerzas, aparentemente contrapuestas. Por un lado, están las que podríamos llamar racionales, que se basan en los hechos y en las probabilidades, facetas aparentemente objetivables. Por otra parte, están las fuerzas llamadas no racionales, que tienen en cuenta aspectos peor conocidos y difíciles de analizar como son las emociones, la intuición, el miedo o el deseo, condiciones estas de difícil medida y control.

Dada la existencia de estas dos fuerzas, la ciencia se emplea a fondo en ver como interactúan, y de qué manera nuestra inteligencia actúa para solucionar las claras contradicciones que a veces se suscitan entre lo racional y lo emotivo o intuitivo. Además, el análisis de las diferentes variables, racionales o no racionales, se basa en la medida de grados: poco, regular, mucho, etc. Pero al final tenemos que optar entre una u otra opción, es decir todos los grados se han de transformar en dos: si o no.

Según el filósofo José Antonio Marina de esto se ocupa la llamada inteligencia ejecutiva, que es la encargada de combinar toda la información disponible —racional o irracional— para tomar la mejor decisión, encaminada a conseguir la máxima satisfacción y felicidad. Según el autor la inteligencia ejecutiva no separa argumentos racionales e irracionales. La memoria, los recuerdos, los hechos y las probabilidades adquieren tanto peso como la imaginación, el deseo o el miedo. Todos estos elementos permiten entrever un posible futuro que es el que desencadena una decisión determinada.

Otros autores opinan que la razón actúa como un filtro. Según éstos, utilizaríamos la lógica para descartar las peores alternativas y seleccionar unas pocas entre las que finalmente tomar una decisión. Así, la decisión final no la tomaría la razón sino la emoción, la intuición.

De una u otra forma parece ser que las decisiones no se toman solo con la cabeza —la razón—, sino también con el corazón — las emociones, los sentimientos—. Quizás por ello tienen tanto éxito los populismos de toda laya que proliferan en nuestros días.