Indecisión

Luís Gómez cogía siempre el autobús a las 7 y 13 de la mañana. Al menos esa era la hora prevista en la lista de la parada, y la hora a la que a Luís Gómez le gustaría que llegara el autobús. Pero esto solo ocurría ocasionalmente, casi al azar. De todos modos, el intervalo horario en que se producía la llegada le permitía, habitualmente, estar en el banco a las 7 y 45, abrir la puerta y ocupar su mesa de Apoderado.

Llevaba 25 años en la misma sucursal, hecho casi milagroso en los tiempos que corrían, y a sus 43 años no se veía con ganas ni fuerzas para empezar en otro sitio. De todos modos, eso no iba a depender de él, por lo que hacía tiempo que había dejado de preocuparse por ello. Cumplía rutinariamente con su trabajo, pensaba que ya no sabía hacer otra cosa. Aunque formalmente cerraban a las 3, él tomaba alguna tapa en un bar cercano y prologaba la jornada hasta finalizar todo el trabajo del día, lo que solía suceder sobre las 5 de la tarde.

El regreso no era menos preciso. Hacia las compras en un supermercado que le cogía camino del autobús, previa elaboración minuciosa el día anterior de la lista de cosas que faltaban en casa.

—Buenas tardes, Don Luís.

La cajera solía cambiar de vez en cuando, pero el saludo era siempre el mismo. Se preguntaba como sabrían las nuevas cajeras su nombre. En el caso de la que despachaba las verduras o la de la zona de la charcutería se lo explicaba. Eran casi siempre las mismas. Pero las cajeras cambiaban con frecuencia. Tendría que preguntárselo algún día.

—Tiene usted algún ticket regalo.

La miró esta vez despacio. No creía haberla visto antes. Era una chica agraciada, pero lo que más le llamo la atención era el generoso escote que dejaba ver, a pesar del delantal donde figuraba el nombre de los supermercados, unos hermosos senos de un intenso color moreno, como toda su piel.

—Don Luís. ¿Tiene usted algún ticket regalo? — la cajera casi ni le miraba.

Creyó sonrojarse. Aunque la había oído, no la escuchaba. Ahora sus ojos se dirigieron a las largas piernas que asomaban por la exigua falda, que tampoco acertaba a cubrir el discreto delantal. No sabía si ella se había dado cuenta. Se sintió ridículo mirando aquellos senos y aquellas piernas. Pero no pudo evitarlo.

—No. Ya los gasté en la compra de ayer— respondió apresurado. Continuar leyendo