El valor de lo SIN

Flor lila

No se si recordarán de que les escribo. Hasta hace pocos años la publicidad nos inundaba con mensajes en que lo predominante eran los añadidos a los diversos productos que se nos ofrecían.

Los productos en su estado natural —leche, zumos de frutas, pan, etc.—, las conservas, así como otros productos mas sofisticados como los cosméticos, parece que no tenían valor por si mismos —o su valor era menor—y para potenciarlos, para hacerlos mas necesarios, apetecibles o apetitosos había que añadirles diversas sustancias.

La lecha tenia que llevar sustancias ajenas a su composición —calcio añadido, omega tres, etc.—, los zumos debían tener azúcar y las conservas toda una compleja lista de sustancias químicas que hubo que organizar con letras y números —los conocidos E-000—. Y que decir de los productos de cosmética. Estos se llevaban la palma con la adición de sofisticados componentes cuyo significado y valor nos estaba vedado a la mayoría de los mortales: así aceites de plantas nunca oídas, sustancias químicas desconocidas, supuestos componentes celulares, o extractos de arboles y plantas exóticas eran necesarios para hacer más eficaz el producto.

Era el tiempo del CON. Y los diferentes añadidos se resaltaban en los envases, no con la intención de informar de su contenido —ya que algunos se ocultaban en la letra pequeña— sino para glosar las bondades del producto.

El tiempo —una o dos décadas han sido suficientes, ahora todo va muy deprisa— ha demostrado que muchos de dichos añadidos eran superfluos, a veces poco aconsejables y en ocasiones claramente tóxicos. Y había que cambiar para seguir vendiendo.

Ahora ha llegado el tiempo de vender productos que carecen de los elementos que se anunciaban hace poco como beneficiosos. Ahora muchos de los productos envasados se anuncian de forma sistemática y visible con la coletilla de SIN: “sin conservantes ni colorantes”, hay leches que se ofrecen “puras” y los zumos se publicitan como “sin azucares añadidos”. Los productos cosméticos se ofertan “sin parabenes“ u otras sustancias previamente añadidas. Y ello sin contar con los productos específicos —plenamente justificados— para intolerancias definidas: leches sin lactosa, panes y pastas sin gluten, edulcorantes sin aspartamo, etc.

Es evidente que los tiempos han cambiado. Ahora toca un mundo SIN predominante, que coexiste con restos del CON. Pero en este mundo sin, como previamente con el mundo con, hemos de estar muy vigilantes para que no nos den gato por liebre. O nos intoxiquen directamente.

Medicina y Medicinas II

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En el pasado mes de marzo apareció en este blog un articulo que titulamos Medicina y Medicinas, donde se reclamaba que la única medicina que merece tal nombre es la que soporta su conocimiento en el método científico y solo prescribe actuaciones que hayan sido avaladas por dicho método, mediante la realización de ensayos clínicos controlados.

Las llamadas medicinas alternativas —homeopatía, naturopatía, quiropraxia, curación energética, ozonoterapia, radiestesia, etc.— gozan aún del favor de una parte de la población —menos de un 10%— que siguen sus prescripciones, aunque no tengan ninguna utilidad clínica más allá del efecto placebo. Y ello a pesar de que se han alzado numerosas voces afirmando la ineficacia de estas pseudociencias.

Esta realidad ya fue corroborada por el Servicio Nacional de Salud de Inglaterra —National Health Service (NHS)— que en respuesta a una petición del Parlamento Británico estableció que la homeopatía carece de respaldo científico para su aplicación y que no hay pruebas de que sea eficaz como tratamiento de ningún problema de salud.

Ya en nuestro país la Comisión de Sanidad del Congreso de los Diputados ha debatido recientemente sobre las pseudociencias y se ha estudiado una Proposición No de Ley en la que se insta a modificar la norma en el sentido de que se establezca la responsabilidad de los profesionales sanitarios que recomienden tratamientos que no estén avalados por pruebas ni resultados científicos. En esta propuesta, aún no convertida en ley, se plantea que los profesionales sanitarios estén obligados a comunicar a las autoridades legales —fiscalía o juzgado de guardia— las prácticas llevadas a cabo por profesionales, titulados o no titulados, que no estén respaldadas por la evidencia científica. Esto es, plantear que todos los profesionales sanitarios, ya sea con práctica privada o pública, tengan la obligación de velar por la defensa de las personas, denunciando y poniendo en conocimiento de las autoridades judiciales todas aquellas prácticas de las que se tiene conocimiento reiterado que no han demostrado resultados para la salud.

Aunque algunas de estas pseudociencias han sido avaladas en el pasado por algunos Colegios de Médicos, la Organización Médica Colegial ha sido sensible a este clamor y ha reaccionado en este mes de junio mediante un comunicado del Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos de España y de la Comisión Central de Deontología Médica, en el que se han rechazado “por inaceptables y contrarias a la deontología médica” todas las prácticas invalidadas científicamente y consideran a las mismas ajenas a la ciencia y profesión médica. Entre esas prácticas se encuentra la homeopatía, “la cual no ha podido demostrar hasta la fecha ninguna evidencia científica de eficacia médica fuera del efecto placebo”.

Es hora de que reflexionemos todos, médicos y pacientes, sobre cual debe ser nuestra actitud frente a los que se dedican a la práctica de estas actividades pseudocientíficas.

Adaptación hedónica

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Según la doctrina hedónica habría una relación directa entre la satisfacción de los deseos y el nivel de felicidad. De acuerdo con ello, el grado de felicidad iría aumentando a medida que fuéramos viendo cumplidas nuestras apetencias, en una progresión aparentemente permanente.

Pero las cosas no parecen ser exactamente así. La primera evidencia fue presentada en 1974 por Richard Easterlin. Este autor encontró que —partiendo de unos ingresos básicos, diferentes para cada individuo— el bienestar subjetivo de las personas varía directamente con los ingresos en un momento dado; pero, en promedio, el bienestar tiende a ser muy estable en el tiempo a pesar del enorme crecimiento de los ingresos. Esto parecería indicar que el bienestar de una persona depende más de su ingreso relativo que de su renta absoluta.

Esta doctrina —la del ingreso relativo— fue complementada con la llamada teoría del “set point”. Basándose en el estudio de un amplio grupo de personas —una cohorte—, a los que siguió durante mas de dieciséis años, el autor pudo comprobar que cuando el nivel de renta aumenta, y con ello la cantidad y calidad de bienes que se pueden obtener, se produce un incremento de bienestar subjetivo durante un tiempo para, una vez adaptados a la nueva situación, volver al nivel de satisfacción inicial —set point o punto de partida—. Y esto sería la adaptación hedónica.

Esta posición es compartida por otros psicólogos sociales, que piensan que cada individuo tiene unas características personales —más o menos innatas— y que en función de estas características queda unido a un determinado nivel de felicidad que apenas cambia a lo largo de toda su vida. De acuerdo a esto, Easterlin escribió recientemente: “En un momento cronológico dado, los que poseen mayores ingresos son en promedio más felices que los que ganan menos. Pero si se considera el ciclo de vida en su conjunto, la felicidad media de un grupo permanece constante, aunque exista un incremento notable de ingresos”.

Podríamos decir pues que, según esta teoría, la felicidad subjetiva permanece estable, aunque las condiciones objetivas vayan a más. Es como si la distancia entre las posesiones y las aspiraciones permanecieran más o menos constante a lo largo de la vida y, con ello, el nivel de bienestar —felicidad— subjetivo.

De acuerdo con estas teorías, los psicólogos afirman que los individuos dedican demasiados esfuerzos a aumentar sus ingresos porque creen que así mejoraran su nivel de vida y de satisfacción personal —de felicidad—, resultando que dichos recursos se utilizan ineficientemente no sólo por el hecho de que se da una adaptación a la nueva situación —adaptación hedónica— sino porque además existen efectos colaterales negativos. Piensan que se dedica una cantidad de tiempo desproporcionada a la obtención de las mejoras económicas, a expensas de la vida familiar y de la salud, y que el bienestar subjetivo obtenido se reduce respecto del nivel esperado.

Llegados a un cierto nivel económico sería interesante reflexionar sobre esto.

Hedonismo

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Se puede definir el hedonismo como una doctrina moral —una teoría— que establece el placer como fin y fundamento de la vida. Según ella la actitud vital adecuada sería aquella basada en la tendencia a la búsqueda del placery el bienestar en todos los ámbitos de la vida.

Como todas las definiciones, ésta también adolece de una cierta simplicidad. Habría que perfilar algunos de los conceptos que se vierten en ella, especialmente lo que entendemos por placer.

Aunque la mayoría de los humanos tenemos vinculada la palabra placer al placer sensual-sexual, la teoría de la que hablamos le da un significado más amplio: para ella el placer consistiría en la satisfacción de nuestros deseos.

Ahora bien, estos deseos pueden ser básicamente de dos tipos:  el placer sensible, físico o inferior, y el placer espiritual, o superior. Por otro lado, los deseos pueden ser de índole individual —la búsqueda del placer personal— o de tipo colectivo — el placer, el bienestar y la utilidad social—. Este afinar en los conceptos ha dado lugar a diferentes corrientes dentro de esta teoría.

Esta doctrina, que tiene más de 2.000 años de antigüedad, fue muy denostada en el pasado. Tanto para la religión —venimos a un valle de lágrimas— como para la sociedad —la vida debe estar basada en el sacrificio— la búsqueda del placer era criticada y el término hedonista tenia connotaciones negativas.

En los últimos años han surgido corrientes en la psicología social que han insistido en lo contrario. Propugnan que debemos disfrutar de la vida, y que todos los placeres deben ser satisfechos, teniendo como único límite el respeto a los demás. Los deseos deben ser saciados sin restricciones que coarten nuestro derecho a ser felices.

Esta vinculación —satisfacción de los deseos igual a felicidad— ha arraigado en todas las facetas de la vida. Cuando no se tiene algo se lo desea y se está convencido de que la consecución de lo deseado aumentará el nivel de felicidad. Y esto será así en la mayoría de los casos, y durante todo el tiempo.

Sin embargo, la misma corriente psicológica que impulsa a poner en práctica esta teoría —el hedonismo— aclara que esto tiene sus limites. Que la permanente satisfacción de los deseos no necesariamente incrementa de forma estable la felicidad. Es lo que han dado en llamar “principio de adaptación hedónica”. Pero esta aparente contradicción será objeto de otro artículo.

Medicina y medicinas

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De forma simplificada entendemos como medicina al conjunto de conocimientos y técnicas aplicados a la predicción, prevención, diagnóstico y tratamiento de las enfermedades humanas y, en su caso, a la rehabilitación de las secuelas que puedan producir.

La Medicina como práctica tiene decenas de siglos de antigüedad, pero en el pasado su base era muy débil cuando no inexistente, por lo que la práctica médica era con frecuencia ineficaz, si no dañina.

En los últimos 100 años la Medicina ha incorporado a su quehacer el método científico, de tal modo que en la actualidad la práctica médica se realiza con una evidencia científica que la avala. Es decir, cuando la acción propuesta por la Medicina ha demostrado, mediante ensayos clínicos controlados, que la actuación en cuestión es mejor que nada o que otras alternativas disponibles. Y estos ensayos cuestan decenas de millones de euros.

 Este mismo método —el método científico— nos ha enseñado que la gran mayoría de las afecciones que sufre el ser humano —casi el 80%— son limitadas en el tiempo y se curan solas. Por otro lado, nos ha demostrado que cualquier producto que se use para una afección —si tiene la apariencia formal de una medicina— produce una mejoría en el 10% de los que lo toman, lo que se denomina efecto placebo.

Pero la llegada de la ciencia a la Medicina no ha acabado con procedimientos que no cuentan con respaldo científico y que están basados en la credulidad —en la fe—  de los ciudadanos. En las últimas décadas del pasado siglo han florecido apellidos para la Medicina, que nunca le hicieron falta: así, medicina homeopática, medicina alternativa, medicina herbal, medicina orgánica, medicina granular, etc.

Para reafirmarse en su concepción, estas medicinas con apellido han pretendido endosar a la Medicina apellidos, para equipararla a ellas. Así utilizan añadidos como alopática, orgánica, biológica, etc., apellidos que nada expresan ni son necesarios.

La Medicina ha demostrado que no necesita apellidos. La ciencia ha ratificado sus prácticas. Dejemos los añadidos para aquellos que aún tienen que demostrar su eficacia real con el único método válido en la actualidad: el científico.

Conversar

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La definición de la palabra conversar es muy parca: hablar con otro u otros. Dado que la forma más común de comunicarse las personas, de relacionarse, es mediante la conversación, este concepto nos sabe a poco. Imaginamos que la conversación es —debe ser— algo más rico y complejo.

Los expertos suelen hablar de diferentes niveles de conversación y plantean que cada uno de ellos está indicado en diferentes situaciones, así como que el grado de comunicación que se consigue es diferente según el nivel elegido.

En un primer nivel se hablaría de las cosas. Es una conversación superficial en la que se mencionan cosas que ocurren o han ocurrido —el tiempo, el futbol—, pero en la que no nos implicamos. En este nivel la comunicación es muy pobre, pero existe.

El segundo nivel, también superficial, es hablar de los otros, de los demás. Narramos lo que los demás han hecho, dicho o escrito, pero no nos posicionamos respecto a ello. Lo que llamamos cotilleo estaría en este nivel, aunque en este caso si suele haber una toma de posición respecto a los otros.

Un tercer nivel supondría hablar de nuestras ideas. Suele ser muy teórico, aunque ya nos posicionamos con respecto a la política, a la sociedad, a lo que sucede en nuestro entorno. En este nivel no involucramos a nuestro interlocutor, por lo que si éste usa el mismo nivel de conversación que nosotros, tenemos el perfecto intercambio de monólogos.

Según los teóricos de este tema, un nivel más avanzado sería el cuarto. Aquí ya no solo hablamos de los que nos sucede, sino de lo que sentimos. Confesar nuestros sentimientos nos hace vulnerables y suele requerir un grado mayor de intimidad con nuestro interlocutor. Es un nivel superior de comunicación, pero no implica necesariamente que el otro participe.

Finalmente, el nivel superior, el quinto, implicaría compartir sentimientos. Ya no solo hablamos, sino que escuchamos al otro. La conversación es bidireccional. Sería el nivel más amplio y profundo de la comunicación.

Es evidente que todos los niveles son necesarios, ya que las situaciones suelen ser muy diferentes. Pero parece que las relaciones personales que aspiren a ser más plenas y duraderas —de pareja, de amistad— deben utilizar con más frecuencia el quinto nivel.

Creencia y credulidad

 

Reolina. Alba de Tormes-001

No decimos nada nuevo si afirmamos que el ser humano, en general, necesita creer en algo. Y el objeto de su creencia ha sido múltiple a lo largo de la historia. Ha habido creyentes en muchas y variadas cosas, incluidas las creencias que podríamos llamar sobrenaturales. Véase si no las numerosas religiones que existen en el mundo.

El ámbito de las creencias, las cosas en las que los hombres creían, en las que tenían fe, se ha ido reduciendo poco a poco según la ciencia se iba desarrollando. Parte de las cosas que pensábamos como ciertas o sobrenaturales han dejado de serlo al conocer —a través de la ciencia— que tenían una explicación que hasta entonces desconocíamos.

Sin embargo, en los últimos años estamos asistiendo al renacimiento de la fe en cosas para las que la ciencia ya había dado respuesta, o había establecido el método para encontrarlas. Estamos asistiendo a un lento ocaso de los creyentes —el que cree, especialmente el que profesa una religión— y a un resurgimiento de los crédulos —los que creen ligera o fácilmente— como en épocas pretéritas.

La tecnología ha puesto a nuestro alcance datos e informaciones, que nos llegan masivamente y a diario, con nuevas cosas en las que creer, con las que saciar nuestra necesidad de creer. Y, lamentablemente, buena parte de los receptores carece de la cultura científica suficiente para discriminar la verdad de la mentira.

La ciencia hace más de 100 años que estableció un método, el científico, para estudiar y conocer la realidad en la que vivimos. Los científicos —en casi todas las disciplinas y en todo el mundo— realizan un trabajo diario y silencioso que no suele encontrarse en las páginas populares de internet, sino en las revistas especializadas, de las que beben otros científicos.

Sin embargo, aunque el hombre común suele desconocer la existencia de este trabajo, se beneficia de sus hallazgos. No conoce bien lo que hacen, pero sabe que sus resultados —en la mayoría de los casos— son fiables, y hace uso de ellos. Desde los antibióticos hasta los modernos sistemas de frenada o conducción segura de los coches, todo es fruto del trabajo de personas —científicos— que realizan su trabajo con un método —el científico—de manera callada, y con frecuencia con escasas dotaciones económicas.

Esta pasión por saber de los científicos, que hace avanzar el mundo en el que vivimos, no es compartida por la mayoría de ciudadanos, que suelen mostrar una pereza intelectual que dificulta su crecimiento intelectual.

Y cambiar esto no es fácil. La ciencia suele estar poco accesible y los que acceden a ella son gente predispuesta a adquirir dichos conocimientos. Y necesitamos que la ciudadanía mejore su cultura científica para que pueda acceder a esos conocimientos científicos. Como escribió en 1877 un autor inglés, “Cada hombre sencillo que intercambia opiniones cada día en la taberna de su pueblo puede contribuir a aniquilar o mantener con vida las fatales supersticiones que paralizan a su especie”.

Pero para que el hombre sencillo sea capaz de combatir la credulidad se hace necesaria la existencia de buenos divulgadores de la ciencia y practicantes del pensamiento racional y escéptico, ya sean periodistas, filósofos, profesores, etc. Deben ponerse a disposición de los ciudadanos de a pie los conocimientos científicos y hacerlos entendibles por el hombre de la calle.

Si no se hace esto se deja el campo libre a aquellas visiones del mundo carentes de todo fundamento científico, con los peligros que de ello se derivan asociados al fanatismo y al sectarismo.

Después de la posverdad

Villanueva de los Castillejos. Huelva. Pilar abrevadero

Hace nueve meses publicamos un artículo titulado Posverdad en el que planteábamos, entre otras cosas, la frecuencia con la que se publicaban noticias que, no importaba si eran verdaderas o falsas, eran creídas por numerosos ciudadanos porque su contenido se adaptaba a sus deseos, porque la sentían como verdad. Y concluíamos que la posverdad ya no era solo un arma a disposición de la clase política, sino un poderoso y descontrolado recurso a disposición de los ciudadanos.

Mucho ha llovido en este tema desde entonces. El descubrimiento de la publicación de numerosas mentiras, difundidas por millones de emisores falsos en la campaña electoral en USA, parece fuera de toda duda. Se ha planteado con fuerza la posibilidad de que esas mentiras hayan sido difundidas desde fuentes rusas, a través de las redes sociales, mediante la utilización de robots —boots y trolls—informáticos que captan ilegalmente direcciones y emiten contenidos falsos.

Con motivo de los recientes acontecimientos en Cataluña se ha argumentado también la posibilidad de intervenciones ilegítimas de las referidas fuentes rusas —o de otro origen—, hasta el punto que se ha motivado una queja de la propia Unión Europea, llegándose a pedir a la OTAN su intervención para frenar estas actuaciones desestabilizadoras.

Pero no solamente en Europa hay preocupación. El Congreso norteamericano ha convocado e interrogado a los responsables de las redes sociales Facebook, Twiter, Instagram y otras, acerca de la existencia de esta actividad— que no debemos olvidar consiste en divulgar noticias falsas a través de las redes sociales— planteándoles qué se puede hacer para disminuir o anular esta actividad.

Los lectores de periódicos en papel —no sé si en los digitales también— se habrán visto sorprendidos por la publicación de un anuncio, a toda página, por parte de Facebook, en la que se dan numerosos consejos para identificar noticias falsas en dicha red. En su decálogo se invita a sus usuarios a no confiar en los titulares, verificar las fuentes, revisar las fechas, comprobar los hechos, etc. antes de creerse la noticia y, por supuesto, antes de reenviarla.

Los medios tradicionales de difusión de noticias en los países democráticos tenían sus propios códigos éticos y, aunque no siempre, cumplían estas funciones de control por el ciudadano. Ahora, cuando cada ciudadano —y vemos que ni siquiera personas, sino robots automatizados— se ha convertido en un emisor de noticias, conocer la verdad se complica. Las empresas que gestionan estos flujos informativos manifiestan su incapacidad y nos invitan a que seamos nosotros los que, si queremos saber la verdad, hagamos el esfuerzo para separar el grano de la paja.

Labor ingente la que se nos encomienda. Pero es necesario acometerla si queremos seguir siendo personas libres. Es mucho lo que nos jugamos.

Navidad en el siglo XXI

Flor de la pasion. Passiflora

La Navidad es una fiesta típicamente cristiana que se ha venido celebrando en los países occidentales desde hace varios siglos. Los historiadores nos informan de que había una fiesta pagana por esas fechas, que la Iglesia sacralizó convirtiéndola en la conmemoración del nacimiento de Jesucristo, que para las concepciones cristianas es el hijo de Dios.

La conmemoración tuvo siempre un doble componente. Por un lado, había actos religiosos vinculados a la fecha, y por otro se celebraba una fiesta, primero privada —familiar—, y luego pública, de formato diverso según los países, pero siempre de claro contenido lúdico

En Occidente, el aspecto religioso de la celebración ha ido perdiendo peso a favor del componente festivo. Parece evidente que el mundo occidental viene experimentando un lento proceso de laicización, donde el significado original de la Navidad se va diluyendo, cuando no deliberadamente ignorando.

A la par que se produce este proceso, y fruto de la globalización, algunos pueblos de otras culturas —chinos, japoneses, algunos países africanos, por no mencionar más que algunos—están incorporando la fiesta de la Navidad, aunque sin el componente religioso que lo sustenta. Así, en estos días, muchas de sus calles se adornan con luces, se hacen regalos, e incluso incorporan al aséptico —y publicitario—señor de rojo llamado Papá Noel.

Nuestro país no es ajeno a este proceso. A la inercia secularizadora —pasiva—, se ha unido en los últimos años un activo proceso por parte de algunas instancias. Centros en los que no se autoriza a montar un belén, ayuntamientos que ya no instalan portales, sustitución de las imágenes alegóricas en los adornos navideños por motivos geométricos, etc., son algunas muestras de esta tendencia. Incluso hay algún movimiento ciudadano que directamente propone cambiar el nombre a la festividad y sustituirla por otro laico, tal como Fiesta del Solsticio de Invierno.

No sabemos cómo esta aparente contradicción —celebrar el nacimiento de Jesús sin Jesús— acabará resolviéndose. La tendencia es al sincretismo. Probablemente Navidad sin Natividad será la propuesta ganadora.

Hiperpaternidad

Acantus mollis. Acanto (1)

 

Es una moda más de las llegadas de fuera, está vez desde Estados Unidos. Y conociendo lo dados que son los anglosajones a bautizarlo todo, a esto lo han llamado Hiperpaternidad. Y entraña serios riesgos, que algunos psicólogos se han encargado señalar.

Pero vayamos por partes. En el pasado, cuando había cosas más perentorias que resolver —las cosas de comer— la atención a los hijos era escasa. Los niños estaban siempre presentes, pero contaban poco. Eran lo que algunos psicólogos han denominado “modelo mueble”.

Pero como otro movimiento pendular más de la sociedad, ahora nos encontramos con otro modelo, que otros psicólogos han denominado “modelo altar”. El niño ocupa ese espacio que recibe reverencia o adoración, según los casos.

Esta nueva forma de crianza se está imponiendo en nuestra sociedad a pasos agigantados. Es un modelo en el que los padres están todo el día encima de los hijos, anticipándose a sus deseos y resolviéndoles todos sus problemas. Los padres muestran una atención excesiva, una perpetua supervisión de los hijos. En la resolución sistemática de sus problemas llegan hasta a hacerles los deberes, en vez de ayudarles a hacerlos, porque según este modelo para ser buenos, los padres han de solucionarlo todo. Incluso haciendo las cosas en su lugar.

Otra característica de este movimiento es la hiperestimulación. Los padres se creen en la obligación de que el niño este siempre ocupado, porque así se desarrollará más y mejor. Asimismo, son niños sobreprotegidos, a los que no se les puede decir nada, ni criticarlos, incluso no se les puede tocar. Subyace a este movimiento la creencia de que el niño es perfecto, nunca se equivoca, y si escupe, pega, grita, llora o falla en algo es que tiene baja tolerancia a la frustración, como si la frustración fuera una enfermedad.

Según los psicólogos, está práctica está provocando el retraso de la adquisición de autonomía por parte de los niños, de la capacidad de esfuerzo y la disminución del tiempo para jugar con iguales. Los niños tienen una inflada percepción de ellos mismos —“porque yo lo valgo” diría el anuncio—. No están acostumbrados a hacer todo lo que tendrían que hacer, ya que se hace por ellos. Esto lleva a la contradicción de que se valoran mucho a sí mismos pero luego son inseguros, porque no tienen el hábito de resolver sus problemas. Y esto, según parece, les produce una “intolerancia a la frustración”.

Una consecuencia de la Hiperpaternidad es el stress. Esto es agotador para los padres y para los hijos. Los expertos aconsejan evitar la obsesión por ser los padres 100% eficientes, perfectos. Propugnan una sana desatención, observar sin intervenir. Intentar que el niño solucione sus problemas por sí mismo, dándole armas, pero no sustituyéndolo. De esta forma —dicen— les irá mejor en el futuro, cuando se enfrenten al mundo exterior.