No todo es negativo

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Una tendencia muy extendida entre los españoles es la valoración global del país. España es el mejor país del mundo o España es un país tercermundista.  Se es poco dado al análisis pormenorizado, valorando lo positivo y aislando los elementos negativos que deben mejorarse.

La revista The Economist, de más que demostrada independencia editorial, ha publicado en los últimos meses un informe sobre España, en los que analiza numerosos aspectos políticos, sociales y económicos. Para los lectores analíticos, hemos de decir que esta revista semanal —fundada en 1843 y con sede en Londres —sigue una línea editorial liberal que apoya la libertad económica, el libre comercio, la globalización, la inmigración y el liberalismo cultural. Es una de las publicaciones más prestigiosas del mundo —si no la más —, reconocida por el rigor de sus artículos.

En su informe valora los aspectos que considera positivos y negativos de España. El nivel económico del país, la esperanza de vida, el sistema sanitario, el acceso a la enseñanza y las infraestructuras son consideradas como muy positivas, situando al país entre los veinte primeros del mundo. Las libertades civiles, tan denostadas por algunos últimamente, están al nivel de las democracias europeas más consolidadas, incluidas las nórdicas. España, señala el informe, es un país que respeta los derechos humanos, la separación de poderes y se encuentra en las posiciones más elevadas en cuanto a calidad de la democracia.

Como todo análisis objetivo, la revista también critica los aspectos que, a su juicio, son negativos. La corrupción política, la tremenda tasa de paro, la profunda y duradera crisis económica y la creciente desigualdad son destacados como graves problemas que se han de resolver. Asimismo, refiere otros temas negativos como las desigualdades regionales, la financiación autonómica, algunos desmadres constructores en varias autonomías y —sobre todo —las desigualdades personales. A ello une, en los últimos tiempos, los problemas políticos derivados de Cataluña, cuyo impacto negativo destaca.

Como resumen podemos decir que —en muchos aspectos y según The Economist —España es un lugar extraordinario para vivir. Pero esto no quiere decir que no haya aspectos que debamos mejorar.

Por ello quizás deberíamos ir aprendiendo a dejar las descalificaciones globales, ir ejercitándonos en detectar y analizar aquellos aspectos negativos que deben ser cambiados, y dedicar nuestras palabras y esfuerzos a intentar modificarlos. Se trata de cambiar las partes, para que el todo resulte mejor.

 

El valor de lo SIN

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No se si recordarán de que les escribo. Hasta hace pocos años la publicidad nos inundaba con mensajes en que lo predominante eran los añadidos a los diversos productos que se nos ofrecían.

Los productos en su estado natural —leche, zumos de frutas, pan, etc.—, las conservas, así como otros productos mas sofisticados como los cosméticos, parece que no tenían valor por si mismos —o su valor era menor—y para potenciarlos, para hacerlos mas necesarios, apetecibles o apetitosos había que añadirles diversas sustancias.

La lecha tenia que llevar sustancias ajenas a su composición —calcio añadido, omega tres, etc.—, los zumos debían tener azúcar y las conservas toda una compleja lista de sustancias químicas que hubo que organizar con letras y números —los conocidos E-000—. Y que decir de los productos de cosmética. Estos se llevaban la palma con la adición de sofisticados componentes cuyo significado y valor nos estaba vedado a la mayoría de los mortales: así aceites de plantas nunca oídas, sustancias químicas desconocidas, supuestos componentes celulares, o extractos de arboles y plantas exóticas eran necesarios para hacer más eficaz el producto.

Era el tiempo del CON. Y los diferentes añadidos se resaltaban en los envases, no con la intención de informar de su contenido —ya que algunos se ocultaban en la letra pequeña— sino para glosar las bondades del producto.

El tiempo —una o dos décadas han sido suficientes, ahora todo va muy deprisa— ha demostrado que muchos de dichos añadidos eran superfluos, a veces poco aconsejables y en ocasiones claramente tóxicos. Y había que cambiar para seguir vendiendo.

Ahora ha llegado el tiempo de vender productos que carecen de los elementos que se anunciaban hace poco como beneficiosos. Ahora muchos de los productos envasados se anuncian de forma sistemática y visible con la coletilla de SIN: “sin conservantes ni colorantes”, hay leches que se ofrecen “puras” y los zumos se publicitan como “sin azucares añadidos”. Los productos cosméticos se ofertan “sin parabenes“ u otras sustancias previamente añadidas. Y ello sin contar con los productos específicos —plenamente justificados— para intolerancias definidas: leches sin lactosa, panes y pastas sin gluten, edulcorantes sin aspartamo, etc.

Es evidente que los tiempos han cambiado. Ahora toca un mundo SIN predominante, que coexiste con restos del CON. Pero en este mundo sin, como previamente con el mundo con, hemos de estar muy vigilantes para que no nos den gato por liebre. O nos intoxiquen directamente.

Medicina y Medicinas II

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En el pasado mes de marzo apareció en este blog un articulo que titulamos Medicina y Medicinas, donde se reclamaba que la única medicina que merece tal nombre es la que soporta su conocimiento en el método científico y solo prescribe actuaciones que hayan sido avaladas por dicho método, mediante la realización de ensayos clínicos controlados.

Las llamadas medicinas alternativas —homeopatía, naturopatía, quiropraxia, curación energética, ozonoterapia, radiestesia, etc.— gozan aún del favor de una parte de la población —menos de un 10%— que siguen sus prescripciones, aunque no tengan ninguna utilidad clínica más allá del efecto placebo. Y ello a pesar de que se han alzado numerosas voces afirmando la ineficacia de estas pseudociencias.

Esta realidad ya fue corroborada por el Servicio Nacional de Salud de Inglaterra —National Health Service (NHS)— que en respuesta a una petición del Parlamento Británico estableció que la homeopatía carece de respaldo científico para su aplicación y que no hay pruebas de que sea eficaz como tratamiento de ningún problema de salud.

Ya en nuestro país la Comisión de Sanidad del Congreso de los Diputados ha debatido recientemente sobre las pseudociencias y se ha estudiado una Proposición No de Ley en la que se insta a modificar la norma en el sentido de que se establezca la responsabilidad de los profesionales sanitarios que recomienden tratamientos que no estén avalados por pruebas ni resultados científicos. En esta propuesta, aún no convertida en ley, se plantea que los profesionales sanitarios estén obligados a comunicar a las autoridades legales —fiscalía o juzgado de guardia— las prácticas llevadas a cabo por profesionales, titulados o no titulados, que no estén respaldadas por la evidencia científica. Esto es, plantear que todos los profesionales sanitarios, ya sea con práctica privada o pública, tengan la obligación de velar por la defensa de las personas, denunciando y poniendo en conocimiento de las autoridades judiciales todas aquellas prácticas de las que se tiene conocimiento reiterado que no han demostrado resultados para la salud.

Aunque algunas de estas pseudociencias han sido avaladas en el pasado por algunos Colegios de Médicos, la Organización Médica Colegial ha sido sensible a este clamor y ha reaccionado en este mes de junio mediante un comunicado del Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos de España y de la Comisión Central de Deontología Médica, en el que se han rechazado “por inaceptables y contrarias a la deontología médica” todas las prácticas invalidadas científicamente y consideran a las mismas ajenas a la ciencia y profesión médica. Entre esas prácticas se encuentra la homeopatía, “la cual no ha podido demostrar hasta la fecha ninguna evidencia científica de eficacia médica fuera del efecto placebo”.

Es hora de que reflexionemos todos, médicos y pacientes, sobre cual debe ser nuestra actitud frente a los que se dedican a la práctica de estas actividades pseudocientíficas.

Autorregulación

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Recién recuperada la democracia, en el ultimo tercio del siglo pasado, surgieron en España importantes debates, siendo uno de los mas interesantes el de los limites de la libertad. Se debatió en profundidad sobre las libertades, siendo motivo de especial controversia el papel del Estado y la propia ciudadanía en la regulación de dichas libertades.

De forma resumida se planteaban dos posiciones básicas: unos eran partidarios de la regulación de la mayor parte de los aspectos por parte del Estado y otros preferían reducir el papel del Estado a la mínima expresión, y solo para los grandes temas —libertad de expresión, sindical, etc.— y dejar los temas “menores” a la responsabilidad de los ciudadanos, confiando en que ellos serían capaces de encontrar el punto adecuado.

El gran contaminante —el dinero— pronto se mostró con su verdadero rostro y surgieron acciones que eran consideradas abusivas por la mayoría de la ciudadanía, especialmente en temas como los limites de la libertad de las empresas en general y de las de prensa y publicidad en particular. Por ello, y ante la alternativa de que el Estado regulara en demasía, surgieron propuestas de acuerdo por los que estas empresas entendían que se habían propasado en ocasiones y proponían a la sociedad crear sus normas de regulación, la autorregulación, por la que las propias empresas se pondrían limites en sus actuaciones para que no fuera necesaria la intervención del Estado.

Más modernamente este concepto, autorregulación, ha pasado a denominarse Responsabilidad Social de la Empresa. Con esta política las empresas expresan su compromiso para limitarse en aquello que pudiera ser ajeno a la ética empresarial o, eventualmente, perjudicial para los ciudadanos.

La realidad de estos últimos años ha mostrado que esta autorregulación falla con frecuencia. La presión del dinero hace que no se respeten los acuerdos alcanzados y que palabras como autorregulación o Responsabilidad Social de la Empresa queden con frecuencia en papel mojado, ejerciendo un efecto negativo sobre aquellas entidades que sí se responsabilizan y funcionan con una adecuada ética empresarial.

Parece pues que sigue siendo válido aquel antiguo refrán que dice: “el que a si mismo se capa, buenos coj… se deja”.

 

El chocolate del loro

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Esta conocida expresión —de la que desconozco si hay versiones en otros idiomas— hace referencia a aquella situación en la que, necesitando ahorrar, se incide solo en los pequeños gastos y se obvia reducir los grandes gastos, que muy probablemente serán los mayores responsables de la comprometida situación económica que obliga al ahorro.

Esta frase suele usarse con frecuencia en el entorno de la política económica, por parte de los que detentan el poder, para argumentar que reducir en esas pequeñas partidas tiene poca utilidad para disminuir el gasto, y reducir en las grandes partidas —que sí tendrían repercusión para rebajar el déficit— no es posible, porque si no, no se podrían atender a las necesidades reales de los ciudadanos.

Aunque este argumento parece ser aceptado por la mayoría de los ciudadanos, otros muchos se interrogan al respecto, sobre todo por la ética —y estética— de tal razonamiento. Unos se preguntan si no serán muchos los loros que reciben chocolate —no siendo un alimento necesario para ellos— y otros dudan que sea preciso dar chocolate a los loros —léase dietas, tarjetas de crédito, comidas, etc.—, considerándolo un derroche. Aún otros se preguntan si con el dinero dedicado al chocolate de los loros no se podría dar de comer a muchos mas gorriones, por poner un ejemplo.

Es evidente que el gasto público lo conforman, en su inmensa mayoría, partidas estrictamente necesarias para mantener el estado del bienestar. Educación, sanidad, pensiones, dependencia, etc., son las grandes magnitudes económicas en las que se hace muy difícil, por no decir imposible reducir, siendo un clamor popular que hay que aumentarlas. Pero junto a estas, existen otras partidas que son las que se engloban en el epígrafe “el chocolate del loro”, que son percibidas por buena parte de la ciudadanía como un gasto innecesario, como un despilfarro, perfectamente reducibles o incluso anulables, sin que por ello sufriera el servicio publico.

Esto no quiere decir que con la disminución-anulación de estos gastos se solucionen los grandes y graves problemas económicos. Pero sin duda contribuiría y, sobre todo, haría mas tolerables al ciudadano los sacrificios que se le piden.

Adaptación hedónica

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Según la doctrina hedónica habría una relación directa entre la satisfacción de los deseos y el nivel de felicidad. De acuerdo con ello, el grado de felicidad iría aumentando a medida que fuéramos viendo cumplidas nuestras apetencias, en una progresión aparentemente permanente.

Pero las cosas no parecen ser exactamente así. La primera evidencia fue presentada en 1974 por Richard Easterlin. Este autor encontró que —partiendo de unos ingresos básicos, diferentes para cada individuo— el bienestar subjetivo de las personas varía directamente con los ingresos en un momento dado; pero, en promedio, el bienestar tiende a ser muy estable en el tiempo a pesar del enorme crecimiento de los ingresos. Esto parecería indicar que el bienestar de una persona depende más de su ingreso relativo que de su renta absoluta.

Esta doctrina —la del ingreso relativo— fue complementada con la llamada teoría del “set point”. Basándose en el estudio de un amplio grupo de personas —una cohorte—, a los que siguió durante mas de dieciséis años, el autor pudo comprobar que cuando el nivel de renta aumenta, y con ello la cantidad y calidad de bienes que se pueden obtener, se produce un incremento de bienestar subjetivo durante un tiempo para, una vez adaptados a la nueva situación, volver al nivel de satisfacción inicial —set point o punto de partida—. Y esto sería la adaptación hedónica.

Esta posición es compartida por otros psicólogos sociales, que piensan que cada individuo tiene unas características personales —más o menos innatas— y que en función de estas características queda unido a un determinado nivel de felicidad que apenas cambia a lo largo de toda su vida. De acuerdo a esto, Easterlin escribió recientemente: “En un momento cronológico dado, los que poseen mayores ingresos son en promedio más felices que los que ganan menos. Pero si se considera el ciclo de vida en su conjunto, la felicidad media de un grupo permanece constante, aunque exista un incremento notable de ingresos”.

Podríamos decir pues que, según esta teoría, la felicidad subjetiva permanece estable, aunque las condiciones objetivas vayan a más. Es como si la distancia entre las posesiones y las aspiraciones permanecieran más o menos constante a lo largo de la vida y, con ello, el nivel de bienestar —felicidad— subjetivo.

De acuerdo con estas teorías, los psicólogos afirman que los individuos dedican demasiados esfuerzos a aumentar sus ingresos porque creen que así mejoraran su nivel de vida y de satisfacción personal —de felicidad—, resultando que dichos recursos se utilizan ineficientemente no sólo por el hecho de que se da una adaptación a la nueva situación —adaptación hedónica— sino porque además existen efectos colaterales negativos. Piensan que se dedica una cantidad de tiempo desproporcionada a la obtención de las mejoras económicas, a expensas de la vida familiar y de la salud, y que el bienestar subjetivo obtenido se reduce respecto del nivel esperado.

Llegados a un cierto nivel económico sería interesante reflexionar sobre esto.

Hedonismo

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Se puede definir el hedonismo como una doctrina moral —una teoría— que establece el placer como fin y fundamento de la vida. Según ella la actitud vital adecuada sería aquella basada en la tendencia a la búsqueda del placery el bienestar en todos los ámbitos de la vida.

Como todas las definiciones, ésta también adolece de una cierta simplicidad. Habría que perfilar algunos de los conceptos que se vierten en ella, especialmente lo que entendemos por placer.

Aunque la mayoría de los humanos tenemos vinculada la palabra placer al placer sensual-sexual, la teoría de la que hablamos le da un significado más amplio: para ella el placer consistiría en la satisfacción de nuestros deseos.

Ahora bien, estos deseos pueden ser básicamente de dos tipos:  el placer sensible, físico o inferior, y el placer espiritual, o superior. Por otro lado, los deseos pueden ser de índole individual —la búsqueda del placer personal— o de tipo colectivo — el placer, el bienestar y la utilidad social—. Este afinar en los conceptos ha dado lugar a diferentes corrientes dentro de esta teoría.

Esta doctrina, que tiene más de 2.000 años de antigüedad, fue muy denostada en el pasado. Tanto para la religión —venimos a un valle de lágrimas— como para la sociedad —la vida debe estar basada en el sacrificio— la búsqueda del placer era criticada y el término hedonista tenia connotaciones negativas.

En los últimos años han surgido corrientes en la psicología social que han insistido en lo contrario. Propugnan que debemos disfrutar de la vida, y que todos los placeres deben ser satisfechos, teniendo como único límite el respeto a los demás. Los deseos deben ser saciados sin restricciones que coarten nuestro derecho a ser felices.

Esta vinculación —satisfacción de los deseos igual a felicidad— ha arraigado en todas las facetas de la vida. Cuando no se tiene algo se lo desea y se está convencido de que la consecución de lo deseado aumentará el nivel de felicidad. Y esto será así en la mayoría de los casos, y durante todo el tiempo.

Sin embargo, la misma corriente psicológica que impulsa a poner en práctica esta teoría —el hedonismo— aclara que esto tiene sus limites. Que la permanente satisfacción de los deseos no necesariamente incrementa de forma estable la felicidad. Es lo que han dado en llamar “principio de adaptación hedónica”. Pero esta aparente contradicción será objeto de otro artículo.

Medicina y medicinas

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De forma simplificada entendemos como medicina al conjunto de conocimientos y técnicas aplicados a la predicción, prevención, diagnóstico y tratamiento de las enfermedades humanas y, en su caso, a la rehabilitación de las secuelas que puedan producir.

La Medicina como práctica tiene decenas de siglos de antigüedad, pero en el pasado su base era muy débil cuando no inexistente, por lo que la práctica médica era con frecuencia ineficaz, si no dañina.

En los últimos 100 años la Medicina ha incorporado a su quehacer el método científico, de tal modo que en la actualidad la práctica médica se realiza con una evidencia científica que la avala. Es decir, cuando la acción propuesta por la Medicina ha demostrado, mediante ensayos clínicos controlados, que la actuación en cuestión es mejor que nada o que otras alternativas disponibles. Y estos ensayos cuestan decenas de millones de euros.

 Este mismo método —el método científico— nos ha enseñado que la gran mayoría de las afecciones que sufre el ser humano —casi el 80%— son limitadas en el tiempo y se curan solas. Por otro lado, nos ha demostrado que cualquier producto que se use para una afección —si tiene la apariencia formal de una medicina— produce una mejoría en el 10% de los que lo toman, lo que se denomina efecto placebo.

Pero la llegada de la ciencia a la Medicina no ha acabado con procedimientos que no cuentan con respaldo científico y que están basados en la credulidad —en la fe—  de los ciudadanos. En las últimas décadas del pasado siglo han florecido apellidos para la Medicina, que nunca le hicieron falta: así, medicina homeopática, medicina alternativa, medicina herbal, medicina orgánica, medicina granular, etc.

Para reafirmarse en su concepción, estas medicinas con apellido han pretendido endosar a la Medicina apellidos, para equipararla a ellas. Así utilizan añadidos como alopática, orgánica, biológica, etc., apellidos que nada expresan ni son necesarios.

La Medicina ha demostrado que no necesita apellidos. La ciencia ha ratificado sus prácticas. Dejemos los añadidos para aquellos que aún tienen que demostrar su eficacia real con el único método válido en la actualidad: el científico.

Conversar

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La definición de la palabra conversar es muy parca: hablar con otro u otros. Dado que la forma más común de comunicarse las personas, de relacionarse, es mediante la conversación, este concepto nos sabe a poco. Imaginamos que la conversación es —debe ser— algo más rico y complejo.

Los expertos suelen hablar de diferentes niveles de conversación y plantean que cada uno de ellos está indicado en diferentes situaciones, así como que el grado de comunicación que se consigue es diferente según el nivel elegido.

En un primer nivel se hablaría de las cosas. Es una conversación superficial en la que se mencionan cosas que ocurren o han ocurrido —el tiempo, el futbol—, pero en la que no nos implicamos. En este nivel la comunicación es muy pobre, pero existe.

El segundo nivel, también superficial, es hablar de los otros, de los demás. Narramos lo que los demás han hecho, dicho o escrito, pero no nos posicionamos respecto a ello. Lo que llamamos cotilleo estaría en este nivel, aunque en este caso si suele haber una toma de posición respecto a los otros.

Un tercer nivel supondría hablar de nuestras ideas. Suele ser muy teórico, aunque ya nos posicionamos con respecto a la política, a la sociedad, a lo que sucede en nuestro entorno. En este nivel no involucramos a nuestro interlocutor, por lo que si éste usa el mismo nivel de conversación que nosotros, tenemos el perfecto intercambio de monólogos.

Según los teóricos de este tema, un nivel más avanzado sería el cuarto. Aquí ya no solo hablamos de los que nos sucede, sino de lo que sentimos. Confesar nuestros sentimientos nos hace vulnerables y suele requerir un grado mayor de intimidad con nuestro interlocutor. Es un nivel superior de comunicación, pero no implica necesariamente que el otro participe.

Finalmente, el nivel superior, el quinto, implicaría compartir sentimientos. Ya no solo hablamos, sino que escuchamos al otro. La conversación es bidireccional. Sería el nivel más amplio y profundo de la comunicación.

Es evidente que todos los niveles son necesarios, ya que las situaciones suelen ser muy diferentes. Pero parece que las relaciones personales que aspiren a ser más plenas y duraderas —de pareja, de amistad— deben utilizar con más frecuencia el quinto nivel.