Información versus conocimiento

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Hay una frase muy usada por los dirigentes de la sociedad en cualquier área — y por los aspirantes al cargo— que dice: “información es poder”. Por ello algunos se atiborran de información, ignorando que algunos expertos de la modernidad ya afirman que, en el mundo actual, estamos inundados de información, pero privados de conocimiento. Porque parece que lo que realmente da poder es el conocimiento, elemento necesario para la toma de decisiones.

Estos aprendices de brujo, ávidos de poder, desconocen que hay tres términos que se usan casi de forma indistinta y que, sin embargo, tienen un significado radicalmente diferente: datos, información y conocimiento.

Los datos existen fuera del individuo, están situados en el mundo que nos circunda. Los datos son elementos primarios de información que por sí solos son irrelevantes como apoyo a la toma de decisiones. Los datos no dicen nada sobre el porqué de las cosas y no sirven para orientar las acciones. Están en la base de la pirámide del conocimiento, pero carecen de interés si no los ponemos en relación con algo.

El siguiente nivel es la información, que es un conjunto de datos procesados, organizados de forma tal que tengan algún significado para el que los conoce.  Es decir, deben tener una relevancia significativa para alguien, tienen que servir a un propósito o expresar un contexto.  Estos datos ya pueden ser útiles para quién debe tomar decisiones, ya que disminuyen su nivel de incertidumbre. En esta fase ya entra en juego el individuo. Es necesario que la persona tenga unos conocimientos previos para que los datos tengan sentido para él. La educación es la que permite que una persona dé significado a los datos y los convierta en información

 Pero el conocimiento es un paso más, que necesita de la unión de la información con la toma de decisiones. La información deviene conocimiento cuando permite la toma de decisiones que sin esa información seriamos incapaces de asumir. El conocimiento no existe fuera del individuo, es una situación mental que necesita de conocimientos previos y capacidad de toma de decisiones.

En el mundo actual los datos circulan a una velocidad de vértigo. Algunas personas son capaces de transformar esos datos en información. Pero quizás no son tantos los que con todo ello adquieren conocimiento.

Inteligencia ejecutiva

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El autor de la teoría de las inteligencias —Howard Gardner— establece que hay doce tipos de inteligencia y, a pesar de su amplitud, no menciona entre ellas la que podemos denominar inteligencia ejecutiva, la que interviene en la toma de decisiones. Pero parece evidente que a la hora de decidir la inteligencia debe jugar un papel, ya que unas decisiones son acertadas y otras no.

La toma de decisiones es un asunto muy serio, que es motivo de numerosos estudios por parte de psicólogos, neurólogos y sociólogos y constituye el objeto de incontables cursos. Se trata de averiguar cuales son las razones que nos mueven a hacer una cosa u otra, con objeto de encontrar el mejor método para tomar la decisión adecuada.

Se sabe ya que a la hora de elegir actúan dos tipos de fuerzas, aparentemente contrapuestas. Por un lado, están las que podríamos llamar racionales, que se basan en los hechos y en las probabilidades, facetas aparentemente objetivables. Por otra parte, están las fuerzas llamadas no racionales, que tienen en cuenta aspectos peor conocidos y difíciles de analizar como son las emociones, la intuición, el miedo o el deseo, condiciones estas de difícil medida y control.

Dada la existencia de estas dos fuerzas, la ciencia se emplea a fondo en ver como interactúan, y de qué manera nuestra inteligencia actúa para solucionar las claras contradicciones que a veces se suscitan entre lo racional y lo emotivo o intuitivo. Además, el análisis de las diferentes variables, racionales o no racionales, se basa en la medida de grados: poco, regular, mucho, etc. Pero al final tenemos que optar entre una u otra opción, es decir todos los grados se han de transformar en dos: si o no.

Según el filósofo José Antonio Marina de esto se ocupa la llamada inteligencia ejecutiva, que es la encargada de combinar toda la información disponible —racional o irracional— para tomar la mejor decisión, encaminada a conseguir la máxima satisfacción y felicidad. Según el autor la inteligencia ejecutiva no separa argumentos racionales e irracionales. La memoria, los recuerdos, los hechos y las probabilidades adquieren tanto peso como la imaginación, el deseo o el miedo. Todos estos elementos permiten entrever un posible futuro que es el que desencadena una decisión determinada.

Otros autores opinan que la razón actúa como un filtro. Según éstos, utilizaríamos la lógica para descartar las peores alternativas y seleccionar unas pocas entre las que finalmente tomar una decisión. Así, la decisión final no la tomaría la razón sino la emoción, la intuición.

De una u otra forma parece ser que las decisiones no se toman solo con la cabeza —la razón—, sino también con el corazón — las emociones, los sentimientos—. Quizás por ello tienen tanto éxito los populismos de toda laya que proliferan en nuestros días.

 

 

El valor de lo SIN

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No se si recordarán de que les escribo. Hasta hace pocos años la publicidad nos inundaba con mensajes en que lo predominante eran los añadidos a los diversos productos que se nos ofrecían.

Los productos en su estado natural —leche, zumos de frutas, pan, etc.—, las conservas, así como otros productos mas sofisticados como los cosméticos, parece que no tenían valor por si mismos —o su valor era menor—y para potenciarlos, para hacerlos mas necesarios, apetecibles o apetitosos había que añadirles diversas sustancias.

La lecha tenia que llevar sustancias ajenas a su composición —calcio añadido, omega tres, etc.—, los zumos debían tener azúcar y las conservas toda una compleja lista de sustancias químicas que hubo que organizar con letras y números —los conocidos E-000—. Y que decir de los productos de cosmética. Estos se llevaban la palma con la adición de sofisticados componentes cuyo significado y valor nos estaba vedado a la mayoría de los mortales: así aceites de plantas nunca oídas, sustancias químicas desconocidas, supuestos componentes celulares, o extractos de arboles y plantas exóticas eran necesarios para hacer más eficaz el producto.

Era el tiempo del CON. Y los diferentes añadidos se resaltaban en los envases, no con la intención de informar de su contenido —ya que algunos se ocultaban en la letra pequeña— sino para glosar las bondades del producto.

El tiempo —una o dos décadas han sido suficientes, ahora todo va muy deprisa— ha demostrado que muchos de dichos añadidos eran superfluos, a veces poco aconsejables y en ocasiones claramente tóxicos. Y había que cambiar para seguir vendiendo.

Ahora ha llegado el tiempo de vender productos que carecen de los elementos que se anunciaban hace poco como beneficiosos. Ahora muchos de los productos envasados se anuncian de forma sistemática y visible con la coletilla de SIN: “sin conservantes ni colorantes”, hay leches que se ofrecen “puras” y los zumos se publicitan como “sin azucares añadidos”. Los productos cosméticos se ofertan “sin parabenes“ u otras sustancias previamente añadidas. Y ello sin contar con los productos específicos —plenamente justificados— para intolerancias definidas: leches sin lactosa, panes y pastas sin gluten, edulcorantes sin aspartamo, etc.

Es evidente que los tiempos han cambiado. Ahora toca un mundo SIN predominante, que coexiste con restos del CON. Pero en este mundo sin, como previamente con el mundo con, hemos de estar muy vigilantes para que no nos den gato por liebre. O nos intoxiquen directamente.

Medicina y Medicinas II

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En el pasado mes de marzo apareció en este blog un articulo que titulamos Medicina y Medicinas, donde se reclamaba que la única medicina que merece tal nombre es la que soporta su conocimiento en el método científico y solo prescribe actuaciones que hayan sido avaladas por dicho método, mediante la realización de ensayos clínicos controlados.

Las llamadas medicinas alternativas —homeopatía, naturopatía, quiropraxia, curación energética, ozonoterapia, radiestesia, etc.— gozan aún del favor de una parte de la población —menos de un 10%— que siguen sus prescripciones, aunque no tengan ninguna utilidad clínica más allá del efecto placebo. Y ello a pesar de que se han alzado numerosas voces afirmando la ineficacia de estas pseudociencias.

Esta realidad ya fue corroborada por el Servicio Nacional de Salud de Inglaterra —National Health Service (NHS)— que en respuesta a una petición del Parlamento Británico estableció que la homeopatía carece de respaldo científico para su aplicación y que no hay pruebas de que sea eficaz como tratamiento de ningún problema de salud.

Ya en nuestro país la Comisión de Sanidad del Congreso de los Diputados ha debatido recientemente sobre las pseudociencias y se ha estudiado una Proposición No de Ley en la que se insta a modificar la norma en el sentido de que se establezca la responsabilidad de los profesionales sanitarios que recomienden tratamientos que no estén avalados por pruebas ni resultados científicos. En esta propuesta, aún no convertida en ley, se plantea que los profesionales sanitarios estén obligados a comunicar a las autoridades legales —fiscalía o juzgado de guardia— las prácticas llevadas a cabo por profesionales, titulados o no titulados, que no estén respaldadas por la evidencia científica. Esto es, plantear que todos los profesionales sanitarios, ya sea con práctica privada o pública, tengan la obligación de velar por la defensa de las personas, denunciando y poniendo en conocimiento de las autoridades judiciales todas aquellas prácticas de las que se tiene conocimiento reiterado que no han demostrado resultados para la salud.

Aunque algunas de estas pseudociencias han sido avaladas en el pasado por algunos Colegios de Médicos, la Organización Médica Colegial ha sido sensible a este clamor y ha reaccionado en este mes de junio mediante un comunicado del Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos de España y de la Comisión Central de Deontología Médica, en el que se han rechazado “por inaceptables y contrarias a la deontología médica” todas las prácticas invalidadas científicamente y consideran a las mismas ajenas a la ciencia y profesión médica. Entre esas prácticas se encuentra la homeopatía, “la cual no ha podido demostrar hasta la fecha ninguna evidencia científica de eficacia médica fuera del efecto placebo”.

Es hora de que reflexionemos todos, médicos y pacientes, sobre cual debe ser nuestra actitud frente a los que se dedican a la práctica de estas actividades pseudocientíficas.

Adaptación hedónica

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Según la doctrina hedónica habría una relación directa entre la satisfacción de los deseos y el nivel de felicidad. De acuerdo con ello, el grado de felicidad iría aumentando a medida que fuéramos viendo cumplidas nuestras apetencias, en una progresión aparentemente permanente.

Pero las cosas no parecen ser exactamente así. La primera evidencia fue presentada en 1974 por Richard Easterlin. Este autor encontró que —partiendo de unos ingresos básicos, diferentes para cada individuo— el bienestar subjetivo de las personas varía directamente con los ingresos en un momento dado; pero, en promedio, el bienestar tiende a ser muy estable en el tiempo a pesar del enorme crecimiento de los ingresos. Esto parecería indicar que el bienestar de una persona depende más de su ingreso relativo que de su renta absoluta.

Esta doctrina —la del ingreso relativo— fue complementada con la llamada teoría del “set point”. Basándose en el estudio de un amplio grupo de personas —una cohorte—, a los que siguió durante mas de dieciséis años, el autor pudo comprobar que cuando el nivel de renta aumenta, y con ello la cantidad y calidad de bienes que se pueden obtener, se produce un incremento de bienestar subjetivo durante un tiempo para, una vez adaptados a la nueva situación, volver al nivel de satisfacción inicial —set point o punto de partida—. Y esto sería la adaptación hedónica.

Esta posición es compartida por otros psicólogos sociales, que piensan que cada individuo tiene unas características personales —más o menos innatas— y que en función de estas características queda unido a un determinado nivel de felicidad que apenas cambia a lo largo de toda su vida. De acuerdo a esto, Easterlin escribió recientemente: “En un momento cronológico dado, los que poseen mayores ingresos son en promedio más felices que los que ganan menos. Pero si se considera el ciclo de vida en su conjunto, la felicidad media de un grupo permanece constante, aunque exista un incremento notable de ingresos”.

Podríamos decir pues que, según esta teoría, la felicidad subjetiva permanece estable, aunque las condiciones objetivas vayan a más. Es como si la distancia entre las posesiones y las aspiraciones permanecieran más o menos constante a lo largo de la vida y, con ello, el nivel de bienestar —felicidad— subjetivo.

De acuerdo con estas teorías, los psicólogos afirman que los individuos dedican demasiados esfuerzos a aumentar sus ingresos porque creen que así mejoraran su nivel de vida y de satisfacción personal —de felicidad—, resultando que dichos recursos se utilizan ineficientemente no sólo por el hecho de que se da una adaptación a la nueva situación —adaptación hedónica— sino porque además existen efectos colaterales negativos. Piensan que se dedica una cantidad de tiempo desproporcionada a la obtención de las mejoras económicas, a expensas de la vida familiar y de la salud, y que el bienestar subjetivo obtenido se reduce respecto del nivel esperado.

Llegados a un cierto nivel económico sería interesante reflexionar sobre esto.

Hedonismo

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Se puede definir el hedonismo como una doctrina moral —una teoría— que establece el placer como fin y fundamento de la vida. Según ella la actitud vital adecuada sería aquella basada en la tendencia a la búsqueda del placery el bienestar en todos los ámbitos de la vida.

Como todas las definiciones, ésta también adolece de una cierta simplicidad. Habría que perfilar algunos de los conceptos que se vierten en ella, especialmente lo que entendemos por placer.

Aunque la mayoría de los humanos tenemos vinculada la palabra placer al placer sensual-sexual, la teoría de la que hablamos le da un significado más amplio: para ella el placer consistiría en la satisfacción de nuestros deseos.

Ahora bien, estos deseos pueden ser básicamente de dos tipos:  el placer sensible, físico o inferior, y el placer espiritual, o superior. Por otro lado, los deseos pueden ser de índole individual —la búsqueda del placer personal— o de tipo colectivo — el placer, el bienestar y la utilidad social—. Este afinar en los conceptos ha dado lugar a diferentes corrientes dentro de esta teoría.

Esta doctrina, que tiene más de 2.000 años de antigüedad, fue muy denostada en el pasado. Tanto para la religión —venimos a un valle de lágrimas— como para la sociedad —la vida debe estar basada en el sacrificio— la búsqueda del placer era criticada y el término hedonista tenia connotaciones negativas.

En los últimos años han surgido corrientes en la psicología social que han insistido en lo contrario. Propugnan que debemos disfrutar de la vida, y que todos los placeres deben ser satisfechos, teniendo como único límite el respeto a los demás. Los deseos deben ser saciados sin restricciones que coarten nuestro derecho a ser felices.

Esta vinculación —satisfacción de los deseos igual a felicidad— ha arraigado en todas las facetas de la vida. Cuando no se tiene algo se lo desea y se está convencido de que la consecución de lo deseado aumentará el nivel de felicidad. Y esto será así en la mayoría de los casos, y durante todo el tiempo.

Sin embargo, la misma corriente psicológica que impulsa a poner en práctica esta teoría —el hedonismo— aclara que esto tiene sus limites. Que la permanente satisfacción de los deseos no necesariamente incrementa de forma estable la felicidad. Es lo que han dado en llamar “principio de adaptación hedónica”. Pero esta aparente contradicción será objeto de otro artículo.

Medicina y medicinas

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De forma simplificada entendemos como medicina al conjunto de conocimientos y técnicas aplicados a la predicción, prevención, diagnóstico y tratamiento de las enfermedades humanas y, en su caso, a la rehabilitación de las secuelas que puedan producir.

La Medicina como práctica tiene decenas de siglos de antigüedad, pero en el pasado su base era muy débil cuando no inexistente, por lo que la práctica médica era con frecuencia ineficaz, si no dañina.

En los últimos 100 años la Medicina ha incorporado a su quehacer el método científico, de tal modo que en la actualidad la práctica médica se realiza con una evidencia científica que la avala. Es decir, cuando la acción propuesta por la Medicina ha demostrado, mediante ensayos clínicos controlados, que la actuación en cuestión es mejor que nada o que otras alternativas disponibles. Y estos ensayos cuestan decenas de millones de euros.

 Este mismo método —el método científico— nos ha enseñado que la gran mayoría de las afecciones que sufre el ser humano —casi el 80%— son limitadas en el tiempo y se curan solas. Por otro lado, nos ha demostrado que cualquier producto que se use para una afección —si tiene la apariencia formal de una medicina— produce una mejoría en el 10% de los que lo toman, lo que se denomina efecto placebo.

Pero la llegada de la ciencia a la Medicina no ha acabado con procedimientos que no cuentan con respaldo científico y que están basados en la credulidad —en la fe—  de los ciudadanos. En las últimas décadas del pasado siglo han florecido apellidos para la Medicina, que nunca le hicieron falta: así, medicina homeopática, medicina alternativa, medicina herbal, medicina orgánica, medicina granular, etc.

Para reafirmarse en su concepción, estas medicinas con apellido han pretendido endosar a la Medicina apellidos, para equipararla a ellas. Así utilizan añadidos como alopática, orgánica, biológica, etc., apellidos que nada expresan ni son necesarios.

La Medicina ha demostrado que no necesita apellidos. La ciencia ha ratificado sus prácticas. Dejemos los añadidos para aquellos que aún tienen que demostrar su eficacia real con el único método válido en la actualidad: el científico.