Vegano

Delosperma. Delosperma cooperi

La corriente vegetariana, y su extremo la dieta vegana, han existido como tales desde finales del siglo XIX, pero solo alcanzaron una cierta aceptación social en el último tercio del siglo XX, consiguiendo en lo que va de siglo XXI un extraordinario desarrollo, especialmente la facción vegana.

La aparición de las redes sociales ha facilitado el acceso indiscriminado de las personas a informaciones —no siempre rigurosas— sobre este fenómeno, existiendo numerosos/as influentes —«influencers»— que la han convertido en su bandera, con buenas rentabilidades monetarias, por cierto.

Conscientes de este interés por lo vegano, fabricantes y cadenas de supermercados se han lanzado a la producción, exhibición y venta de numerosos fabricados veganos. A las iniciales bebidas vegetales, propuestos sustitutos de la tradicional leche de vaca, se han sumado toda clase de elaboraciones que, con la misma denominación que los clásicos de origen animal —leches, salchichas, quesos, hamburguesas, salchichón, etc.—, han pasado a lucir la etiqueta de vegano. Es tal el éxito del sello entre los consumidores, que han empezado a exhibirla productos que per se son de origen exclusivo vegetal: así el vino, el gazpacho o el tomate frito, por poner unos ejemplos, han pasado a lucir la etiqueta «Vegano», «Vegan» o «V» en color verde.

Es interesante este gran interés actual por lo vegetariano y su extremo el veganismo. Replantearse el modelo de consumo alimentario actual, basado fundamentalmente en alimentos de origen animal, e interesarse por los productos de origen vegetal, es una buena noticia desde el punto de vista de la salud.

Este boom de lo vegano está muy vinculado a la supuesta condición de saludable de los productos así denominados. Y es en esta supuesta condición donde está la clave de este artículo.

Para poder ofrecer productos adecuados al gusto de los más, la industria recurre con frecuencia a procesos de elaboración muy discutibles. Conseguir solo con vegetales texturas, olores y sabores atractivos, y que nos recuerden a otros productos de origen animal a los que estamos acostumbrados, obliga a procesar los vegetales de origen, añadiéndoles grandes cantidades de azúcar, aceites poco saludables —palma, palmiste, coco, etc.—, grasas trans, conservantes, estabilizantes, etc., sustancias y cantidades que tienen poco de saludables.

La denominada dieta mediterránea, tan ensalzada y vinculada a buenos niveles de salud, nos habla de comer frutas, verduras, legumbres y aceites vegetales —productos todos ellos de origen vegetal— pero en su estado natural, no procesados en mezclas de compleja composición, por mucho que se les pueda aplicar la etiqueta de vegano.

Si nos atenemos al estricto sentido de la palabra vegano veremos que es aquella persona que rechaza todo alimento de origen animal. O sea que todo lo que toma es de origen vegetal. Pero convendría recordar que la cicuta es un producto de origen vegetal. Pero su consumo no es saludable. Es uno de los venenos naturales más potentes que existen.

Cigüeña blanca. Ciconia ciconia

Metaverso

En el último año hemos oído con frecuencia la palabra Metaverso. Las grandes compañías tecnológicas como Facebook —ahora llamada Meta—, Google, Microsoft, etc. han hecho presentaciones de proyectos con esta tecnología de futuro.

Pero ¿qué es realmente Metaverso? Si entendemos la palabra «realmente» como la define el diccionario de la RAE —efectivamente, verdaderamente— Metaverso es nada, … todavía. Pero no podemos conformarnos con esta simple respuesta.

Los proponentes nos dicen que Metaverso será un mundo virtual —no real— al que las personas se conectarán a través de una serie de dispositivos que les harán pensar que están de verdad —en realidad— dentro de él, pudiendo interactuar con todos sus elementos. Será como si de verdad las personas se hubieran teletransportado a un mundo diferente de aquel en el que viven. 

En ese mundo virtual la persona tendrá la apariencia que quiera, se relacionará con quien quiera, y como quiera, pudiendo trabajar, realizar negocios, etc., o sea, que podrá realizar todas las acciones que se pueden efectuar en la vida real. Durante su inmersión en ese mundo virtual el individuo no será consciente de que no es real, ya que la realidad virtual será indistinguible de la real. Será una realidad alternativa a la que se accederá sin moverse de casa.

Lo de las realidades virtuales no es de ahora. Desde hace años disponemos de videojuegos en los que la persona se dota de una personalidad —avatar—con la que se incorpora al juego, donde se recrean situaciones en las que el individuo se sumerge durante unos minutos u horas, como si estuviera protagonizando las acciones que el juego le propone. Incluso hace unos años surgió una aplicación, llamada «Second Life», en la que ya se daba la posibilidad de tener una segunda vida fabricada por el individuo a su gusto.

Según las empresas interesadas, el individuo accedería a este Metaverso con dispositivos de realidad virtual y realidad aumentada, aparatos que serían indistinguibles de los que usa normalmente. Las gafas serían como la que usa a diario, la ropa seria la habitual dotada de sensores que no se percibirían pero que permitirían tener las sensaciones y ejecutar los movimientos como si fueran reales, etc.

La realidad en que vivimos no siempre es agradable. Las personas tienen que implicarse en la mejora de esta si quieren que cambie. Y eso, lo sabemos, se realiza con esfuerzo y no siempre se consigue.

Dado que sería el individuo el que crearía su mundo virtual —lógicamente a su pleno gusto—, no sería de extrañar que algunos, en vez de esforzarse en cambiar la realidad, se refugiaran en su Metaverso —su mundo virtual— donde es seguro que no faltarían ocasiones placenteras.

Y, mientras tanto, la realidad seguiría su curso. ¿Hasta cuando y hasta donde?


Imagen: Magnolia. Magnolia denudata (Imagen de Daniel)

Paraisos fiscales

Carpenteria califórnica

Recientes escándalos financieros nos han recordado la existencia de enormes cantidades de dinero depositadas en ciertos países, depósitos secretos cuyos propietarios no se conocen y que, por tanto, no pagan impuestos en los países donde se ha generado esa riqueza. En otras ocasiones el dinero no está oculto, pero sus propietarios deciden tenerlo en esos países debido a que su carga impositiva es menor que la que tienen en los de origen.

Estos países han sido denominados paraísos fiscales y, como concepto, son denostados por los ciudadanos y criticados por los gobernantes de las democracias —las dictaduras nunca se quejan de su existencia—, debido a la falta de solidaridad que expresan. Su escasa o nula contribución a los gastos comunes de las sociedades avanzadas son vividos de forma negativa, postulándose su desaparición para progresar en el desarrollo democrático de las naciones.

La propia denominación —paraísos— hace pensar que estos países están situados en lugares exóticos, fuera del alcance de las normas y leyes que rigen en las democracias desarrolladas. Pero esto no es siempre así. Algunos de estos paraísos están muy cerca de nosotros. La admirada y respetada Suiza, el Gran Ducado de Luxemburgo o el Principado de Liechtenstein, son países normales y cercanos donde se oculta el dinero, con frecuencia producto del delito —trafico de drogas, corrupción, trata de blancas, etc.—. Y en los casos de origen legítimo de los fondos, estos depósitos siempre son intentos de eludir, en todo o en parte, el pago a los respectivos tesoros públicos de los impuestos que deberían devengar sus propietarios.

El mismo Reino Unido, que hasta hace poco formaba parte de la Unión Europea, tiene en su seno determinadas áreas donde la imposición es escasa o nula. Algunas zonas del territorio, como las Isla Jersey o la de Man —por no hablar de la atípica población de Gibraltar—, funcionan como paraísos fiscales, aunque forman parte del Reino Unido y, por tanto, sometidos a las leyes británicas

Es evidente que los gobiernos que controlan el mundo —el denominado G20—, no han tenido voluntad hasta ahora de acabar con los paraísos fiscales. Los poderes económicos no lo han permitido, ya que la existencia de estos paraísos garantiza la supervivencia de muchas grandes corporaciones y de enormes fortunas procedentes del poder económico o del político.Ha habido un primer acuerdo en el buen camino, con el establecimiento de un mínimo de un 15% en el impuesto de sociedades. Pero la tarea es ingente. Tenemos que seguir insistiendo en que los evasores dejen de ser anónimos, se conozcan todos los países que facilitan estos subterfugios y se dicten leyes que obliguen a todas las entidades financieras a facilitar la información sobre cuentas y titulares.

Clínicamente probado

Campsis radicans. Enredadera de trompeta

La publicidad nos tiene acostumbrados a recibir mensajes que pretenden darnos certezas sobre la calidad de los productos que se publicitan. Suelen ser mensajes cortos, que apelan a nuestros conocimientos previos para convencernos de que el producto en cuestión es bueno para nosotros. 

En los últimos años se publicitan numerosos productos alimenticios o cosméticos que llevan explicita la expresión “clínicamente probado”. Con esta coletilla se pretende convencernos de que el producto que se nos oferta ha pasado el control de la medicina —la clínica es el ejercicio práctico de la medicina relacionado con la observación directa de los pacientes y con su tratamiento — y por lo tanto goza del aval de la ciencia médica. Es decir que los médicos han testado el producto y han concluido que es bueno para el fin al que va destinado.

Esta afirmación adolece, como mínimo, de una falta de precisión, que desvirtúa en gran medida el mensaje. No se nos dice quien o quienes han testado el producto ni los resultados que han obtenido. Nada se afirma sobre que los resultados obtenidos, si realmente se ha testado el producto, sean los que publicita la empresa fabricante.

Frente a esta publicidad tenemos que posicionarnos de una manera crítica. Primero deberíamos saber —podría figurar en el prospecto interior— qué médicos han probado el producto, con qué pacientes y en qué condiciones. Por otro lado, deberíamos conocer los resultados de la prueba, que pueden haber sido negativos, en cuyo caso demostrarían la inutilidad de lo que se publicita.

Es evidente que los consumidores no podemos tener los conocimientos necesarios para decidir sobre la veracidad de todos y cada uno de los productos que se nos ofertan. Pero también es cierto que hay una cierta experiencia global previa sobre lo ya conocido que puede ayudar en la decisión.

Tenemos una cierta pulsión hacia la novedad. Casi nos han convencido de que todo lo nuevo es bueno y mejor que lo previo. Pero debemos ser cautos ante lo que se nos ofrece. No todo lo publicitado como clínicamente probado ha pasado por el filtro de la medicina.

Saber o no saber

Acanto. Acanthus mollis

Estamos viviendo una época en la que hay escaso respeto por el conocimiento ajeno y en el que se confunde conocimiento con opinión. Conocimiento es saber, estar instruido en algo, y opinión es juicio o valoración que se forma una persona respecto de algo o de alguien.

Estábamos convencidos de que, con la llegada de la democracia, el conocimiento se difundiría sin cortapisas y los ciudadanos podríamos acceder libremente a él. Se llegó a afirmar —y se sigue afirmando— que el conocimiento nos haría más libres. La generalización de las Tecnologías de la Información y el Conocimiento (TIC) nos convenció de que la época del saber había llegado y se impondría sobre la de la opinión.

Sin embargo, nos aguardaban sorpresas negativas en el camino de la verdad. En la década de los ochenta del pasado siglo, ya Isaac Asimov —prolífico autor de obras de ciencia ficción, historia y divulgación científica —avisó de un defecto que por entonces empezaba a verse con cierta frecuencia: en nombre de la libertad de expresión nos estaban convenciendo de que «mi ignorancia es tan buena como tu conocimiento».

Con el paso de los años, dicha afirmación se ha extendido. Sorprendentemente, vemos a diario como científicos y profesionales de la medicina tienen que salir a desmentir las expresiones que algunos llamados «influencers», que difunden por las redes sociales sus opiniones —que no sus conocimientos— sobre temas tales como la pandemia o las vacunas, aportando como único mérito el tener cientos de miles de seguidores.

Ante esta situación, ¿qué podríamos hacer? Evidentemente, la prohibición de expresar esas opiniones no es una opción. Ya en un articulo anterior mencionábamos que, si bien todos los votos valen en democracia, todas las opiniones no tienen el mismo valor y no todas las opiniones son respetables. Pero que solo en muy determinados casos —defensa del racismo, de la xenofobia, del genocidio, de la pederastia, etc. —sería ilegal expresarlas.

Entonces ¿es sensato permitir que las mentiras conformen nuestras opiniones? En nombre de la libertad de expresión ¿debemos permanecer inermes cuando alguien difunda noticias falsas? Como ciudadanos libres que viven en democracia debemos expresar, ante todo aquel que quiera oírnos, nuestra repugnancia y rechazo ante aquellos que niegan la verdad científicamente demostrada, que ignoran el conocimiento y nos quieren inculcar sus opiniones ajenas al conocimiento sólidamente basado.

No es mucho. Pero permanecer impasibles es aún menos.

Precariado

Barba de viejo. Urospermum picroides

En el pasado el trabajo era entendido, básicamente, como una forma de ganarse la vida. Se realizaba una labor para una empresa —o para si mismo, los autónomos— por la que se percibía una retribución, que habitualmente bastaba para vivir.

Esta forma de entender el trabajo ha cambiado sustancialmente en los últimos años. La globalización y la gestión de esta —en beneficio de las entidades financieras y de las multinacionales— ha condicionado grandes cambios en el mercado laboral. Estas modificaciones de las condiciones de trabajo han provocado un incremento del paro y una menor calidad y retribución de los puestos de trabajo, produciendo un cierto disconfort en los trabajadores, que se siente alienados.

El investigador británico Guy Standing ha acuñado el termino precariado para denominar a estos nuevos trabajadores, a los que considera como una nueva clase social emergente. Para Standing, la precariedad supone sufrir la inseguridad laboral —falta de un trabajo decente o con derechos laborales dignos—, la inseguridad de identidad y la falta de control del tiempo de vida, lo que dificulta —si no imposibilita— la posibilidad de establecer una planificación vital. 

Una novedad importante de esta nueva clase social es que en ella están incluidos jóvenes educados, muchos de ellos sobrecualificados, que trabajan —o intentan trabajar— en ocupaciones relacionadas con el conocimiento, cada vez mas frecuentes, trabajos creativos, intelectuales, y que gozan de un cierto prestigio social.

Conscientes de su precaria situación, algunos de estos trabajadores intentan mejorar su empleabilidad rebajando las pretensiones económicas o trabajando durante más horas, de manera que resulten más rentables, adaptándose a lo que sus empleadores exigen. Esto hace que presten menos atención a las horas de trabajo y a la remuneración, y mas a la gratificación de la labor a realizar. En esta situación encuentran dificultades para diferenciar el trabajo del ocio, y a plantearse su realización exclusivamente en el trabajo. Es decir, cayendo en lo que algunos autores han llamado autoexplotación.

Ante esta tremenda realidad, Standing considera que «los dirigentes políticos deben hacer reformas sociales ambiciosas con el fin de garantizar la seguridad económica y financiera como un derecho». Considera que, si los políticos no toman las decisiones necesarias, es muy posible que surjan «movimientos sociales cargados de ira y violencia», y que nazcan y/o crezcan los partidos políticos de extrema derecha.

Educación en 2021

Granado. Punica granatum

En los últimos años hay una cierta preocupación en la comunicad educativa acerca de la calidad y el tipo de educación que se imparte en las aulas españolas.

El denominado informe PISA, organizado por la OCDE, mide periódicamente los conocimientos en matemáticas, ciencias y lectura de los alumnos de 15 años.  Discutible como muchos sistemas de medición social, es evidente que sus resultados se valoran por más de 60 países como indicadores de la calidad de la educación que reciben los alumnos y de su nivel de aprendizaje.

Por parte de las autoridades administrativas se están proponiendo reformas que permitan mejorar los resultados obtenidos por España, y ante estas propuestas se alzan voces que expresan la preocupación por estos cambios.

Con respecto a los cambios a realizar, algunos expertos educativos postulan que los conocimientos no son verdaderamente importantes y que lo único que necesitan los estudiantes es desarrollar todas las habilidades emocionales que les permitan ser empáticos, receptivos y solidarios. Lo importante es la habilidad y la predisposición, y la memoria —en opinión de estos expertos— sirve de poco, al igual que la lectura.

Otros se inclinan por afirmar que los conocimientos son imprescindibles para poder producir nuevos conocimientos y, por tanto, que cuantos más conocimientos tengan los alumnos —científicos, humanísticos, técnicos— mas capacidad tendrán de crear conocimientos novedosos.

Andreas Schleiter, padre del informe PISA, es Director para la Educación y Habilidades y Consejero Especial para Políticas Educativas del Secretario General de la OCDE en París. Este experto, en sus sugerencias para España ante la reforma educativa, piensa que hay que pasar de un modelo basado en saber repetir contenidos a otro en que los alumnos den sentido a lo que saben y sepan aplicar sus conocimientos.

Para Schleicher los alumnos deben aprender menos cosas, pero de manera más profunda. Según él, el mayor éxito de la escuela es dar a los jóvenes estrategias y actitudes para que cada día puedan aprender, y puedan también desaprender y reaprender cuando el contexto cambie.

 Estos cambios están afectando al profesorado y a los padres de los alumnos. Algunos de los primeros muestran su temor a nuevas formas y conceptos a los que no están acostumbrados y para los que no se sienten formados. Muchos padres se muestran inquietos porque sus hijos van a dejar de aprender lo que solía ser importante para ellos, y ven que empiezan a aprender cosas que ya no entienden.

Es evidente que el mundo en el que vivimos está cambiando, y a gran velocidad. Educar en este entorno cambiante no es tarea fácil. Esperemos que esta aparente contradicción entre conocimientos y habilidades se resuelva en la adecuada síntesis.

Granado. Punica granatum

Comida a domicilio en 2021

Punica granatum

La pandemia ha transformado numerosos aspectos de nuestra vida y está propiciando cambios en actividades que parecen, en principio, ajenas a esta realidad.

Uno de los aspectos que ha cambiado significativamente es el del consumo de comida a domicilio. Las dificultades de los restaurantes y bares convencionales para llenar sus establecimientos, por las limitaciones de seguridad a las que la pandemia obliga, ha condicionado un importante crecimiento del servicio de comidas a domicilio. Buena parte de los restaurantes ofrecen este servicio, y las grandes cadenas de distribución — Glovo, Uber Eats o Deliveroo— han experimentado un auge en sus pedidos, que se ha incrementado un 60% en el año 2020.

Este incremento de la demanda ha hecho que las grandes distribuidoras vean negocio no solo en distribuir la comida que elaboran otros, sino que han visto la posibilidad de incrementar sus ganancias produciendo ellos mismos las comidas para repartir. Asimismo, dada la rentabilidad del negocio, han aparecido nuevas empresas que se encargan de hacer las dos tareas, cocinar y repartir. Y otras, también nuevas, se dedican solo a repartir las comidas que elaboran otros.

Esta necesidad de incrementar la elaboración de comida para consumo en domicilio ha condicionado la aparición de lo que algunos periodistas han dado en llamar «cocinas fantasma». Un local se acondiciona solo para cocina, o se utilizan las cocinas de restaurantes que han cerrado, o las de restaurantes que ceden a un tercero parte del espacio de que disponen en su cocina para elaborar comidas para domicilio. 

El tradicional servicio de comidas a domicilio tenía siempre detrás el respaldo de un establecimiento abierto al publico, a donde acudir en caso de reclamación, ya que el transportista es un mero intermediario que no puede responder de la calidad y elaboración de la comida recibida.

Estas «cocinas fantasma» son un negocio tan legal en principio como cualquier otro. Sin embargo, hay constancia de que están apareciendo algunas cocinas que, por no estar abiertas al publico, no disponen de la pertinente autorización y/o se desconoce si cumplen las normas de seguridad a las que están obligados este tipo de establecimientos.

Quizás deberíamos plantearnos, a la hora de pedir comida a domicilio, hacer los pedidos solo a establecimientos que tengan un local abierto al publico, o que pertenezcan a empresas acreditadas.

Hablar y chatear

Polygala myrtifolia

En los últimos años estamos asistiendo a una autentica revolución en lo que a comunicación con otras personas se refiere. Según los datos del Informe «La Sociedad Digital en España» de 2018 —de la Fundación Telefónica— el número diario de mensajes instantáneos —Whatsapp y similares— es casi el doble del de llamadas telefónicas, hecho especialmente importante entre el sector mas joven de la población, en los que el uso de la mensajería supera el 90% de las conexiones con amigos y familiares.

Hasta no hace muchos años la forma mas habitual de comunicarse era la llamada telefónica. Esta forma ha quedado desbancada por los mensajes escritos y, mas recientemente, por los mensajes de voz. Y, aunque en el último año —por la pandemia— las videollamadas han experimentado un importante crecimiento, no han desbancado a los mensajes escritos como forma de relacionarse.

Nicholas Epley —profesor de Ciencias del Comportamiento en la Universidad de Chicago— es uno de los investigadores que ha estudiado este fenómeno. De sus investigaciones se deduce que, a pesar de que la mayoría de los encuestados prefieren el mensaje escrito, reconocen que oír la voz del interlocutor les hace sentir mas conectados y comprendidos. Preguntados entonces sobre el por qué de la preferencia del mensaje escrito, la mayoría respondían que la llamada les iba a hacer sentir incomodos; aunque una vez realizada la llamada reconocían no haberse sentido molestos.

Estos investigadores, en otro experimento realizado a continuación del anterior, estudiaron si añadir imágenes a la llamada —videollamada— suponía alguna diferencia. Los sujetos participantes en el estudio no se sintieron más conectados cuando veían la imagen de su interlocutor que cuando solo hablaban con él. Así pues, la sensación de conexión no parecía provenir de poder ver a la otra persona, sino de escuchar su voz.

No están claros los motivos de esta prevención a las llamadas entre los ciudadanos, especialmente los más jóvenes. La psicología apunta a una posible autoestima baja o a una inseguridad, ya que la llamada es menos previsible que el mensaje escrito. Apuntan a que quizás, al hablar por teléfono, no van a saber responder o no van a tener tiempo para elaborar una respuesta que se considere adecuada.

Los psicólogos saben que el 70% de la emoción de una persona se transmite a través de la expresión de la cara y el cuerpo, y que la voz es más cálida que el mensaje escrito. Así que, ¿qué esperamos para hacer esa llamada o encontrarnos con esa persona?

Trabajadores esenciales

Asteroidea

En 2017 publicamos un articulo titulado Meritocracia. En él hablábamos de la dificultad de definir lo que consideramos mérito y de la necesidad de consensuar las cualidades que deben poseer aquellas personas a las que la sociedad les concede el mayor valor social.

Siendo esto así, parece que no hay acuerdo en definir lo que es valor social y se tiende a equipararlo a valor económico. La globalización, el pensamiento neoliberal y la tecnocracia se han aliado para que la mayoría de los ciudadanos valoren más a aquellos que alcanzan las mayores retribuciones. Y esas personas y actividades logran las mayores retribuciones porque los ciudadanos le dan el mayor valor a la labor que realizan. 

Así, para la mayoría, una persona, un colectivo, una profesión, tiene mayor valor social si gana mucho dinero, si tienen gran valor económico. Empresarios, ejecutivos, artistas, deportistas, “famosos” de todo tipo, gozan de mayor valoración social porque sus ingresos son altos. La mayoría de los trabajos —y los ciudadanos que los desarrollan— quedan en un plano muy inferior porque su nivel económico es medio o bajo.

Si se preguntara a cualquier ciudadano cual debe ser la primera preocupación de nuestros gobernantes, muy probablemente la mayoría contestaría que la consecución del bien común. Pero el bien común es el beneficio para la sociedad en su conjunto, no solo para algunos individuos. El bien común es el valor social, y la mayoría —si no todos— de los que ocupan los niveles más altos de valoración por la sociedad no suelen tener como ocupación fundamental alcanzar el bien común.

En este largo tiempo de pandemia hemos visto que, para sobrevivir como colectividad, la mayoría de los roles más valorados por la sociedad no nos han servido de mucho. Sin personal sanitario, trabajadores industriales, agricultores, repartidores, mozos de almacén, dependientes, camioneros, y un largo etcétera de personas que han seguido trabajando a pesar del grave riesgo que corrían, nuestra vida hubiera sido muy difícil y todo el país se hubiera paralizado. 

Es paradójico que estas personas, habitualmente poco valoradas por la sociedad, y que no suelen estar bien pagados, ahora ha resultado que son trabajadores esenciales.

Quizás deberíamos reflexionar sobre nuestra escala de valores.

Arvejón. Lathyrus clymenum